Siempre me fijo en los hombres
que beben solos.
Los que
escogen la mesa del fondo sin mirar a nadie. Parece que no hacen nada, pero te
cuentan todo con sus manos, con la copa, con su cuerpo. Son los más
interesantes de descifrar y la presa más divertida.
El sensor
implantado en mi muñeca vibra cuando detecta a uno con variación cardíaca fuera
de rango.
Camisa blanca
arremangada, mal planchada. Manos fuertes y nudillos rugosos. Hace media hora
que acaricia un vaso sin whisky. Me atrae de inmediato, sabe aferrarse al
vacío. Le tiembla el pulgar izquierdo, treinta y dos pulsaciones por minuto.
Tiene ojeras profundas, de esas que no cura un buen sueño.
Y ni me mira. Los
hombres suelen fijarse antes. Él no.
Pido otro vino
y me acerco. Ajusto la falda de polifibra para que libere microdosis de aroma
en la dosis exacta para activar sus receptores.
Uno más este
mes y cumplo la cuota, quizá el último antes del balance trimestral. Quiero
acabar ya, pero presiento que no va a ser fácil llevarlo conmigo.
Saco un
cigarro. Él lo sigue con los ojos cuando lo enciendo. Ahí está. La fisura.
Lo observo sin
disimulo. Él lo sabe, pero aparenta no reaccionar. Eso me excita más que
cualquier contacto. No se ha rendido. Solo está... quieto. Como un perro que ha
aprendido a no pedir o un lobo al acecho.
Él aún no me ha
mirado. Se rasca la muñeca, ahí donde tiene una cicatriz. Me inclino y aspiro
la herida cerrada; aún guarda restos de algo extirpado. Y él huele a brasas
consumidas y a sal.
Uno más y la corporación
archivará mis méritos; uno menos y reciclarán mi tejido excedente. No pienso
volver al tanque.
Por fin
levanta la mirada. Ojos oscuros, despiertos, sin rastro de la lujuria
automática que suelen disparar mis feromonas.
—¿Nos
conocemos? —pregunta con una sonrisa leve, torcida.
Le devuelvo la
sonrisa y mi cuerpo le responde orientándose hacia el suyo.
—No suelo
venir a este sitio —digo.
Es mentira. He
venido más veces. No debería repetir, pero este sitio es bueno. Huele a lejía y
cerveza rancia, una combinación que confunde el olfato de los inferiores.
Él asiente.
Vuelvo a mirar sus manos, tiene unas uñas cuidadas.
—Me recuerdas
a alguien —dice.
Me inclino
hacia él, solo un poco.
—Eso lo dices
para que me quede.
—No
—responde—. Lo digo porque es verdad. Siento que tú no deberías estar aquí. O
quizá no debería estarlo yo.
Tuerce el
gesto y me confunde. Y eso, por primera vez en mucho tiempo, me inquieta.
Me pide fuego.
Me siento a su
mesa y le ofrezco una cerilla. De las de caja que chisporrotean como pequeñas
bengalas. Pregunta con la mirada.
—Este fuego
sabe distinto.
Me sostiene la
mirada con el cigarro entre los labios. Lo enciende sin parpadear cuando la
llama baila cerca del rostro. El bar tiene una luz verdosa, de pecera sucia y
el destello naranja ilumina sus ojos oscuros.
—Te has
sentado sola.
—Me gusta
elegir.
—¿Y ya has
elegido?
Le miro. Un
segundo más de lo necesario.
—Estoy
tanteando.
—Bien.
Nos bebemos
juntos el silencio. Es bueno. Demasiado.
Pide otro
whisky que el camarero le sirve sin rechistar. Conoce sus gustos y, sin
embargo, yo no recuerdo haberle visto antes.
—¿A qué te
dedicas? —pregunto.
—Recojo cosas
que no deben perderse.
Su respuesta
vibra en mi implante auditivo que no logra etiquetar. Sin categoría. Sin
evaluación del riesgo. Fascinante.
Me excuso para
ir al baño y me sigue con la mirada.
Encima del
espejo la luz parpadea en espasmos enfermizos. Saco el pequeño dispositivo del bolso.
Plano, negro, sin marcas. Pulso dos veces y un ronroneo apenas perceptible se
expande por el local. Todas las señales de vida aparecen en miniatura sobre la
pantalla: movimiento, pulsaciones, temperatura, posición.
Todas menos una. Él.
Frunzo el
ceño. El protocolo dicta: descartar objetivos no trazables. Pero la
vibración basal en mi esternón dice lo contrario.
Vuelvo. Él
está junto a la vieja jukebox—fuera de servicio desde antes de la pandemia
solar—pasando el dedo por las ranuras. El plástico centellea bajo su tacto.
—¿Has elegido? —pregunto.
—¿Y tú?
Sonreímos.
Pago nuestras
copas con un billete doblado. Muevo la cadera lo justo para que mi aroma se
diluya en su atmósfera personal.
—¿Vienes?
—susurro.
—Claro
—responde, y su voz suena grave y líquida.
Caminamos
hasta el hotel sin hablar. Yo cuento los pasos y él parece no pisar del todo.
Nos desnudamos
con la torpeza de un insecto mudando de piel. Nos miramos un segundo y luego me
besa. Y todo cambia. Comienzo a descargar endorfinas que no sabía que podía
producir.
Cuando me arqueo
bajo su cuerpo, siento que la membrana de mi disfraz tiembla. Mi epidermis
sintética se abre en fractales invisibles. Él responde: sus ojos mutan del
marrón al ébano líquido y luego a un gris nacarado.
Reconozco el patrón: Variante‑Zeta,
catalogado, pero teóricamente extinto.
—¿Quién eres?
—pregunto, jadeando.
—Alguien que también huye —dice,
mientras apoya la frente en la mía.
Entonces lo entiendo: dos
especies diseñadas para no encontrarse, tropezando en el mismo margen del
sistema.
Cuando su mano roza el punto
exacto entre mis piernas, el universo se fractura. Las paredes se inundan de
luz ultravioleta y revelan símbolos fluorescentes pulsátiles. El aire se llena
de un zumbido sordo en una frecuencia solo perceptible para nosotros.
INFRACCIÓN DE
PROTOCOLO. LOCALIZACIÓN ENVIADA. SUPRESIÓN EN CURSO.
La proyección se imprime sobre
nuestra piel desnuda.
Nos incorporamos. Su cuerpo se
estira; mis antenas se despliegan. Ya no hay disfraces.
—Nos han encontrado —dice él, con
un destello de ironía.
—¿Por qué?
—Porque la vida ocurre en las
grietas de las normas. Y ahí estamos ahora.
El terror me sacude, pero bajo él
hay algo radiante. Ríe, yo también. Se acerca y me sostiene el rostro con manos
que ahora son filamentos de luz.
—Al menos —susurra— ha sido la
mejor transgresión de mi existencia.
Y quizá la última, pienso,
mientras la puerta estalla en una tormenta de refulgor blanco.
*****
Tarea de la EdE: Relato de ciencia ficción, con extraterrestres, viaje en el tiempo, fin del mundo, metamorfosis humanas, etc.
Buenísimo. Qué facilidad tienes para crear mundos, espacios y ambientes. Ciencia ficción erótica, nuevo género.
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