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lunes, 12 de mayo de 2025

Cartografía de piel artificial

Viajé con la esperanza de encontrar un lugar donde amar no doliera tanto. Era una esperanza tonta, testaruda y caprichosa. Me movía sin rumbo, siguiendo un mapa dibujado en sueños. Confeccionado de cortezas y corazas, pintado con tinta invisible. Quizá por eso crucé fronteras que no figuraban en ningún atlas. 

Y en cada país que conocí me envolví en una capa adicional de papel de celofán.


El país de las burbujas


Allí nadie se tocaba. Nadie se miraba a los ojos. Vivían en pequeñas cúpulas transparentes, móviles, individuales. Caminaban dentro de ellas por las calles, como burbujas que flotan evitándose para no estallar. Las emociones estaban reguladas por sensores térmicos: si la temperatura del cuerpo subía por encima de 37 grados, se activaba un sistema de refrigeración automática. El amor, me dijeron, debía mantenerse templado para durar. 

Pedí alojamiento. Me ofrecieron una cápsula con vistas a la montaña y servicio de hologramas. Pedí compañía. Me enviaron una figura de luz blanca y fría que repetía frases de ternura genérica:

Eres mi otra mitad.

Sin ti, no soy nada.

Nuestro destino estaba escrito en las estrellas.

Frases inertes, vacías, desprovistas de emoción. Templadas de sentimientos.

—Eres suficiente. Te amo. Sé positivo —me decía, sin pestañear, en tono monocorde.

Un día una mujer real me sonrió desde su burbuja. Tuve esperanza y me acerqué. Apoyé la palma en la suya, a través del cristal. Ella retrocedió, como si yo hubiera cometido una falta terrible y salió huyendo, todo lo rápido que los pasitos dentro de su burbuja le permitían huir. Fue triste y cómico.

Me envolví en una piel blanca y abandoné ese país. 


El reino de los espejos 


Aquí todos creen amar, pero en realidad solo se aman a sí mismos o, a lo sumo, a lo que les recuerda a sí mismos. Las parejas se forman eligiendo un reflejo: buscan a alguien que les devuelva exactamente lo que ya conocen. Sin sorpresa, sin la emoción del descubrimiento, pero con la seguridad de la certeza y lo conocido. 

Un alivio. 

La ciudad está llena de sonrisas pareadas y de caricias calculadas en grupos de dos. Por comodidad se hacían llamar los yotambién, a veces los tambienyó.

Conocí a un hombre que me abrazó como si compartiéramos recuerdos. Me dijo que tenía mis mismas dudas, mis mismos gestos. Que olíamos igual. Que le dolía el pecho cuando me miraba, porque se veía en mí. Me tocó la cara como explorando su rostro dormido. Me estremecí.

Quise creerle. Quise amarle. 

Hasta que lo vi repetir la escena con otro. Más parecido aún a él. Mismo hoyo en la barbilla. Mismo acento. Más yo que yo mismo, más yo que yo para él.

Ni siquiera lo sentí como una infidelidad. Éramos solo repeticiones.

Esta vez la capa de piel fue rosada.


La isla de los amantes silenciosos


Aquí nadie usa su nombre. Nadie tiene historia. Está prohibido recordar lo anterior. Hablarlo. Al desembarcar, te despojan del pasado y te lo guardan en unas taquillas rojas de metal en la casa grande del muelle. Las palabras están permitidas, pero nadie las usa, por miedo a equivocarse. Se ama en presente, con los dedos, las miradas y los sentidos.

Pensé que había encontrado el reino perfecto.

Conocí a una mujer de la que no sabía nada. Ni edad, ni origen, ni vida anterior.

No me importó.

Su piel era tibia, y sus manos sabían encontrar mi piel incluso dormido. 

No había peleas, ni discusiones. Cada noche nos abrazábamos como si lo hubiéramos hecho igual toda la vida. 

Pero cada mañana me miraba como si fuera un extraño amable y empezábamos de nuevo.

Un día intenté contarle quién era. Pensaba que si sabía más de mí no me olvidaría. Me miró sin entender. O quizá asustada. Me besó en los labios para callarme.

Me marché sin despedirme. No tenía sentido esperar a la mañana.

Me cubrí de un azul plateado precioso. Reflejaba los rayos del sol, como hace el mar cuando quiere ser luna.


Creí que buscaba amor. Encontré espejos, cristales y olvido. 

Sigo viajando. 

Quizá sea porque el único territorio que no me atrevo a visitar es el que llevo bajo la piel.


Tarea de la EdE: Viajes imaginarios a países imposibles.


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