Nunca he sabido subirme a una camilla sin sentirme torpe.
Me quito los
zapatos, los calcetines, el pantalón, la camiseta y lo dejo todo hecho un
paquetito mínimo sobre una silla.
Alicia se ha girado
para ofrecerme un poco de intimidad. Está de espaldas, preparando los aceites.
La tela de su pijama blanco se mueve con su respiración, leve. Hay algo en su
forma de estar quieta que me altera.
—Túmbate boca abajo
—dice.
La camilla está
templada. Siempre lo está. El tacto del papel desechable contra el pecho me molesta
un poco más de lo normal. Bajo la cabeza en el hueco acolchado y el mundo se
convierte en una franja de suelo y zócalo, de sonidos apagados y sensaciones
amplificadas.
Siento el algodón
rizado posarse sobre mi cintura y mis piernas. Escucho el fizz del gel brotando
de la botella y el frufrú de sus manos calentándolo. En el hilo musical suena
algo en piano.
Sus manos.
Empiezan por los
omóplatos, firmes, suaves, casi impersonales. Pero me transmiten el calor de su
piel. Rueda los nudillos. Aprieta en círculos, se detiene, cambia de zona. A
veces sus dedos presionan la carne. Otras, apenas rozan el aire. Y mi cuerpo,
traidor, responde con una entrega absurda a su destreza.
Hay músculos que
duelen. Y otros que se tensan de deseo. Y ella…, eso no lo sabe.
O quizá sí.
—Hoy te noto mejor
la espalda, Daniel—comenta suavemente—, ¿has estado haciendo los ejercicios en
casa?
—Todos los días
como me dijiste.
—Perfecto.
Me gusta su voz. Es
suave pero firme. Parca en palabras, profesional y aun así la siento cálida y
cercana. Los primeros días los dolores eran espantosos, pero lograba calmarme.
A veces parecía que me susurraba y no siempre entendía sus indicaciones. En
esas ocasiones me colocaba una mano firme sobre la espalda, para que no me
girara bruscamente y se inclinaba a hablarme más cerca del oído. Se me erizaba toda
la piel. Aún lo hace. Ella tiene que notarlo.
—Gírate,
Daniel—ordena.
Obedezco. Esta vez
la toalla cubre mi pecho liberando mis piernas. Me quedo mirándola expectante. Semidesnudo.
Sonríe.
—Espera. Primero
los infrarrojos.
Alicia se acerca
arrastrando una gran lámpara con una bombilla roja que enciende y acerca a mi
muslo. Al aductor. Calienta bastante.
—Ya sabes, si notas
que te quema, avisa y la pongo más suave, ¿vale?
—Sí, claro.
—Vuelvo en 5 o 10
minutos para ver qué tal vas.
Y sale de la
cabina.
Me quedo tumbado,
la luz me provoca un suave cosquilleo en la piel y el calor me adormila. Cierro
los ojos.
De repente unas
manos suaves se posan sobre mi muslo. Abro los ojos y allí está ella de nuevo,
acariciando suavemente mi pierna.
—Tenías que haberme
llamado, te has quemado un poco.
Es verdad, pero no
me he dado ni cuenta.
Me pregunto si
Alicia nota mi respiración agitada cuando se acerca. O si finge no notarlo como
yo finjo que es el calor lo que me tiene así de alterado. Porque no es el calor.
Es otra cosa. Algo más profundo, más raro. Algo que no me atrevo a confesar.
Porque me gusta su
voz y me gustan sus manos. Sí. Pero es lo que me hacen.
O mejor dicho: lo no
debería reconocer que me provocan.
Ocurre desde el
primer día. Sus manos presionan los nudos, los músculos y ligamentos doloridos.
Los estira hasta que casi no puedo más. Insiste en los puntos que sabe que son
el problema. Y yo debería quejarme, porque duele…, pero no lo hago.
Porque me gusta.
Me lleva a un punto
entre dos estados: alivio y dolor. Y en ese punto se me vacía la mente. Y
cuando lo sobrepasa y duele más…, me excito. Me excito mucho.
Y me pasa solo con
ella en esta sala de la clínica de rehabilitación.
Lo peor —o lo
mejor, todavía no lo sé— es que ahora, en casa, echo de menos ese dolor. Y ese
ardor sordo y profundo que me queda después.
Siento que lo
necesito y lo busco a escondidas, con los dedos, en el mismo punto del muslo
donde ella apretó más fuerte.
A veces lo
encuentro, presiono fuerte y entonces me detengo. Me excita y por eso paro. Porque
me pongo tan duro que me asusto.
Porque hay una
mujer mirando la tele a dos metros de mí, mi mujer. Porque debería sentirme
sucio. Porque no debería pensar en Alicia estando ella allí.
Pero no es así, lo
hago igualmente y…, me siento vivo. Y quiero más.
Alicia toma un bote
de crema y me la extiende con movimientos suaves, casi solo con la palma de la
mano.
Pero cuando roza la
zona más caliente, aprieta. Poco primero, luego mucho más. Como si esperara mi
queja.
No la oye, porque
no me quejo.
En cambio, yo lo
siento.
Un cosquilleo
eléctrico que me sube por la ingle, que se cuela hasta mi garganta.
Me muerdo la lengua
y me empalmo.
—¿Te duele mucho?
—pregunta sin apartar la mirada de su mano.
—No —respondo. Es mentira.
Duele, mucho, y no
quiero que pare.
Me sorprendo a mí
mismo arqueando apenas la cadera, buscando el roce de algo que me alivie la
presión que se acumula más abajo.
Me acaricio
disimuladamente. Un roce mínimo. Instintivo.
Levanto la vista.
En el espejo del
lateral, justo sobre la lámpara de infrarrojos, me observa.
No habla.
No sonríe.
No se inmuta.
Y en sus ojos hay
algo: una calma absoluta. Como si lo tuviera previsto. Como si esperara que yo…
que mi cuerpo…
Querría
preguntarle. Querría contarle lo que siento. Lo que me hace sentir.
El dolor. La
excitación. Este jodido deseo que no controlo.
Pero no me atrevo.
No sé si es real. Y no sé si quiero saber si ella lo sabe.
Y porque no quiero que
esto se acabe.
Lo único que sé es
que quiero volver la semana que viene.
Y aunque ya no me
duela nada, quiero que me duela todo con ella.
Texto EdE: Literatura erótica. El escenario y las amociones
Es un pensamiento parecido. El sillón, un metro , y a veces pensando en otra cosa
ResponderEliminarCuéntame más!!!!
EliminarUf.
ResponderEliminarHe soltado aire después de leerlo. Me he dado cuenta que lo hacía sin respirar. Mierda, qué buena eres, coño
Mil gracias 🥰
Eliminar