Cada mañana discutimos. Es una
costumbre tan antigua como las grietas de las pirámides. Nos sentamos en el
banco del ala este, donde el sol calienta la piedra.
Hoy Enrique
lleva una bata de cuadros y unas pantuflas del Real Madrid. María Antonieta ha exigido
azúcar para su té. Tres veces. Cada vez que se lo dan, olvida que lo ha pedido.
Yo fumo. Desde que el psiquiatra me habló del "delirio compartido",
no he dejado de hacerlo.
—¿Y sabéis qué
es lo peor de ser recordada como símbolo de decadencia? —dice María Antonieta, sorbiendo
ruidosamente—. Que ni siquiera me gustaba el brioche. Ni sé de dónde sacaron
eso de los pasteles.
—Oh, vamos, madame
déficit, no empieces otra vez— replica Enrique—. Si hablamos de mala
prensa, llevo siglos cargando con la fama de asesino en serie.
Alzo una ceja.
Perfectamente delineada, como siempre.
—¿No lo eras?
—Detalles
—responde él, bufando.
A veces
callamos y observamos. El jardín está lleno de sombras de otros.
—A mí me
pintan gordo en los museos —protesta Enrique.
María y yo
apenas le dirigimos una mirada. El sol se va retirando.
Después,
acabado el recreo, regresamos a nuestra habitación.
María Antonieta
vuelve a su espejo. Se pasa horas retocando el peinado y el maquillaje. Yo, con
una cucharilla de la cafetería, me delineo los ojos. Hace tiempo que evito el
espejo, siempre veo el Nilo reflejado en él. Y, algunas veces, un rostro hueco
con bata de hospital.
En la pared,
los días están marcados con esa misma cucharilla, pero ninguno recuerda ya
quién los marca.
María
Antonieta se pone a cantar en francés y Enrique le lanza una zapatilla.
—Tantas
mujeres que enterré y… a estas no me las quito de encima— murmura malhumorado.
A ratos
hablamos, otras veces nos refugiamos en el silencio.
—¿Creéis que
alguien se acuerda de nosotros? —pregunta María Antonieta, acurrucada junto al
radiador.
—Todo lo que
logré, y solo hablan de la serpiente —susurro—. De eso, y de mi nariz. Como si
eso fuera todo lo que fui.
—¿Crees que
alguna vez amamos de verdad? —pregunta Enrique, frotándose las piernas. Se le
enfrían los pies.
—Yo sí —dice María.
—Yo también —respondo—.
Al menos dos veces.
Enrique tarda
en contestar. Mira por la ventana.
—Yo no lo sé.
A las ocho en
punto, entra el enfermero. Deja un vaso de plástico con una pastilla sobre la
mesita, junto a nuestra pila de libros raídos de historia, y dice:
—Hasta mañana,
Julián.
Nos miramos,
confundidos.
Julián.
Qué nombre más
feo.
Es un nombre
sin imperio.
Un nombre que
ya nadie pone a sus hijos.
**********
Relato cortito para el taller de escritura. Trataba de escribir un relato en primera persona desde la perspectiva de un personaje histórico, a elegir entre: Cleopatra, María Antonieta o Enrique VIII.
Y como a mí no me gustan las cosas fáciles, he elegido a los tres.
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