Héctor entra en la tienda sin vacilar, con el mismo paso firme con el que recorre aeropuertos. La decisión la tomó al observarla dormir plácidamente, con el cuerpo enredado en las sábanas y la espalda desnuda ofreciéndose al sol. Pensó que merecía algo más que flores o besos robados. Algo íntimo.
Eligió bien el
sitio, cerca del hotel. Una boutique discreta y elegante, sin maniquíes
vulgares ni luces agresivas. Música suave, estantes ordenados y una calma
mimosa.
—¿Busca algo en
concreto? —pregunta el dependiente.
El hombre, joven,
elegante, se mueve por el local con precisión de relojero. Héctor alza la
mirada y asiente.
—Quiero algo que no
se olvide. —dice—. Algo que no se pueda dejar de mirar.
El dependiente lo
conduce hacia una zona de la tienda iluminada con luces rosadas. Huele
ligeramente a jazmín.
—Aquí encontrará lo
que busca —dice con una sonrisa—. No dude en avisarme si le surge cualquier
duda.
Se aleja como si
flotara. Tiene algo de etéreo, piensa Héctor.
Pasa un buen rato mirando
conjuntos y tocándolos con suavidad. El satén es un río, el encaje una red
diminuta. Imagina el cuerpo de Carolina dentro y disfruta.
No es la primera
vez que compra lencería, pero sí es la primera que lo hace para ella.
Sostiene un
conjunto marfil entre los dedos. La seda es pura temperatura: ni fría ni
cálida, una caricia de piel. El encaje parece tejido con hebras de algodón de
azúcar, transparente y delicado como una tela de araña.
El roce de las
prendas le provoca una sensación parecida a un estremecimiento. Lo atribuye al
cansancio del viaje, al deseo de verla con aquello puesto.
—¿Quiere ver cómo
queda? —pregunta el dependiente con voz suave. Se sobresalta, no le ha escuchado
llegar—. Puede probárselo si quiere. Muchos clientes lo hacen. Ayuda a decidir.
Él alza las cejas,
sorprendido más que escandalizado.
—¿Y eso no se
considera poco ortodoxo?
El joven se encoge
de hombros con elegancia.
—Bueno.., aquí nada
que implique belleza o… deleite está fuera de lugar.
El hombre sonríe y
acepta.
Entra en el
probador con las prendas entre las manos, sosteniéndolas al principio con
ironía. Se quita la camisa y se coloca el sujetador. Despacio. Le cuesta
abrocharlo. Tiene más maña soltándolos, piensa, divertido. No encaja a la
perfección, pero tampoco le resulta grotesca la imagen que le devuelve el
espejo.
Se deshace de los
pantalones y, tras dudar, también de los calzoncillos. Libera el escueto tanga
de la percha. Al colocárselo, con lentitud y mucha dificultad, su sexo se niega
a encajar en el triángulo de tela y asoma por un lado.
Se queda quieto, observando
su reflejo. Siente una punzada de vergüenza…, seguida de un latigazo furioso en
la ingle.
No sabría decir qué
le perturba más: el deseo que empieza a bullirle bajo el vientre o la imagen
ajena que le devuelve una mirada casi socarrona.
Pero no es solo su
aspecto lo que le altera. Es también el roce. Esa sensación delicada del encaje
acariciando la cadera, de la tela tibia abrazando el sexo. Baja los ojos. Una
parte de él se alza con decisión, traicionera. Traga saliva. Respira hondo.
Pero no se lo
quita.
Apoya la mano en el
espejo, acaricia su sexo endurecido bajo la tela. Se mira y se observa en el
reflejo. Siente una tensión nueva, intensa, inesperada. No se siente ridículo.
Todo lo contrario. Se pregunta si a Carolina le gustaría.
Cierra los ojos. El
calor le culebrea por el vientre. Deja escapar un suspiro ahogado que suena a
gemido.
—Puedo traerle otra
talla.
La voz tras la
cortina suena demasiado cercana. Se gira y ahí está el dependiente, medio
oculto, sin mirar directamente.
No se
atreve a contestar. Unos segundos después se descorre una esquina del
cortinaje y el muchacho le tiende otro tanga casi idéntico. Permanece quieto,
expectante, mirando apenas de reojo.
Héctor duda un
segundo, sabiéndose observado. Pero se desprende de la primera prenda, excitado
y nervioso. Le gusta la sensación. Y le inquieta. Desliza la segunda por sus
piernas. Su sexo, casi en su máxima extensión, se niega a esconderse bajo el
encaje.
—Déjeme a mí.
El dependiente
entra en el probador, cerrando la cortina tras de sí. Se acuclilla frente a él
y desliza las manos sobre sus caderas, casi sin rozarle. Héctor contiene súbitamente la respiración y
aprieta los puños con fuerza. Se le eriza la piel y le palpita furiosamente el
sexo, pero se queda petrificado. Sin capacidad de reacción.
Mucho tiempo
después seguirá preguntándose por qué no paró aquello.
—No es la primera
vez que un cliente se… distrae con nuestras prendas —murmura el joven,
ajustando el encaje con dedos expertos—. La seducción no entiende de géneros.
Tras varios
intentos, absolutamente inútiles, de ocultar la erección, el joven se queda
quieto mirándola fijamente.
Y entonces, acerca
su rostro.
Aspira el aroma a
sexo encendido. Desliza la lengua por la tela, rodea los límites del encaje y
franquea definitivamente los de Héctor, que tiembla como una polilla frente a
un farol.
El silencioso consenso
anima al muchacho que aparta con decisión el tanga y agarra el miembro con firmeza.
Comienza a masajearlo y lamerlo con hambre y una habilidad sorprendente.
A Héctor le tiritan
las piernas y le lloran los ojos. Se agarra desesperado a los hombros del
muchacho, gimiendo y jadeando, sin saber si apartarlo o empujarle el sexo más
adentro.
El chico incrementa
el ritmo, agarrado con fuerza a los glúteos del cliente, que siente cómo se le
escapaba todo asomo de cordura por el meato de la polla.
Los bufidos
espásticos de Héctor no tardan en invadir la tienda. La corrida es intensa,
profunda. El dependiente no deja escapar nada.
Apoyado en la
pared, Héctor resopla, sumido en los efluvios post-orgásmicos.
El chico se
incorpora, limpiándose la boca con el dorso de la mano. Coloca el pene, relajado,
dentro del tanga. Ahora sí encaja. Sale del probador.
Héctor permanece
unos minutos más recuperando el aliento. Se mira en el espejo. El corazón se le
encoge en el pecho y un nudo extraño le aprieta las entrañas.
Se deshace de la
lencería como si quemara y sale del probador, vestido a toda prisa. Abandona la
tienda esquivando la mirada del dependiente.
Camina rápido, la
cabeza gacha.
Se detiene frente a
un escaparate.
Le inquieta el
hombre que le devuelve la mirada. Se parece demasiado a alguien que aún no sabe
si desea descubrir.
Pero agarra con
fuerza el tanga que esconde en el bolsillo.
Tarea para el Curso de erótica: Escribir un texto alejado de las costumbres, el sexo y el género del quien escribe. Homoerótico entre hombres en mi caso.
Esto si que trasgrede. Es fuerte e intenso. Asombraría en una novela de como un personaje cambia.
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