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martes, 8 de abril de 2025

El otro café

 

Marta se abrocha la bata con movimientos lentos, mecánicos. El despertador sonó hace ya rato. Lleva el pelo recogido con una pinza, desordenado. Algunos mechones sueltos le caen sobre la cara. No se los quita.

Camina descalza hasta la cocina. El suelo está tibio.

Pone agua a calentar. Saca dos tazas de la alacena: la blanca y la gris con el asa agrietada. Las coloca sobre la encimera. Llena ambas. En la blanca echa dos terrones de azúcar.

Pone una rebanada de pan en la tostadora. Prepara una bandeja, coloca las tazas, una cucharilla, un cuchillo, una servilleta. Saca mantequilla de la nevera, huele la leche, la tira al fregadero.

Una mosca zumba junto al frutero. Marta la espanta con un gesto lento, distraído.

Suena una alarma en el móvil. La apaga. Mira la pantalla. Después, una a una, desactiva todas las alarmas.

Casi al mismo tiempo salta el pan tostado. Lo coloca en un plato.

Pasa con la bandeja al salón. Al cruzar el pasillo, su mano roza un gabán colgado del perchero. No se detiene.

Las persianas están a medio subir. Los visillos, echados.

Deja la taza gris frente al sillón. La blanca, en sus manos. Gira la cucharilla. Bebe un sorbo.

Unta mantequilla en la tostada, pega un mordisco. Se levanta, con el café en la otra mano y sale al jardín. Camina despacio por el césped húmedo, mordisqueando la tostada. Mira sus pies descalzos. Da pasos cortos, lentos. Sin prisa. Se detiene frente a las hortensias mustias. No las ha regado en días. Piensa en hacerlo. Más tarde quizá. Escucha el graznido de un mirlo, se gira y le lanza un pedazo de pan. Le observa comérselo.

Suena el timbre, mira hacia la casa, extrañada.

Entra de nuevo en el salón, deja la taza en la bandeja, se calza las zapatillas junto al sofá, dobla la manta arrugada.

Se dirige a la puerta principal, pasa junto a la estantería, los marcos de fotos están boca abajo, levanta uno.

Abre la puerta. Es Louisa, la vecina.

—Te he traído un pedazo de bizcocho. Hice demasiada cantidad.

Marta asiente. No dice nada. Observa el paquete envuelto en papel de plata.

—Perdona, pasa.

—¿Te pillo a deshora?

—No. Me estaba tomando un café. ¿Quieres?

—Gracias. Sí.

Pasan ambas a la cocina, Louisa deja el bizcocho sobre la encimera. Marta saca una taza y sirve un café.

—No tengo leche.

—No importa. Me gusta solo.

Marta le alarga la taza. Se miran.

—Tengo el mío en el salón.

—Te acompaño.

Louisa se sienta en el sofá. El sol se cuela por una rendija de la persiana y cruza la sala en una línea perfecta que cae justo sobre la taza gris frente al sillón. La mujer la observa.

Marta aparta la manta doblada y un cojín y se sienta a su lado.

—Deberías ventilar, huele mucho a desinfectante.

—Lo hago todos los días.

Louisa pega un sorbo.

—Espero que te guste el bizcocho. A David…, a tu marido, le gustaba mucho.

Marta la mira.

—Lo sé.

Louisa baja la vista. Recorre la sala con los ojos: el sillón, los muebles, los cafés.

—Tienes aún todo igual.

—No todo.

—Hay servicios que se encargan de esas cosas, ¿Sabes? Lo recogen todo, limpian. No tienes que estar pendiente.

—Eso he oído.

—También puedo ayudarte yo.

Louisa acaricia el asa de su taza.

—No. Te lo agradezco, pero no.

—¿Estás comiendo bien?

—No tengo hambre.

—¿Y sales? ¿Paseas algo?

—A veces. Al jardín, a la calle.

—¿Te irás a casa de tu hermana?

—Quizá. Aún no lo sé. Es posible.

Silencio.

Louisa bebé otro sorbo sin apartar la mirada de la taza gris.

Marta bebe de la suya, ya frío el café. Observa a Louisa: su vestido planchado, su collar de perlas, el moño firme recogido con horquillas, el lápiz de labios, el color de la sombra de ojos.

Dirige su mirada también a la taza. Deja la suya, vacía, junto a ella.

Louisa apura su café.

—Hoy haré albóndigas. Si quieres te traigo un tupper.

—No es necesario—duda un segundo—, gracias.

Marta se levanta, recoge las tazas y las deja sobre la bandeja. Louisa la sigue sin prisa hacia la cocina. Se demora, observa las fotos tumbadas, pasa los dedos, temblorosos, por la única aún en pie. Toca el cristal. Detrás, una imagen de David en la playa, sonriendo. Roza el gabán, se sobresalta. Acerca el rostro. Se estremece.

—Bueno, Marta… solo pasaba a ver cómo estabas —deja la taza sobre la mesa de la cocina—. Gracias por el café. Me voy. No quiero molestarte más.

—Adiós, Louisa— contesta Marta de espaldas a ella, ha abierto el grifo—, gracias por venir.

—Adiós— murmura Louisa—llámame si me necesitas.

—Lo haré.

Escucha la puerta cerrarse.

Marta coge la taza gris aún llena de café, la vacía en el fregadero y se queda mirando cómo gira el líquido oscuro diluyéndose por el desagüe.

Se gira, abre el bizcocho. Aspira. Esponjoso, dulce, recién hecho.

Perfecto.

Y lo tira a la basura.


(Texto estilo Raymond Carver, salvando las distancias. Con historia en la superficie y mucho subtexto)

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