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lunes, 9 de junio de 2025

Grietas

Siempre me fijo en los hombres que beben solos.

Los que escogen la mesa del fondo sin mirar a nadie. Parece que no hacen nada, pero te cuentan todo con sus manos, con la copa, con su cuerpo. Son los más interesantes de descifrar y la presa más divertida.

El sensor implantado en mi muñeca vibra cuando detecta a uno con variación cardíaca fuera de rango.

Camisa blanca arremangada, mal planchada. Manos fuertes y nudillos rugosos. Hace media hora que acaricia un vaso sin whisky. Me atrae de inmediato, sabe aferrarse al vacío. Le tiembla el pulgar izquierdo, treinta y dos pulsaciones por minuto. Tiene ojeras profundas, de esas que no cura un buen sueño.

Y ni me mira. Los hombres suelen fijarse antes. Él no.

Pido otro vino y me acerco. Ajusto la falda de polifibra para que libere microdosis de aroma en la dosis exacta para activar sus receptores.

Uno más este mes y cumplo la cuota, quizá el último antes del balance trimestral. Quiero acabar ya, pero presiento que no va a ser fácil llevarlo conmigo.

Saco un cigarro. Él lo sigue con los ojos cuando lo enciendo. Ahí está. La fisura.

Lo observo sin disimulo. Él lo sabe, pero aparenta no reaccionar. Eso me excita más que cualquier contacto. No se ha rendido. Solo está... quieto. Como un perro que ha aprendido a no pedir o un lobo al acecho.

Él aún no me ha mirado. Se rasca la muñeca, ahí donde tiene una cicatriz. Me inclino y aspiro la herida cerrada; aún guarda restos de algo extirpado. Y él huele a brasas consumidas y a sal.

Uno más y la corporación archivará mis méritos; uno menos y reciclarán mi tejido excedente. No pienso volver al tanque.

Por fin levanta la mirada. Ojos oscuros, despiertos, sin rastro de la lujuria automática que suelen disparar mis feromonas.

—¿Nos conocemos? —pregunta con una sonrisa leve, torcida.

Le devuelvo la sonrisa y mi cuerpo le responde orientándose hacia el suyo.

—No suelo venir a este sitio —digo.

Es mentira. He venido más veces. No debería repetir, pero este sitio es bueno. Huele a lejía y cerveza rancia, una combinación que confunde el olfato de los inferiores.

Él asiente. Vuelvo a mirar sus manos, tiene unas uñas cuidadas.

—Me recuerdas a alguien —dice.

Me inclino hacia él, solo un poco.

—Eso lo dices para que me quede.

—No —responde—. Lo digo porque es verdad. Siento que tú no deberías estar aquí. O quizá no debería estarlo yo.

Tuerce el gesto y me confunde. Y eso, por primera vez en mucho tiempo, me inquieta.

Me pide fuego.

Me siento a su mesa y le ofrezco una cerilla. De las de caja que chisporrotean como pequeñas bengalas. Pregunta con la mirada.

—Este fuego sabe distinto.

Me sostiene la mirada con el cigarro entre los labios. Lo enciende sin parpadear cuando la llama baila cerca del rostro. El bar tiene una luz verdosa, de pecera sucia y el destello naranja ilumina sus ojos oscuros.

—Te has sentado sola.

—Me gusta elegir.

—¿Y ya has elegido?

Le miro. Un segundo más de lo necesario.

—Estoy tanteando.

—Bien.

Nos bebemos juntos el silencio. Es bueno. Demasiado.

Pide otro whisky que el camarero le sirve sin rechistar. Conoce sus gustos y, sin embargo, yo no recuerdo haberle visto antes.

—¿A qué te dedicas? —pregunto.

—Recojo cosas que no deben perderse.

Su respuesta vibra en mi implante auditivo que no logra etiquetar. Sin categoría. Sin evaluación del riesgo. Fascinante.

Me excuso para ir al baño y me sigue con la mirada.

Encima del espejo la luz parpadea en espasmos enfermizos. Saco el pequeño dispositivo del bolso. Plano, negro, sin marcas. Pulso dos veces y un ronroneo apenas perceptible se expande por el local. Todas las señales de vida aparecen en miniatura sobre la pantalla: movimiento, pulsaciones, temperatura, posición.
Todas menos una. Él.

Frunzo el ceño. El protocolo dicta: descartar objetivos no trazables. Pero la vibración basal en mi esternón dice lo contrario.

Vuelvo. Él está junto a la vieja jukebox—fuera de servicio desde antes de la pandemia solar—pasando el dedo por las ranuras. El plástico centellea bajo su tacto.

—¿Has elegido? —pregunto.

—¿Y tú?

Sonreímos.

Pago nuestras copas con un billete doblado. Muevo la cadera lo justo para que mi aroma se diluya en su atmósfera personal.

—¿Vienes? —susurro.

—Claro —responde, y su voz suena grave y líquida.

Caminamos hasta el hotel sin hablar. Yo cuento los pasos y él parece no pisar del todo.

Nos desnudamos con la torpeza de un insecto mudando de piel. Nos miramos un segundo y luego me besa. Y todo cambia. Comienzo a descargar endorfinas que no sabía que podía producir.

Cuando me arqueo bajo su cuerpo, siento que la membrana de mi disfraz tiembla. Mi epidermis sintética se abre en fractales invisibles. Él responde: sus ojos mutan del marrón al ébano líquido y luego a un gris nacarado.

Reconozco el patrón: Variante‑Zeta, catalogado, pero teóricamente extinto.

—¿Quién eres? —pregunto, jadeando.

—Alguien que también huye —dice, mientras apoya la frente en la mía.

Entonces lo entiendo: dos especies diseñadas para no encontrarse, tropezando en el mismo margen del sistema.

Cuando su mano roza el punto exacto entre mis piernas, el universo se fractura. Las paredes se inundan de luz ultravioleta y revelan símbolos fluorescentes pulsátiles. El aire se llena de un zumbido sordo en una frecuencia solo perceptible para nosotros.

INFRACCIÓN DE PROTOCOLO. LOCALIZACIÓN ENVIADA. SUPRESIÓN EN CURSO.

La proyección se imprime sobre nuestra piel desnuda.

Nos incorporamos. Su cuerpo se estira; mis antenas se despliegan. Ya no hay disfraces.

—Nos han encontrado —dice él, con un destello de ironía.

—¿Por qué?

—Porque la vida ocurre en las grietas de las normas. Y ahí estamos ahora.

El terror me sacude, pero bajo él hay algo radiante. Ríe, yo también. Se acerca y me sostiene el rostro con manos que ahora son filamentos de luz.

—Al menos —susurra— ha sido la mejor transgresión de mi existencia.

Y quizá la última, pienso, mientras la puerta estalla en una tormenta de refulgor blanco.


*****

Tarea de la EdE: Relato de ciencia ficción, con extraterrestres, viaje en el tiempo, fin del mundo, metamorfosis humanas, etc.

1 comentario:

  1. Buenísimo. Qué facilidad tienes para crear mundos, espacios y ambientes. Ciencia ficción erótica, nuevo género.

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