El hombre despertó
dolorido; la boca sabía a óxido y el tambor del reggaetón que bombardeaba la
playa desde el chiringuito le sacudía el cráneo como un martillo neumático.
Tardó un minuto entero en recordar su nombre y otro en entender por qué el
mundo olía a ron barato y protector solar rancio de coco.
La
noche anterior había apostado con sus amigos a “ver quién bebía más sangría”.
Luego aumentaron la apuesta con mojitos y acabaron bebiendo ron a palo seco con
algunos hielos. Bebieron, bailaron y acabaron en la playa. Él brindó, se tumbó
boca arriba y retó al cielo de la noche.
Ahora
su piel parecía papel de lija empapado en ácido. El calor que le aplastaba era
denso, químico, sentía un horno cerámico sobre el pecho. Sus poros goteaban,
pero el sudor era frío. A lo lejos creyó oír las voces de sus amigos gritando
su nombre, pero él solo notó cómo su mente fundía a negro mientras su cuerpo
comenzaba a sacudirse violentamente atravesado por descargas invisibles.
—Sesenta
y siete, setenta, setenta y tres…— murmuró la socorrista contando pulsaciones
mientras al fondo la megafonía anunciaba la rifa del día. —Necesito vía y
sombra ¡ya!.
—Sombra
—repetí para mis adentros—, qué palabra tan obscena.
En
pocos minutos el turista era estabilizado y se lo llevaban al hospital.
Asqueado,
me giré levantando un imprevisto vendaval en la playa que arrancó varias sombrillas
turquesa. Una abuela chilló cuando una de ellas aterrizó atravesando su tupper
de empanadillas. Las demás fueron perseguidas inútilmente por sus dueños y
acabaron en el mar. Era un desastre precioso, pero no me animó.
Continué
paseando por la costa, aumentando la temperatura ahí por donde pasaba. Las chanclas derretidas de un turista ruso
burbujearon en la orilla. Una niña gritó que el mar estaba “hirviendo como el agua
de los macarrones”; su madre rió tras las gafas de Prada, grabó un TikTok y me
dedicó un emoji de llama… ¡Emoji! Qué degradación.
Antes,
un gesto bastaba para decapitar a un viejo pescador.
Aún
recuerdo el verano de 1540, ¡qué delicia de año! “La gran sequía” lo llamaron. Aquel
agosto drené el Rin y los monjes de Colonia bebieron cerveza en lugar de agua.
Les dejé sin agua más de 200 días. Les tenía bajo mi control, les aterrorizaba
y les dominaba. Exponerse a mi poder era muerte segura. Y ahora…, con sus cremitas SPF 50+++, sus
aires acondicionados y esos turistas de experiencias que viajan como locos de
un sitio para otro sin dejarme tiempo a deshidratarlos… Apenas logro que mueran
algunos animalillos desprevenidos y, a veces, algún viejo incauto. Y eso que se
me ofrecen todos los días en los altares de arena, embadurnados en óleos
tropicales y muchas veces beodos como cubas. ¡Deberían ser víctimas fáciles!
Además,
para colmo de males, parecen deleitarse con descarado regocijo en saborear las
consecuencias de mis efectos. Los días largos que antes quemaban cosechas ahora
los usan para hacer barbacoas o mirar estúpidamente al mar hasta el crepúsculo.
Las noches cálidas las utilizan para bailar en festivales de música horrenda o
fornicar como animales en cualquier esquina. Y todo eso con la arena metida
dentro del bañador y el olor a sardina podrida pegado a la nariz. Son unos
seres despreciables dominados por los placeres terrenales.
Sin
embargo, tengo un plan. Voy a confabularme con mi hermano Invierno y convertir
todo en un desierto, vaciar océanos y verles morir lentamente, deshidratados,
achicharrados, con la piel en carne viva y los ojos muy abiertos resecos en sus
cuencas. ¡Qué imagen más deliciosa! Sé que él comparte mi desesperación. En el
polo ya prepara ciclones glaciares llenos de agujas de hielo. Estos humanos que
tanta diversión nos han proporcionado durante siglos necesitan extinguirse.
Siguen siendo increíblemente estúpidos, pero ahora son imbéciles con recursos.
Solo
puedo contar con él, es frío y carece de escrúpulos. No como Primavera y Otoño,
no. Esos son unos mediocres, frágiles y consentidos, unos ridículos activistas
provida que cuidan a sus mascotas con excesivo mimo. Me repugnan. Hace tiempo ya
que me salí del grupo de WhatsApp, no aguantaba sus fotos de florecitas y
bosques de colores.
Pero
¿qué es eso? ¿una zodiac solitaria que se aparta de la costa?
Oh, es
ideal, una parejita que se aleja del jaleo de la playa, con una botella de cava
rosado entre las piernas entrelazadas.
—Más
lejos, amor, que aquí huele a fritanga —dice ella.
El remo
se arquea cuando concentro la radiación. El plástico silba y se ablanda como un
chicle al sol.
Crac. El remo se parte.
Él maldice, ella ríe pensando que es otra anécdota para Instagram. Entonces el
fondo de la barca se oscurece; aparecen burbujas.
Un alarido, un chapoteo desesperado. Cómo me gusta el olor a plástico quemado.
Mmmh, quizá
todavía hoy me cobre dos víctimas.
¡Ay! Me
estoy haciendo viejo… pero aún no estoy acabado.
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Tarea de escritura para la EdE: Revisar, corregir y reescribir un relato antiguo.
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