El secreto de Cenicienta
La hembra se aferra al pelaje del macho, olisqueando su sudor mezclado con perfume. El contacto con esos músculos pétreos y ardientes la sacude por dentro: deseo, miedo, incertidumbre. Ya no piensa. Solo siente. Tras años de sufrimiento, quizá ahora pueda vivir.
El salón de baile enmudece. La seda envuelve, vaporosa, su cuerpo. Todas las miradas se clavan en ella. El príncipe, deslumbrado, le tiende la mano. Bailan. Giran y giran sin soltarse, ajenos al mundo, a la música. Los ojos imantados y la piel sellada, unidos por el destino. O un gran secreto.
Clang.
La primera campanada la estremece. Tropieza, suelta un gritito que tapa con la mano. La esconde. El vello crece, cubriendo la piel perfecta. A cada tañido, los murmullos aumentan y su cuerpo cambia. Sus movimientos se vuelven torpes; sus gestos, extraños.
El príncipe se aparta. La observa, paralizado.
Ella se encoge en el vestido que ya le cuelga, temblando, aterrorizada. Las risas estallan cuando una confundida primate trata de cubrirse con lo que queda de seda. Intenta hablar, pero solo chilla.
Con la última campanada, la desdichada mona cubre su rostro sollozando.
Entonces, un aullido corta la sala.
Un gran lobo negro se alza sobre la ropa vacía del príncipe.
Sin mediar palabra, la mona se monta sobre él y huyen del palacio, guiados por la luna.
Desde esa noche, nadie osa entrar en el bosque. Allí, varios pares de ojos brillan entre los árboles, y gruñidos de placer desgarran el sueño de los aldeanos.
La que aúlla
No lleva caperuza, hace tiempo que dejó de ser niña.
Ahora, Caperucita es una sombra caliente que se desliza entre los troncos. El vestido pegado, los pies descalzos sobre la tierra húmeda. El pecho palpita bajo la tela.
Cada luna llena cruza la aldea dormida en un susurro. Los perros nunca ladran.
El aire huele a resina y humedad. A veces, a sangre.
Siempre va al claro donde la mordió, donde le nació esa hambre que no sacia ni se avergüenza. No recuerda quién poseyó a quién. Quién aulló primero. Solo sabe que le busca y no le encuentra.
Pero esta noche hay otro olor. A madera, a pólvora, a humano joven.
Él, asustado, se ha escondido entre los árboles. Ella se relame. No necesita ojos para encontrarle.
Se arrastra entre matorrales, con los labios entreabiertos, hambrienta. La ropa se engancha, se desviste.
La luna ilumina el claro y la atrae a su centro. Desnuda, jadeante, el pelo enmarañado, la piel brillante. Se postra a cuatro patas, olisquea y chasquea la lengua. Mira un punto fijo en la negrura.
El joven leñador, que cazaba conejos, surge de las sombras. Empuña una escopeta. Avanza, aterrado.
Ella lo huele: miedo fresco, carne tierna. Y a lobo. ¡Lobo!
Cuando está a un paso, él alza el arma. Ella, felina, le mira: ojos encendidos, colmillos insinuados. Vello erizado en la espalda. Una diosa salvaje en celo.
No dispara. Deja caer el cañón.
Cuando ella salta, duda entre huir o rendirse.
Pero ya es tarde.
Tras el sueño
No fue el beso lo que la despertó.
Fue la saliva del príncipe al deslizarse por su clavícula. Su lengua. Su aliento. Y esas manos tanteando su cuerpo sobre el camisón.
Blancanieves abrió los ojos. El joven retrocedió, rojo. Ella se incorporó en silencio.
Caminó hacia los enanitos que saltaban gozosos.
—¿Dónde vas? —preguntó él.
—A casa —dijo ella, asqueada—. Con ellos.
Los enanos lloraban de alegría. Le hablaban todos a la vez. Decían que la cuidaron esos largos meses, que dormía como un ángel. Que la bañaban, la alimentaban, le peinaban el pelo. Le hablaron de la Reina, de la manzana. No paraban de tocarla, de abrazarla. Quizá demasiado.
Ella escuchaba agradecida. Retomó su vida. Pasaron los días, ella quería olvidarlo todo. Pero empezó a notar cosas raras.
Una marca en el muslo un día. Como un mordisco.
El camisón mal abrochado otra mañana. O las bragas del revés.
Y esas miradas distintas. Ya no eran dulces. Eran intensas, penetrantes, invasivas.
Ellos eran hombres. Pequeños, pero hombres. Y ella una mujer. Y llevaba dormida demasiado tiempo.
Esa noche, escapó hacia el bosque. Allí donde vivía el único que la había protegido de verdad. Ahí, el que le perdonó la vida, afilaba un cuchillo.
—Sabía que vendrías —dijo él, girándose.
—No vengo solo a darte las gracias.
—¿Entonces?
Ella alzó la barbilla.
—Quiero cazar contigo. Enséñame.
Él sonrió y le tendió el cuchillo. Ella se sentó a su lado y comenzó a afilarlo.
Aprendería a cazar. Aprendería a matar.
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