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martes, 6 de mayo de 2025

Virginia

 

Sentada en una incómoda silla de la sala de espera, Patricia ojeaba una gastada revista sobre jardinería. No prestaba realmente atención a las flores y plantas que nunca había tenido tiempo o ganas de cuidar. Simplemente pasaba las hojas con la esperanza de que los minutos se aceleraran, aunque fuera un poco. Miraba con desgana el reloj de la pared, cuyo monótono sonido parecía querer recordarle cuán predecible y aburrida era su existencia. Tic-tac trabajo, tic-tac compra, tic-tac cena —sola—, y por supuesto, el tic-tac de la visita semanal al dentista para arreglar —¿para qué? — unos dientes que nunca sonreían.

Desde la muerte de su madre, hacía más de diez años, todo en Patricia había quedado suspendido. La gente pasaba a su lado sin mirarla, sin retener su nombre. Ella misma a veces olvidaba que ocupaba espacio. Era como si el mundo le hubiera dado la espalda. O ella al mundo.

Tras la breve y rutinaria visita, la auxiliar la citó para dos días después.

—Un pequeño ajuste —le dijo, y Patricia lo anotó incómoda en su agenda. Los jueves no eran día de revisión.

Había acabado temprano y decidió dar un paseo para comprar algo de tiempo antes de regresar al trabajo. Total, ya tenía la mañana libre.

La ciudad estaba extrañamente amable. Un sol tibio acariciaba la acera. Patricia caminaba sin rumbo, mirando los escaparates. Al pasar por una pastelería, sintió un aroma a limón que le despertó un recuerdo lejano: su madre preparando rosquillas, un delantal de flores, una radio encendida. Se le clavó un aguijón en el estómago.

Aceleró y entró en el centro comercial más cercano. Le gustaban esos sitios; allí todo el mundo era invisible.

Se entretuvo un rato en una librería de cadena conocida. Aséptica e impersonal, clon de cualquiera de sus hermanas. Allí parecía que el tiempo no existía. Bajo esas luces de neón se olvidaba hasta la hora. Pero los libros eran libros y siempre la abrazaban. Mi ratoncita de biblioteca, la llamaba cariñosamente su madre. Paseó acariciando lomos de libros, abriendo unos y otros, leyendo sinopsis, oliéndolos.

—¡Virginia! —escuchó una voz unos pasillos detrás de ella.

Patricia se giró. Dos chicas sonreían y agitaban la mano. Miró hacia atrás: no había nadie más. Las chicas se acercaron y le dieron un abrazo. Ella se tensó.

—¡Virginia!, ¡qué casualidad encontrarte aquí!

—Esto… creo que me confundís con alguien…

—Anda ya, no empieces con tus bromas —rieron—. Finalmente llevarás tú el postre a la cena en casa de Juan, ¿verdad?

Patricia las miraba sorprendida, no las conocía de nada, pero antes de que pudiera replicar, la chica continuó:

—No lo has confirmado en el grupo, pero como te propusiste inicialmente, te lo hemos adjudicado. Además, todos estamos deseando probar alguna de tus nuevas creaciones.

—Yo… no soy Virginia.

La otra chica ladeó la cabeza, divertida.

—Jajaja, ya, ya. ¿Eulalia, entonces? —se rieron las dos.

—Virginia, hija, ¿seguro que ese dentista tuyo no se ha pasado con la anestesia? Estás un poco ida.

—Venga, Vir, hablamos —La otra chica la besó y ambas se alejaron—. ¡Hasta el sábado!

Patricia no reaccionó. Se había quedado muda.

¿Qué está pasando aquí? se preguntó.

Salió de la tienda algo aturdida y se dirigió a su trabajo.

En el camino se cruzó con algunas personas que la saludaban. Bueno, no a ella, a Virginia. No reconocía a nadie.

Giró la esquina y se quedó petrificada. En el bajo del edificio de viviendas no estaba la correduría de seguros. En su lugar, había una pastelería moderna decorada en tonos pastel. Una de esas donde tomar tartas, té y café y echar la tarde. “El club de los Viernes” se llamaba, con una uve grande y llamativa. Una uve de Virginia.

La sangre le palpitaba en la garganta y sintió que se desmayaba cuando vio un cartel con su foto promocionando los nuevos dulces de otoño.

Se apoyó en un muro. Sacó el móvil. Una foto de ella sonriente, con un hombre que no conocía, abrazándola, en el fondo de pantalla. En WhatsApp, un mensaje anclado: “Recuerda comprar nata y limones para mamá”.

Empezó a correr. El pulso le martilleaba en los oídos. Atravesó calles como si huyera de un incendio, con el estómago encogido y la angustia crispándole los dedos. Llegó a su edificio, que no era exactamente su edificio, pero era su edificio. La portera la saludó: “Buenos días, señorita Virginia”. No fue capaz de responder. Subió a su apartamento. La puerta se abrió. Menos mal. Dentro, el piso tenía los mismos muebles, pero… colocados ligeramente de otra forma. En el frigorífico, fotos con imanes de una mujer mayor.

Su madre. Viva. Sólida.

Patricia se dejó caer en el suelo. La cabeza le daba vueltas, el estómago se le revolvía como si algo enorme y peludo se acurrucara en su interior. Sus ojos se clavaron en la imagen de la nevera, en ese rostro tan amado, tan… imposible, y de pronto no supo si reír o llorar. Su cuerpo temblaba sin control. La imposibilidad de que su madre estuviera viva se le incrustaba en el pecho luchando entre la lógica y la certeza.

Las siguientes horas las pasó encerrada en el apartamento tratando de entender. Rebuscó por cajones y armarios. Eran sus cosas…, y no lo eran. Toda la documentación, las fotos, los cuadernos hablaban de una Virginia Medina idéntica a ella. Intentó llamar a su antigua oficina, pero el número no existía. Buscó en internet. En ningún sitio existía Patricia. Su correo electrónico daba error. El móvil ardía de mensajes y llamadas, pero no quería revisarlo.

El mundo no sabía de Patricia. Solo de Virginia.

Al principio pensó que había enloquecido. Pero todo era demasiado tangible. Demasiado real.

Finalmente, se atrevió a lo que más temía. Cogió el móvil y buscó: “Aa- mamá”, el primer contacto. Marcó.

Mientras sonaba el timbre, temblaba con el corazón suicidándose en la garganta. Rin, rin, rin…

Descolgaron.

—¡Virginia! ¡Cariño! ¿Estás bien? No me cogías el teléfono ni contestabas mis mensajes, estaba preocupada —al torrente familiar le siguió un sonoro silencio seguido de una respiración cálida, conocida—. ¿Qué te pasa, hija mía?

Patricia no podía hablar. Las lágrimas le nublaban la vista y la voz se le quebraba en la garganta. Se frotó los ojos, el sonido de una voz bastaba para hacer real lo imposible. El tono de su madre, intacto, dulce y preocupado, le taladraba el pecho. Tragó saliva y, con un hilo de voz, murmuró:

—Mamá…

—Cariño… —susurró su madre, conteniendo un sollozo—. Siempre supe que volverías… Patricia.


Relato para la EdE. Tema: Ciencia ficción - impostor o Doppelgänger

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