Hemos quedado en que me recoge en el supermercado. Tengo
que comprar unas cosas, no muchas, pero aún así necesarias. Me pongo el abrigo,
el pañuelo al cuello y me despido de él con gesto leve de la cabeza. Es algo
temprano para salir pero nadie se fija. Me devuelve el gesto con una sonrisa en
los ojos. Se la sostengo en los míos.
La tienda no está
muy llena y compro rápido. Hoy hace frío. Espero en la calle con la mano
sujetando el cuello del abrigo contra mi garganta y la cara medio hundida en el
pañuelo. La bolsa cuelga de la otra.
No tarda. Para a mi
lado y subo al coche. Nos sonreímos y arranca.
—¿Qué has comprado?
—pregunta.
—Carne picada,
huevos y limones—le respondo.
—¿Vas a hacer
bizcocho? ¡Me encanta! —comenta, entusiasmado.
—Lo sé —respondo—. Solo
si me da tiempo.
Gira la cabeza y
sonríe, esta vez con todo el rostro. Me invade un río de calor por el cuerpo,
como un trago de té dulce que se expande por las entrañas. Acaricio los limones
por encima de la bolsa y miro al frente.
Aparca detrás y
entramos por la cocina. Él ha cogido la bolsa y la deja sobre la mesa. Su otra
mano está buscando los botones de mi abrigo. Me hace cosquillas. Siempre tiene
prisa o quizá son solo ganas, pero luego nunca se acelera. Después siempre
piensa en mí durante horas y por eso yo le hago un bizcocho.
He bajado la
persiana a medias. Entra luz suficiente para no tropezar, pero hay una
oscuridad mimosa que invita a rozarse a cada descuido. Ya huele deliciosamente.
Saco un cuchillo y lo coloco junto al bizcocho aún humeante. Olisqueo las
cascaras de limón que aún no he tirado, hundo mi nariz en ellas. Siempre me
hacen pensar en él.
David entra en la
cocina, sin camiseta, con el vaquero aún desbrochado. Se acerca a mí husmeando
el aire, satisfecho. Coloca un dedo en mi cuello y lo deja caer hacia abajo
deshaciendo el lazo de mi bata. Me agarra un pecho y me besa en los labios.
—Te adoro, ¿Sabes?
—Lo sé—Y le
devuelvo el beso, acariciando su torso desnudo.
Me revuelve,
cariñoso, el cabello húmedo, que llevo recogido en un moño descuidado. Me
ajusta un par de mechones salvajes. Aún huele a piel caliente y yo huelo a
limón.
—¿Quieres café? —me
pregunta sin esperar respuesta.
Me siento a la
mesa, con la bata aún abierta, observándole hacer.
Saca las tazas de la
alacena, el café del armario, la cafetera. Nunca lo prepara con prisa, siempre
hace todo con mimo. Me gusta esa rutina, el olor a café y perderme en la
geografía de su espalda.
Deja una taza
humeante frente a mí. Me acaricia la frente con los labios. Se detiene unos
segundos presionándola contra su boca, agarrándome de la nuca. Se separa y me
mira antes de coger el cuchillo y servir dos trozos de bizcocho sobre sendos
platos.
Desliza un dedo por
el filo del cuchillo recogiendo las migas que se han pegado y lo lame, goloso.
Pone una servilleta
de papel doblada en triángulo junto a mi porción. Sonrío levemente.
Comemos en
silencio, observándonos hacerlo. El bizcocho está jugoso, se funde en la boca,
se paladea. Mojado en café está aún mejor. Caliente y sabroso. Él estira la
mano y me limpia una miga del escote. La lame. Quizá me sonrojo.
—¿Te has puesto
colonia? —le pregunto.
—Un poco. Me gusta
cuando dices que huele a mí.
—Es que huele a ti.
Nos miramos. Él
ladea la mirada y yo paseo los ojos por su cuerpo.
—Podríamos
quedarnos así, ¿no? —digo.
—Podríamos —responde
él.
Me levanto y llevo
los platos al fregadero. Se acerca por detrás, sin tocarme, pero lo siento. Su
respiración me roza la nuca. Susurra mi nombre.
—Louisa…
Vuelve a la silla y
se pone los calcetines. Yo le observo apoyada en la encimera, apurando aún mi
café.
—Tengo otra receta
con nueces y manzana.
Me mira desde
abajo, atándose los cordones de los zapatos. No me contesta, pero sonríe de
nuevo. Sé que prefiere el de limón.
Se levanta y se
acerca, poniéndose la camisa. Me da un beso largo, con su mano firme en mi
cadera. Me produce un estremecimiento.
—Bueno —dice,
agarrando las llaves del aparador—. Me voy a casa.
Asiento. No lo
acompaño a la puerta. Me quedo en la cocina con la taza pegada a los labios.
Escucho el coche arrancar.
Recojo lo que queda
del bizcocho y lo envuelvo en papel de aluminio. Lo dejo sobre la encimera de
mármol.
Después me siento
en la cama, mirando el atardecer. Me abrazo las rodillas. Respiro hondo y
sonrío. Muy poco. Pero con algo de verdad.
Me cubro con las sábanas
y cierro los ojos. Aspiro con fuerza y me dejo caer sobre el colchón.
La casa está
silenciosa y empieza a hacer frío.
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