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domingo, 25 de mayo de 2025

Bizcocho de limón

Hemos quedado en que me recoge en el supermercado. Tengo que comprar unas cosas, no muchas, pero aún así necesarias. Me pongo el abrigo, el pañuelo al cuello y me despido de él con gesto leve de la cabeza. Es algo temprano para salir pero nadie se fija. Me devuelve el gesto con una sonrisa en los ojos. Se la sostengo en los míos.

La tienda no está muy llena y compro rápido. Hoy hace frío. Espero en la calle con la mano sujetando el cuello del abrigo contra mi garganta y la cara medio hundida en el pañuelo. La bolsa cuelga de la otra.

No tarda. Para a mi lado y subo al coche. Nos sonreímos y arranca.

—¿Qué has comprado? —pregunta.

—Carne picada, huevos y limones—le respondo.

—¿Vas a hacer bizcocho? ¡Me encanta! —comenta, entusiasmado.

—Lo sé —respondo—. Solo si me da tiempo.

Gira la cabeza y sonríe, esta vez con todo el rostro. Me invade un río de calor por el cuerpo, como un trago de té dulce que se expande por las entrañas. Acaricio los limones por encima de la bolsa y miro al frente.

Aparca detrás y entramos por la cocina. Él ha cogido la bolsa y la deja sobre la mesa. Su otra mano está buscando los botones de mi abrigo. Me hace cosquillas. Siempre tiene prisa o quizá son solo ganas, pero luego nunca se acelera. Después siempre piensa en mí durante horas y por eso yo le hago un bizcocho.

He bajado la persiana a medias. Entra luz suficiente para no tropezar, pero hay una oscuridad mimosa que invita a rozarse a cada descuido. Ya huele deliciosamente. Saco un cuchillo y lo coloco junto al bizcocho aún humeante. Olisqueo las cascaras de limón que aún no he tirado, hundo mi nariz en ellas. Siempre me hacen pensar en él.

David entra en la cocina, sin camiseta, con el vaquero aún desbrochado. Se acerca a mí husmeando el aire, satisfecho. Coloca un dedo en mi cuello y lo deja caer hacia abajo deshaciendo el lazo de mi bata. Me agarra un pecho y me besa en los labios.

—Te adoro, ¿Sabes?

—Lo sé—Y le devuelvo el beso, acariciando su torso desnudo.

Me revuelve, cariñoso, el cabello húmedo, que llevo recogido en un moño descuidado. Me ajusta un par de mechones salvajes. Aún huele a piel caliente y yo huelo a limón.

—¿Quieres café? —me pregunta sin esperar respuesta.

Me siento a la mesa, con la bata aún abierta, observándole hacer.

Saca las tazas de la alacena, el café del armario, la cafetera. Nunca lo prepara con prisa, siempre hace todo con mimo. Me gusta esa rutina, el olor a café y perderme en la geografía de su espalda.

Deja una taza humeante frente a mí. Me acaricia la frente con los labios. Se detiene unos segundos presionándola contra su boca, agarrándome de la nuca. Se separa y me mira antes de coger el cuchillo y servir dos trozos de bizcocho sobre sendos platos.

Desliza un dedo por el filo del cuchillo recogiendo las migas que se han pegado y lo lame, goloso.

Pone una servilleta de papel doblada en triángulo junto a mi porción. Sonrío levemente.  

Comemos en silencio, observándonos hacerlo. El bizcocho está jugoso, se funde en la boca, se paladea. Mojado en café está aún mejor. Caliente y sabroso. Él estira la mano y me limpia una miga del escote. La lame. Quizá me sonrojo.

—¿Te has puesto colonia? —le pregunto.

—Un poco. Me gusta cuando dices que huele a mí.

—Es que huele a ti.

Nos miramos. Él ladea la mirada y yo paseo los ojos por su cuerpo.

—Podríamos quedarnos así, ¿no? —digo.

—Podríamos —responde él.

Me levanto y llevo los platos al fregadero. Se acerca por detrás, sin tocarme, pero lo siento. Su respiración me roza la nuca. Susurra mi nombre.

—Louisa…

Vuelve a la silla y se pone los calcetines. Yo le observo apoyada en la encimera, apurando aún mi café.

—Tengo otra receta con nueces y manzana.

Me mira desde abajo, atándose los cordones de los zapatos. No me contesta, pero sonríe de nuevo. Sé que prefiere el de limón.

Se levanta y se acerca, poniéndose la camisa. Me da un beso largo, con su mano firme en mi cadera. Me produce un estremecimiento.

—Bueno —dice, agarrando las llaves del aparador—. Me voy a casa.

Asiento. No lo acompaño a la puerta. Me quedo en la cocina con la taza pegada a los labios. Escucho el coche arrancar.

Recojo lo que queda del bizcocho y lo envuelvo en papel de aluminio. Lo dejo sobre la encimera de mármol.

Después me siento en la cama, mirando el atardecer. Me abrazo las rodillas. Respiro hondo y sonrío. Muy poco. Pero con algo de verdad.

Me cubro con las sábanas y cierro los ojos. Aspiro con fuerza y me dejo caer sobre el colchón.

La casa está silenciosa y empieza a hacer frío.


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Última tarea del curso de erótica. Escribir un relato estilo Raymond Carver en el que la escena erótica se intuya y esté presente pero no se mencione ni describa directamente (Dato escondido o teoría del iceberg). 
Los que me leéis habitualmente, os daréis cuenta de que este relato complementa otro que escribí con anterioridad, ofreciendo un punto de vista diferente de la historia: 

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