El borde no está
frío y eso me decepciona. Esperaba una situación más cinematográfica. Un borde
metálico, frío, incómodo. Casi cortante. Que incitara al escalofrío antes del
salto.
Pero no,
el borde está tibio como el borde de una bañera. Como la taza donde mamá dejaba
el té olvidado.
Pero mamá
no está. Mamá se ha muerto. No, mamá me llama los domingos, porque yo nunca la
llamo. No, mamá dejó de llamarme cuando me fui de casa ese día. No, en realidad
no tengo madre.
¡Callaos,
callaos todos! ¡No me dejáis pensar, joder! ¡Dejad de hablar a la vez!
Hay un
coche rojo abajo. Siempre hay un coche rojo abajo. Y una colilla en el
alféizar. Y voces. Hoy han venido todas. ¿Dónde están? ¿Me estarán mirando? ¿Y
si salto justo cuando pase el niño de la bici? ¿Y si el suelo me escupe?
¿Y si
no me muero? ¿Y si reboto?
El aire
huele a pan. Eso tampoco me gusta nada. ¿Quién cuece pan cuando yo he decidido
desaparecer? ¿Quién le pone azúcar a un recuerdo? Moriré y pensarán que al
menos olía bien.
—No lo
hagas.
—Que te
calles—le susurro. Ella siempre me dice lo mismo. Tenía manos suaves. O quizá
era yo quien quería que las tuviera. Yo tengo las manos muy suaves.
Me
sudan las palmas. No debería sudarme nada en este momento. Esto es un instante
decisivo. Grandioso. Trascendental.
Y tú
piensas en las manos, en el pan, en el gato.
¿Dónde
está el gato? ¿Qué gato?
Hay una
voz que cuenta:
Uno.
Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Espera
que salte a la de diez. ¿No se cuenta hasta tres? Diez es demasiado largo. Da
tiempo a arrepentirse.
Igual
al caer es todo un truco de magia y al tocar el suelo me convierto en paloma.
—Vuelve
adentro. No seas ridículo.
No, no
es ella. Es una voz más grave. Igual la del doctor o la de mi padre. Quizá es
mi jefe. Pero es esa voz que quiere que encaje en todo. En el sistema, en la
vida. O quizá en una caja de madera después de todo.
Pero no
encajo en ninguna caja. No me entra el alma en el pecho.
Se sale por todas las rendijas y por todos los agujeros de mi cuerpo. Duele
cuando lo hace.
No
me entra el alma en el pecho.
¡Ah!,
esa frase es buena. Anótala. Mierda, no, no tengo aquí el cuaderno. El cuaderno
se quedó en el segundo cajón del escritorio. De ese escritorio que ya no tengo.
—¡Eh,
chico! ¿Qué haces? ¿Estás bien?
Esa voz
viene de abajo. De una figura en la acera, la del portero. Nunca me he aprendido
su nombre. Es un hombre gris, pero siempre me dice buenos días, aunque lo haga
sin mirar.
¿Estoy
bien? Qué pregunta estúpida.
Estoy.
Aquí, subido
a un puto alfeizar templado.
¿Acaso
no basta eso?
Alguien
grita: ¡Eh! ¡Baja de ahí!
Y otra
voz: ¡Déjalo! Solo quiere llamar la atención.
Qué
rabia me da esa frase.
¿Y si
sí? ¿Y si quiero llamar la atención y además tirarme? ¿Toda mi vida tiene que
ser un grito con sordina?
Tengo
miedo de moverme. No de saltar, de eso no. De resbalar. De equivocarme en la
caída. De caer de manera ridícula. Una vez vi la foto de la suicida más bella
del mundo. Era preciosa. Despanzurrada contra el techo de un coche, parecía un
ángel dormido.
¿Y si yo
salto y aterrizo mal? ¿Y si no muero pero me rompo por todos lados? ¿Y si me quedo
inmóvil sin poder hacer nada más que escuchar estas malditas voces?
Un pie
al vacío. Es solo un paso.
Uno.
¿Y si
abajo hay agua? ¿Y si floto como una hoja? Nado de pena, seguro que me ahogo.
Una
vecina enfrente está regando las plantas. Lleva bata y un cigarro encendido. Me
mira y no dice nada. O soy yo mirándome desde esa ventana. A veces me confundo.
—¿Vas a
hacerlo o no?
Esa voz
es la mía. Cínica. Cansada. Sarcástica. Esa voz que te dice que todo da igual.
Que el lunes vuelve, aunque te mueras el domingo.
El
corazón late como si quisiera salir por la boca. Me encantaría vomitarlo. Que
el corazón cayera primero. Que me ahorrara el trámite.
Un
cuervo pasa.
No. No
es un cuervo. Es solo una bolsa del supermercado que vuela. Una bolsa negra.
Igual es una bolsa para las cacas de perro. ¿Y si caigo sobre casas de perro?
La gente es tan poco cívica… Sería un asco. Sangre y caca. Y sesos. Puaj.
La
barandilla ya no está. ¿Ha habido alguna vez barandilla? No, estaría fría y me
acordaría.
Quizá soy
yo el que ya no está del todo. ¿Me he tirado ya?
Hay una
línea que separa el aire que se puede habitar y el que no. Yo siempre estoy en
el lado malo. Hoy estoy justo en el borde.
¿Y si
me salto a mí mismo?
Me río.
No sé de qué. Me imagino haciendo una voltereta para atrás, como las de los
nadadores. La risa me sale rota.
Un paso
más y todo será diferente.
O igual.
O será nada.
—No lo
hagas. Aún puedes volver.
No sé
quién lo dice. Pero es la voz que más me duele. Es la que aún me recuerda que
existe la opción de quedarse. Esa voz sí que jode.
Trago
saliva. El mundo huele a metal ahora. Sabe a cuchara oxidada. No hay pan, no
hay gatos. Solo metal caliente y humo. Y un silencio descomunal.
Mi pie
baila sobre el aire.
Ya
salté, creo.
O todo
esto es lo que pienso mientras caigo.
O
mientras imagino que caigo.
O
mientras me imagino que soy alguien que está a punto de caer cuando no puedo ni
siquiera salir de mí mismo.
Y el
asfalto no ofrece respuesta alguna.
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Caótico, íntimo, contradictorioSin estructura lógica clara (puede romper la sintaxis)Sensorial, emocional, sin adornos artificialesSubversivo: debe escapar de la linealidad, del narrador clásico, del control.
El objetivo no es narrar bien, sino transmitir el desorden interno con intensidad emocional, rupturas lógicas y estilo subversivo.
Buenos días.
ResponderEliminarAunque dicen que en martes ni te cases ni te embarques, hoy me embarqué para dejar mi comentario.
Me gustó.
¡Feliz día!
Gracias Manuel!
EliminarExcelente dialogo de locos. Has clavado el ejercicio. Creo que el mismo protagonista está perdido y no sepa donde está le da esa sensación de ser un loco el que está al borde del precipicio.
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