Sentada
en una incómoda silla de la sala de espera, Patricia ojeaba una gastada revista
sobre jardinería. No prestaba realmente atención a las flores y plantas que
nunca había tenido tiempo o ganas de cuidar. Simplemente pasaba las hojas con
la esperanza de que los minutos se aceleraran, aunque fuera un poco. Miraba con
desgana el reloj de la pared, cuyo monótono sonido parecía querer recordarle
cuán predecible y aburrida era su existencia. Tic-tac trabajo, tic-tac compra,
tic-tac cena —sola—, y por supuesto, el tic-tac de la visita semanal al
dentista para arreglar —¿para qué? — unos dientes que nunca sonreían.
Desde
la muerte de su madre, hacía más de diez años, todo en Patricia había quedado
suspendido. La gente pasaba a su lado sin mirarla, sin retener su nombre. Ella
misma a veces olvidaba que ocupaba espacio. Era como si el mundo le hubiera
dado la espalda. O ella al mundo.
Tras
la breve y rutinaria visita, la auxiliar la citó para dos días después.
—Un
pequeño ajuste —le dijo, y Patricia lo anotó incómoda en su agenda. Los jueves
no eran día de revisión.
Había
acabado temprano y decidió dar un paseo para comprar algo de tiempo antes de
regresar al trabajo. Total, ya tenía la mañana libre.
La
ciudad estaba extrañamente amable. Un sol tibio acariciaba la acera. Patricia
caminaba sin rumbo, mirando los escaparates. Al pasar por una pastelería,
sintió un aroma a limón que le despertó un recuerdo lejano: su madre preparando
rosquillas, un delantal de flores, una radio encendida. Se le clavó un aguijón
en el estómago.
Aceleró
y entró en el centro comercial más cercano. Le gustaban esos sitios; allí todo
el mundo era invisible.
Se
entretuvo un rato en una librería de cadena conocida. Aséptica e impersonal,
clon de cualquiera de sus hermanas. Allí parecía que el tiempo no existía. Bajo
esas luces de neón se olvidaba hasta la hora. Pero los libros eran libros y
siempre la abrazaban. Mi ratoncita de biblioteca, la llamaba
cariñosamente su madre. Paseó acariciando lomos de libros, abriendo unos y
otros, leyendo sinopsis, oliéndolos.
—¡Virginia!
—escuchó una voz unos pasillos detrás de ella.
Patricia
se giró. Dos chicas sonreían y agitaban la mano. Miró hacia atrás: no había
nadie más. Las chicas se acercaron y le dieron un abrazo. Ella se tensó.
—¡Virginia!,
¡qué casualidad encontrarte aquí!
—Esto…
creo que me confundís con alguien…
—Anda
ya, no empieces con tus bromas —rieron—. Finalmente llevarás tú el postre a la
cena en casa de Juan, ¿verdad?
Patricia
las miraba sorprendida, no las conocía de nada, pero antes de que pudiera
replicar, la chica continuó:
—No
lo has confirmado en el grupo, pero como te propusiste inicialmente, te lo
hemos adjudicado. Además, todos estamos deseando probar alguna de tus nuevas
creaciones.
—Yo…
no soy Virginia.
La
otra chica ladeó la cabeza, divertida.
—Jajaja,
ya, ya. ¿Eulalia, entonces? —se rieron las dos.
—Virginia,
hija, ¿seguro que ese dentista tuyo no se ha pasado con la anestesia? Estás un
poco ida.
—Venga,
Vir, hablamos —La otra chica la besó y ambas se alejaron—. ¡Hasta el sábado!
Patricia
no reaccionó. Se había quedado muda.
¿Qué
está pasando aquí? se preguntó.
Salió
de la tienda algo aturdida y se dirigió a su trabajo.
En
el camino se cruzó con algunas personas que la saludaban. Bueno, no a ella, a
Virginia. No reconocía a nadie.
Giró
la esquina y se quedó petrificada. En el bajo del edificio de viviendas no
estaba la correduría de seguros. En su lugar, había una pastelería moderna
decorada en tonos pastel. Una de esas donde tomar tartas, té y café y echar la
tarde. “El club de los Viernes” se llamaba, con una uve grande y llamativa. Una
uve de Virginia.
La
sangre le palpitaba en la garganta y sintió que se desmayaba cuando vio un
cartel con su foto promocionando los nuevos dulces de otoño.
Se
apoyó en un muro. Sacó el móvil. Una foto de ella sonriente, con un hombre que
no conocía, abrazándola, en el fondo de pantalla. En WhatsApp, un mensaje
anclado: “Recuerda comprar nata y limones para mamá”.
Empezó
a correr. El pulso le martilleaba en los oídos. Atravesó calles como si huyera
de un incendio, con el estómago encogido y la angustia crispándole los dedos.
Llegó a su edificio, que no era exactamente su edificio, pero era
su edificio. La portera la saludó: “Buenos días, señorita Virginia”. No
fue capaz de responder. Subió a su apartamento. La puerta se abrió. Menos mal.
Dentro, el piso tenía los mismos muebles, pero… colocados ligeramente de otra
forma. En el frigorífico, fotos con imanes de una mujer mayor.
Su
madre. Viva. Sólida.
Patricia
se dejó caer en el suelo. La cabeza le daba vueltas, el estómago se le revolvía
como si algo enorme y peludo se acurrucara en su interior. Sus ojos se clavaron
en la imagen de la nevera, en ese rostro tan amado, tan… imposible, y de pronto
no supo si reír o llorar. Su cuerpo temblaba sin control. La imposibilidad de
que su madre estuviera viva se le incrustaba en el pecho luchando entre la
lógica y la certeza.
Las
siguientes horas las pasó encerrada en el apartamento tratando de entender.
Rebuscó por cajones y armarios. Eran sus cosas…, y no lo eran. Toda la
documentación, las fotos, los cuadernos hablaban de una Virginia Medina
idéntica a ella. Intentó llamar a su antigua oficina, pero el número no
existía. Buscó en internet. En ningún sitio existía Patricia. Su correo
electrónico daba error. El móvil ardía de mensajes y llamadas, pero no quería
revisarlo.
El
mundo no sabía de Patricia. Solo de Virginia.
Al
principio pensó que había enloquecido. Pero todo era demasiado tangible.
Demasiado real.
Finalmente,
se atrevió a lo que más temía. Cogió el móvil y buscó: “Aa- mamá”, el primer
contacto. Marcó.
Mientras
sonaba el timbre, temblaba con el corazón suicidándose en la garganta. Rin,
rin, rin…
Descolgaron.
—¡Virginia!
¡Cariño! ¿Estás bien? No me cogías el teléfono ni contestabas mis mensajes,
estaba preocupada —al torrente familiar le siguió un sonoro silencio seguido de
una respiración cálida, conocida—. ¿Qué te pasa, hija mía?
Patricia
no podía hablar. Las lágrimas le nublaban la vista y la voz se le quebraba en
la garganta. Se frotó los ojos, el sonido de una voz bastaba para hacer real lo
imposible. El tono de su madre, intacto, dulce y preocupado, le taladraba el
pecho. Tragó saliva y, con un hilo de voz, murmuró:
—Mamá…
—Cariño…
—susurró su madre, conteniendo un sollozo—. Siempre supe que volverías…
Patricia.
Relato para la EdE. Tema: Ciencia ficción - impostor o Doppelgänger
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