Marta se abrocha la
bata con movimientos lentos, mecánicos. El despertador sonó hace ya rato. Lleva
el pelo recogido con una pinza, desordenado. Algunos mechones sueltos le caen
sobre la cara. No se los quita.
Camina
descalza hasta la cocina. El suelo está tibio.
Pone
agua a calentar. Saca dos tazas de la alacena: la blanca y la gris con el asa
agrietada. Las coloca sobre la encimera. Llena ambas. En la blanca echa dos
terrones de azúcar.
Pone
una rebanada de pan en la tostadora. Prepara una bandeja, coloca las tazas, una
cucharilla, un cuchillo, una servilleta. Saca mantequilla de la nevera, huele
la leche, la tira al fregadero.
Una
mosca zumba junto al frutero. Marta la espanta con un gesto lento, distraído.
Suena
una alarma en el móvil. La apaga. Mira la pantalla. Después, una a una, desactiva
todas las alarmas.
Casi al
mismo tiempo salta el pan tostado. Lo coloca en un plato.
Pasa
con la bandeja al salón. Al cruzar el pasillo, su mano roza un gabán colgado
del perchero. No se detiene.
Las
persianas están a medio subir. Los visillos, echados.
Deja la
taza gris frente al sillón. La blanca, en sus manos. Gira la cucharilla. Bebe
un sorbo.
Unta mantequilla
en la tostada, pega un mordisco. Se levanta, con el café en la otra mano y sale
al jardín. Camina despacio por el césped húmedo, mordisqueando la tostada. Mira
sus pies descalzos. Da pasos cortos, lentos. Sin prisa. Se detiene frente a las hortensias mustias. No las ha
regado en días. Piensa en hacerlo. Más tarde quizá. Escucha el graznido de un
mirlo, se gira y le lanza un pedazo de pan. Le observa comérselo.
Suena
el timbre, mira hacia la casa, extrañada.
Entra
de nuevo en el salón, deja la taza en la bandeja, se calza las zapatillas junto
al sofá, dobla la manta arrugada.
Se
dirige a la puerta principal, pasa junto a la estantería, los marcos de fotos
están boca abajo, levanta uno.
Abre la
puerta. Es Louisa, la vecina.
—Te he
traído un pedazo de bizcocho. Hice demasiada cantidad.
Marta
asiente. No dice nada. Observa el paquete envuelto en papel de plata.
—Perdona,
pasa.
—¿Te
pillo a deshora?
—No. Me
estaba tomando un café. ¿Quieres?
—Gracias.
Sí.
Pasan
ambas a la cocina, Louisa deja el bizcocho sobre la encimera. Marta saca una
taza y sirve un café.
—No
tengo leche.
—No
importa. Me gusta solo.
Marta
le alarga la taza. Se miran.
—Tengo
el mío en el salón.
—Te
acompaño.
Louisa
se sienta en el sofá. El sol se cuela por
una rendija de la persiana y cruza la sala en una línea perfecta que cae justo
sobre la taza gris frente al sillón. La mujer la observa.
Marta aparta
la manta doblada y un cojín y se sienta a su lado.
—Deberías
ventilar, huele mucho a desinfectante.
—Lo
hago todos los días.
Louisa pega
un sorbo.
—Espero
que te guste el bizcocho. A David…, a tu marido, le gustaba mucho.
Marta
la mira.
—Lo sé.
Louisa baja
la vista. Recorre la sala con los ojos: el sillón, los muebles, los cafés.
—Tienes
aún todo igual.
—No
todo.
—Hay
servicios que se encargan de esas cosas, ¿Sabes? Lo recogen todo, limpian. No
tienes que estar pendiente.
—Eso he
oído.
—También
puedo ayudarte yo.
Louisa
acaricia el asa de su taza.
—No. Te
lo agradezco, pero no.
—¿Estás
comiendo bien?
—No
tengo hambre.
—¿Y
sales? ¿Paseas algo?
—A
veces. Al jardín, a la calle.
—¿Te
irás a casa de tu hermana?
—Quizá.
Aún no lo sé. Es posible.
Silencio.
Louisa
bebé otro sorbo sin apartar la mirada de la taza gris.
Marta
bebe de la suya, ya frío el café. Observa a Louisa: su vestido planchado, su
collar de perlas, el moño firme recogido con horquillas, el lápiz de labios, el
color de la sombra de ojos.
Dirige
su mirada también a la taza. Deja la suya, vacía, junto a ella.
Louisa
apura su café.
—Hoy
haré albóndigas. Si quieres te traigo un tupper.
—No es
necesario—duda un segundo—, gracias.
Marta
se levanta, recoge las tazas y las deja sobre la bandeja. Louisa la sigue sin
prisa hacia la cocina. Se demora, observa las fotos tumbadas, pasa los dedos,
temblorosos, por la única aún en pie. Toca el cristal. Detrás, una imagen de
David en la playa, sonriendo. Roza el gabán, se sobresalta. Acerca el rostro. Se estremece.
—Bueno,
Marta… solo pasaba a ver cómo estabas —deja la taza sobre la mesa de la cocina—.
Gracias por el café. Me voy. No quiero molestarte más.
—Adiós,
Louisa— contesta Marta de espaldas a ella, ha abierto el grifo—, gracias por
venir.
—Adiós—
murmura Louisa—llámame si me necesitas.
—Lo
haré.
Escucha
la puerta cerrarse.
Marta coge
la taza gris aún llena de café, la vacía en el fregadero y se queda mirando
cómo gira el líquido oscuro diluyéndose por el desagüe.
Se
gira, abre el bizcocho. Aspira. Esponjoso, dulce, recién hecho.
Perfecto.
Y lo
tira a la basura.
(Texto estilo Raymond Carver, salvando las distancias. Con historia en la superficie y mucho subtexto)
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