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martes, 8 de abril de 2025

En sus manos

 

Nunca he sabido subirme a una camilla sin sentirme torpe.

Me quito los zapatos, los calcetines, el pantalón, la camiseta y lo dejo todo hecho un paquetito mínimo sobre una silla.

Alicia se ha girado para ofrecerme un poco de intimidad. Está de espaldas, preparando los aceites. La tela de su pijama blanco se mueve con su respiración, leve. Hay algo en su forma de estar quieta que me altera.

—Túmbate boca abajo —dice.

La camilla está templada. Siempre lo está. El tacto del papel desechable contra el pecho me molesta un poco más de lo normal. Bajo la cabeza en el hueco acolchado y el mundo se convierte en una franja de suelo y zócalo, de sonidos apagados y sensaciones amplificadas.

Siento el algodón rizado posarse sobre mi cintura y mis piernas. Escucho el fizz del gel brotando de la botella y el frufrú de sus manos calentándolo. En el hilo musical suena algo en piano.

Sus manos.

Empiezan por los omóplatos, firmes, suaves, casi impersonales. Pero me transmiten el calor de su piel. Rueda los nudillos. Aprieta en círculos, se detiene, cambia de zona. A veces sus dedos presionan la carne. Otras, apenas rozan el aire. Y mi cuerpo, traidor, responde con una entrega absurda a su destreza.

Hay músculos que duelen. Y otros que se tensan de deseo. Y ella…, eso no lo sabe.

O quizá sí.

—Hoy te noto mejor la espalda, Daniel—comenta suavemente—, ¿has estado haciendo los ejercicios en casa?

—Todos los días como me dijiste.

—Perfecto.

Me gusta su voz. Es suave pero firme. Parca en palabras, profesional y aun así la siento cálida y cercana. Los primeros días los dolores eran espantosos, pero lograba calmarme. A veces parecía que me susurraba y no siempre entendía sus indicaciones. En esas ocasiones me colocaba una mano firme sobre la espalda, para que no me girara bruscamente y se inclinaba a hablarme más cerca del oído. Se me erizaba toda la piel. Aún lo hace. Ella tiene que notarlo.

—Gírate, Daniel—ordena.

Obedezco. Esta vez la toalla cubre mi pecho liberando mis piernas. Me quedo mirándola expectante. Semidesnudo. Sonríe.

—Espera. Primero los infrarrojos.

Alicia se acerca arrastrando una gran lámpara con una bombilla roja que enciende y acerca a mi muslo. Al aductor. Calienta bastante.

—Ya sabes, si notas que te quema, avisa y la pongo más suave, ¿vale?

—Sí, claro.

—Vuelvo en 5 o 10 minutos para ver qué tal vas.

Y sale de la cabina.

Me quedo tumbado, la luz me provoca un suave cosquilleo en la piel y el calor me adormila. Cierro los ojos.

De repente unas manos suaves se posan sobre mi muslo. Abro los ojos y allí está ella de nuevo, acariciando suavemente mi pierna.

—Tenías que haberme llamado, te has quemado un poco.

Es verdad, pero no me he dado ni cuenta.

Me pregunto si Alicia nota mi respiración agitada cuando se acerca. O si finge no notarlo como yo finjo que es el calor lo que me tiene así de alterado. Porque no es el calor. Es otra cosa. Algo más profundo, más raro. Algo que no me atrevo a confesar.

Porque me gusta su voz y me gustan sus manos. Sí. Pero es lo que me hacen.

O mejor dicho: lo no debería reconocer que me provocan.

Ocurre desde el primer día. Sus manos presionan los nudos, los músculos y ligamentos doloridos. Los estira hasta que casi no puedo más. Insiste en los puntos que sabe que son el problema. Y yo debería quejarme, porque duele…, pero no lo hago.

Porque me gusta.

Me lleva a un punto entre dos estados: alivio y dolor. Y en ese punto se me vacía la mente. Y cuando lo sobrepasa y duele más…, me excito. Me excito mucho.

Y me pasa solo con ella en esta sala de la clínica de rehabilitación.

Lo peor —o lo mejor, todavía no lo sé— es que ahora, en casa, echo de menos ese dolor. Y ese ardor sordo y profundo que me queda después.

Siento que lo necesito y lo busco a escondidas, con los dedos, en el mismo punto del muslo donde ella apretó más fuerte.

A veces lo encuentro, presiono fuerte y entonces me detengo. Me excita y por eso paro. Porque me pongo tan duro que me asusto.

Porque hay una mujer mirando la tele a dos metros de mí, mi mujer. Porque debería sentirme sucio. Porque no debería pensar en Alicia estando ella allí.

Pero no es así, lo hago igualmente y…, me siento vivo. Y quiero más.

Alicia toma un bote de crema y me la extiende con movimientos suaves, casi solo con la palma de la mano.

Pero cuando roza la zona más caliente, aprieta. Poco primero, luego mucho más. Como si esperara mi queja.

No la oye, porque no me quejo.

En cambio, yo lo siento.

Un cosquilleo eléctrico que me sube por la ingle, que se cuela hasta mi garganta.

Me muerdo la lengua y me empalmo.

—¿Te duele mucho? —pregunta sin apartar la mirada de su mano.

—No —respondo. Es mentira.

Duele, mucho, y no quiero que pare.

Me sorprendo a mí mismo arqueando apenas la cadera, buscando el roce de algo que me alivie la presión que se acumula más abajo.

Me acaricio disimuladamente. Un roce mínimo. Instintivo.

Levanto la vista.

En el espejo del lateral, justo sobre la lámpara de infrarrojos, me observa.

No habla.

No sonríe.

No se inmuta.

Y en sus ojos hay algo: una calma absoluta. Como si lo tuviera previsto. Como si esperara que yo… que mi cuerpo…

Querría preguntarle. Querría contarle lo que siento. Lo que me hace sentir.

El dolor. La excitación. Este jodido deseo que no controlo.

Pero no me atrevo. No sé si es real. Y no sé si quiero saber si ella lo sabe.

Y porque no quiero que esto se acabe.

Lo único que sé es que quiero volver la semana que viene.

Y aunque ya no me duela nada, quiero que me duela todo con ella.


Texto EdE: Literatura erótica. El escenario y las amociones

4 comentarios:

  1. Es un pensamiento parecido. El sillón, un metro , y a veces pensando en otra cosa

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  2. Uf.
    He soltado aire después de leerlo. Me he dado cuenta que lo hacía sin respirar. Mierda, qué buena eres, coño

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