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jueves, 12 de junio de 2025

Venganza estival (nueva versión EdE)

 

El hombre despertó dolorido; la boca sabía a óxido y el tambor del reggaetón que bombardeaba la playa desde el chiringuito le sacudía el cráneo como un martillo neumático. Tardó un minuto entero en recordar su nombre y otro en entender por qué el mundo olía a ron barato y protector solar rancio de coco.

La noche anterior había apostado con sus amigos a “ver quién bebía más sangría”. Luego aumentaron la apuesta con mojitos y acabaron bebiendo ron a palo seco con algunos hielos. Bebieron, bailaron y acabaron en la playa. Él brindó, se tumbó boca arriba y retó al cielo de la noche.

Ahora su piel parecía papel de lija empapado en ácido. El calor que le aplastaba era denso, químico, sentía un horno cerámico sobre el pecho. Sus poros goteaban, pero el sudor era frío. A lo lejos creyó oír las voces de sus amigos gritando su nombre, pero él solo notó cómo su mente fundía a negro mientras su cuerpo comenzaba a sacudirse violentamente atravesado por descargas invisibles.

—Sesenta y siete, setenta, setenta y tres…— murmuró la socorrista contando pulsaciones mientras al fondo la megafonía anunciaba la rifa del día. —Necesito vía y sombra ¡ya!.

—Sombra —repetí para mis adentros—, qué palabra tan obscena.

En pocos minutos el turista era estabilizado y se lo llevaban al hospital.

Asqueado, me giré levantando un imprevisto vendaval en la playa que arrancó varias sombrillas turquesa. Una abuela chilló cuando una de ellas aterrizó atravesando su tupper de empanadillas. Las demás fueron perseguidas inútilmente por sus dueños y acabaron en el mar. Era un desastre precioso, pero no me animó.

 

 

Continué paseando por la costa, aumentando la temperatura ahí por donde pasaba. Las chanclas derretidas de un turista ruso burbujearon en la orilla. Una niña gritó que el mar estaba “hirviendo como el agua de los macarrones”; su madre rió tras las gafas de Prada, grabó un TikTok y me dedicó un emoji de llama… ¡Emoji! Qué degradación.

Antes, un gesto bastaba para decapitar a un viejo pescador.

Aún recuerdo el verano de 1540, ¡qué delicia de año! “La gran sequía” lo llamaron. Aquel agosto drené el Rin y los monjes de Colonia bebieron cerveza en lugar de agua. Les dejé sin agua más de 200 días. Les tenía bajo mi control, les aterrorizaba y les dominaba. Exponerse a mi poder era muerte segura.  Y ahora…, con sus cremitas SPF 50+++, sus aires acondicionados y esos turistas de experiencias que viajan como locos de un sitio para otro sin dejarme tiempo a deshidratarlos… Apenas logro que mueran algunos animalillos desprevenidos y, a veces, algún viejo incauto. Y eso que se me ofrecen todos los días en los altares de arena, embadurnados en óleos tropicales y muchas veces beodos como cubas. ¡Deberían ser víctimas fáciles!

Además, para colmo de males, parecen deleitarse con descarado regocijo en saborear las consecuencias de mis efectos. Los días largos que antes quemaban cosechas ahora los usan para hacer barbacoas o mirar estúpidamente al mar hasta el crepúsculo. Las noches cálidas las utilizan para bailar en festivales de música horrenda o fornicar como animales en cualquier esquina. Y todo eso con la arena metida dentro del bañador y el olor a sardina podrida pegado a la nariz. Son unos seres despreciables dominados por los placeres terrenales.

Sin embargo, tengo un plan. Voy a confabularme con mi hermano Invierno y convertir todo en un desierto, vaciar océanos y verles morir lentamente, deshidratados, achicharrados, con la piel en carne viva y los ojos muy abiertos resecos en sus cuencas. ¡Qué imagen más deliciosa! Sé que él comparte mi desesperación. En el polo ya prepara ciclones glaciares llenos de agujas de hielo. Estos humanos que tanta diversión nos han proporcionado durante siglos necesitan extinguirse. Siguen siendo increíblemente estúpidos, pero ahora son imbéciles con recursos.

Solo puedo contar con él, es frío y carece de escrúpulos. No como Primavera y Otoño, no. Esos son unos mediocres, frágiles y consentidos, unos ridículos activistas provida que cuidan a sus mascotas con excesivo mimo. Me repugnan. Hace tiempo ya que me salí del grupo de WhatsApp, no aguantaba sus fotos de florecitas y bosques de colores.

Pero ¿qué es eso? ¿una zodiac solitaria que se aparta de la costa?

Oh, es ideal, una parejita que se aleja del jaleo de la playa, con una botella de cava rosado entre las piernas entrelazadas.

—Más lejos, amor, que aquí huele a fritanga —dice ella.

El remo se arquea cuando concentro la radiación. El plástico silba y se ablanda como un chicle al sol.

Crac. El remo se parte. Él maldice, ella ríe pensando que es otra anécdota para Instagram. Entonces el fondo de la barca se oscurece; aparecen burbujas.
Un alarido, un chapoteo desesperado. Cómo me gusta el olor a plástico quemado.

Mmmh, quizá todavía hoy me cobre dos víctimas.

¡Ay! Me estoy haciendo viejo… pero aún no estoy acabado.



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Tarea de escritura para la EdE: Revisar, corregir y reescribir un relato antiguo. 

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