Abrí los ojos unos segundos antes de que sonara el despertador. Lo apagué y me quedé en la cama mirando al techo. Lunes, un día perfecto para empezar de nuevo. Respiré hondo, tensé el cuerpo y, apretando los puños, me prometí que hoy sería el último día que lo haría.
Me sentí mejor y me levanté masticando esa sensación vagamente liberadora de haber tomado una decisión. Al menos apagaría la culpa hasta después del desayuno.
El reflejo del baño me observaba con verdades incómodas y acusatorias, así que me deslicé con rapidez a la ducha y dejé que el agua ahogara mis dudas y arrastrara al suelo algunas lágrimas mentirosas.
Me serví un café muy caliente y, bebiéndolo a sorbitos, me situé frente al armario, completamente desnuda. El móvil colgaba de mi mano, con su mensaje aún parpadeante.
Encaje negro. Daniel. A las seis.
Un extraño calor me nació en el rostro para descender de inmediato a mi entrepierna.
No, me dije. Hoy no.
Borré el mensaje del teléfono, como si eso pudiera borrar también una promesa que ya quebraba en ese mismo instante, nonata.
Hoy sí. También.
Resignada, elegí la ropa del día. Primero la blusa, luego la falda ajustada que marcaba las caderas. Y finalmente el cajón de abajo. Mordí una maldición entre dientes, con las mejillas encendidas por la rabia mientras lo abría. Decenas de cajitas selladas lo llenaban: encaje negro, seda roja, algodón blanco, satén. Olían a nuevo y a remordimiento. Saqué la adecuada y me la puse con movimientos lentos, sintiendo cómo la tela abrazaba mi piel y se pegaba a mi sexo. Me perfumé el cuerpo semidesnudo y continué vistiéndome, saboreando cada movimiento, en mi personal rito prohibido.
Ya lista para salir, me paré frente al espejo de la entrada y levanté un poco la falda, lo suficiente para ver el triángulo de encaje sobre mi pubis. Eres repugnante, me recriminé con una mueca. Y aun así me mordí el labio inferior, dejando escapar media sonrisa.
Cerré el abrigo de golpe sofocando mis pensamientos y salí de casa. Los tacones resonaban sobre la acera como un reloj atrasado. Peleaba contra la caricia del encaje en cada paso, en cada balanceo.
El vagón del metro estaba abarrotado. El calor humano no me calmaba. El espacio cerrado amplificaba todo. Alguien se apoyó demasiado cerca de mí, y ese contacto accidental bastó para hacerme apretar los labios y respirar por la nariz. Tenía que concentrarme. Tenía que aguantar. Seguro que todos lo notaban. Y eso me encendía tanto como me avergonzaba. Apreté las piernas sin darme cuenta.
Las horas de oficina pasaron sin alma. Correos, llamadas y risas falsas en la máquina de café. Nadie con un secreto como el mío. Tecleaba respuestas mientras sentía el roce del tejido clavándose en la excitación. Tenía mil razones y para cada una encontraba una excusa.
No lo hagas.
Hazlo, nadie se va a enterar.
A media tarde aproveché un momento para escapar al baño. Allí me subí la falda a la cintura y ajusté más la prenda al cuerpo, despacio, deslizándola entre las piernas abiertas, acariciándola -acariciándome- con los dedos. Tomé una foto rápida con el móvil. Solo un fragmento: el encaje contra mi piel desnuda.
Envié la imagen. Borré el rastro.
Cerré los ojos por un momento, apoyando la espalda contra la puerta del cubículo y dejé que un temblor recorriera mi cuerpo. Una punzada de dolor me devolvió a la realidad, de nuevo me mordía el labio hasta casi hacerme sangre. “La última vez” me dije con voz débil. Pero mi piel vibraba de excitación.
Después me las quité, las doblé cuidadosamente y las guardé, aun templadas, en el sobre. Lo escondí en el bolso antes de ponerme unas de algodón.
A las seis menos cuarto salí de la oficina con pasos apresurados. No tenía hambre, no tenía frío, no sentía nada excepto la fuerza de la necesidad. Caminé por las calles mojadas, sin mirar a los lados, sin detenerme. Podía dar la vuelta. Podía pasar de largo. Pero un cuerpo del que no era dueña ya me había traicionado.
Solo una vez más. Volví a prometerme.
Atravesé calles conocidas y me detuve frente a la pequeña tienda sin cartel que conocía demasiado bien. Era un local oscuro y estrecho, encajado entre dos edificios altos. La fachada era discreta y las cortinas de las ventanas cubrían cualquier rastro de lo que ocurría dentro. Miré a mi alrededor, nerviosa (siempre me ponía nerviosa), y entré.
No era Alex.
Me di cuenta nada más ver el chaquetón oscuro colgado del perchero. Nunca se lo quitaba.
—¿Eres tú la que deja el sobre marrón?
Su voz era grave, pausada. Como si supiera perfectamente que era yo. Como si no necesitara que lo confirmara.
Asentí.
Me clavó la mirada. Oscura, profunda. ¿Sería Daniel? No quería preguntarle. No tenía nada que ver con Alex ni tampoco con la imagen que me había hecho de cualquiera de ellos.
No era un tipo repulsivo, ni mayor, ni un pervertido sudoroso. Un tipo normal con una mirada torcida llena de fuego.
Esos ojos me producían una atracción animal. Un calor que me invadía sin permiso. Como un imán que me apretaba el coño desde dentro.
—Dámelo.
Saqué el sobre del bolso y lo dejé sobre el mostrador, con la prenda cuidadosamente envuelta en papel de seda. Mientras él lo abría, sentí cómo el calor me subía a la cara, mezcla de humillación y placer. Una suciedad pegajosa como un chicle en el asfalto.
Él revisó todo con movimientos rápidos, casi mecánicos. Aparté la mirada cuando le vi agacharse a olisquear.
—Perfecto —dijo, incorporándose —Buena calidad, como siempre.
¿Como siempre?
No respondí. El hombre sacó un sobre de debajo del mostrador y me lo entregó. Era un sobre grueso, con billetes doblados como las hojas de un misal. Lo guardé en el bolso e hice amago de marcharme.
—Espera.
Me giré a mirarle.
—Quiero ver las que llevas puestas.
Me tembló todo. Me sudaron los dedos. Miré la puerta. Estábamos solos y estaría loca si me quedaba. Pero no me moví.
—Enséñamelas— repitió.
Dejé el bolso en el suelo y me subí despacio la falda.
La tela blanca se ajustaba a mi sexo, destacando en la oscuridad del local.
Su mirada no pestañeó.
—Tócate —dijo—. Por encima. Solo eso.
Deslicé los dedos por el algodón. Me sentí ridícula y expuesta.
Y, de inmediato, sentí mi sexo chorrear. Ni yo misma me creía lo que estaba haciendo. Continué rozándome.
—Más fuerte.
Presioné. Deslizaba mis dedos sobre mi pubis, apretando ahí donde crecía mi clítoris. El tejido se me pegaba. Un gemido se escapó sin mi permiso.
—Ahora dentro.
Me quedé quieta. Le miré.
No sonreía. Solo esperaba. Subió su mirada hasta encontrar mis ojos.
—Por favor.
Dejé escapar una bola de aire y di un paso atrás, apoyándome contra la puerta. Separé las piernas. Sin dejar de mirarle, aparté un poco la tela y me metí los dedos. Dos. Muy despacio. Comencé a moverlos rítmicamente.
Y se me fue el mundo.
Estaba a punto de correrme cuando habló de nuevo.
—Dámelas.
Jadeando, obedecí. Me las quité despacio. Se las tendí. Mis dedos brillaban, empapados. Los rozó al cogerlas.
No dijo nada. Se fue a la trastienda con ellas en la mano.
Me quedé de pie. Las piernas ligeramente abiertas y la falda por la cintura.
El coño llorando insatisfecho.
Estaba expuesta, semi desnuda y excitada como una hembra en celo.
Volvió a los pocos minutos. Me tendió la prenda, doblada. Su mirada era fuego y hielo.
—Póntelas.
Dudé, pero lo hice. Seguían húmedas, se me pegaron al coño.
—No te las quites hasta mañana.
—¿Hasta mañana?
—Sí. Vendrás a dármelas. En mano. Y te pagaré el triple.
Me miró a los ojos.
—Quiero que pienses en este momento y las empapes recordándolo. Quiero que te toques. Que las pegues a tu coño. Que te corras con ellas. Quiero que no pienses en otra cosa en todo el día.
Quise replicar algo, pero no fui capaz.
Él no dijo una palabra más, desapareció hacia la trastienda.
Yo salí con el corazón golpeando y el sexo hirviendo. Sintiendo que sostenía algo invisible entre las piernas. O como si me faltara.
Y ese calor en el centro del algodón. Húmedo. Pegajoso.
Nunca me sentí tan sucia.
Nunca tan viva.
Uf.
ResponderEliminarRozas tan bien lo pertubador...
Sigue siendo delicado, sofisticado, pero con un tono tan fuerte... Cómo me gusta leerte
Gracias de nuevo. ¡¡Ojalá dejaras el anonimato para saber quién eres!!
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