Páginas

viernes, 25 de abril de 2025

Yo, rey, reina, faraona

 

Cada mañana discutimos. Es una costumbre tan antigua como las grietas de las pirámides. Nos sentamos en el banco del ala este, donde el sol calienta la piedra.

Hoy Enrique lleva una bata de cuadros y unas pantuflas del Real Madrid. María Antonieta ha exigido azúcar para su té. Tres veces. Cada vez que se lo dan, olvida que lo ha pedido. Yo fumo. Desde que el psiquiatra me habló del "delirio compartido", no he dejado de hacerlo.

—¿Y sabéis qué es lo peor de ser recordada como símbolo de decadencia? —dice María Antonieta, sorbiendo ruidosamente—. Que ni siquiera me gustaba el brioche. Ni sé de dónde sacaron eso de los pasteles.

—Oh, vamos, madame déficit, no empieces otra vez— replica Enrique—. Si hablamos de mala prensa, llevo siglos cargando con la fama de asesino en serie.

Alzo una ceja. Perfectamente delineada, como siempre.

—¿No lo eras?

—Detalles —responde él, bufando.

A veces callamos y observamos. El jardín está lleno de sombras de otros.

—A mí me pintan gordo en los museos —protesta Enrique.

María y yo apenas le dirigimos una mirada. El sol se va retirando.

Después, acabado el recreo, regresamos a nuestra habitación.

María Antonieta vuelve a su espejo. Se pasa horas retocando el peinado y el maquillaje. Yo, con una cucharilla de la cafetería, me delineo los ojos. Hace tiempo que evito el espejo, siempre veo el Nilo reflejado en él. Y, algunas veces, un rostro hueco con bata de hospital.

En la pared, los días están marcados con esa misma cucharilla, pero ninguno recuerda ya quién los marca.

María Antonieta se pone a cantar en francés y Enrique le lanza una zapatilla.

—Tantas mujeres que enterré y… a estas no me las quito de encima— murmura malhumorado.

A ratos hablamos, otras veces nos refugiamos en el silencio.

—¿Creéis que alguien se acuerda de nosotros? —pregunta María Antonieta, acurrucada junto al radiador.

—Todo lo que logré, y solo hablan de la serpiente —susurro—. De eso, y de mi nariz. Como si eso fuera todo lo que fui.

—¿Crees que alguna vez amamos de verdad? —pregunta Enrique, frotándose las piernas. Se le enfrían los pies.

—Yo sí —dice María.

—Yo también —respondo—. Al menos dos veces.

Enrique tarda en contestar. Mira por la ventana.

—Yo no lo sé.

A las ocho en punto, entra el enfermero. Deja un vaso de plástico con una pastilla sobre la mesita, junto a nuestra pila de libros raídos de historia, y dice:

—Hasta mañana, Julián.

Nos miramos, confundidos.

Julián.

Qué nombre más feo.

Es un nombre sin imperio.

Un nombre que ya nadie pone a sus hijos.


**********

Relato cortito para el taller de escritura. Trataba de escribir un relato en primera persona desde la perspectiva de un personaje histórico, a elegir entre: Cleopatra, María Antonieta o Enrique VIII. 

Y como a mí no me gustan las cosas fáciles, he elegido a los tres. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario