Recorremos despacio la superficie suave de las sábanas. El algodón acaricia nuestras palmas despertando sensaciones olvidadas.
Él duerme profundamente. Aún no
nos ha sentido. ¡Debemos ser muy cuidadosas! Si despierta, desaparecemos. Él no
debe saber que estamos aquí, aún no.
La oscuridad de la noche nos
rodea y nos protege, se ha convertido en el manto de nuestras travesuras. Reímos
en susurros, como antes.
Medimos su cuerpo sin rozarle
primero, sintiendo el calor que emana, los volúmenes de sus formas. Nos
sentimos tentadas de acariciar su pelo, pero eso siempre le pone nervioso y no
queremos despertarlo. Todavía.
Nunca ha sabido hacer bien la
cama. La sábana encimera se separa de su cuerpo con la facilidad de un pétalo al
desprenderse de una amapola.
Le destapamos con cuidado, evitando
incomodarlo, pero ansiamos demasiado su cuerpo.
¡Cuidado!
Casi le sacamos del sueño. Su
respiración cambia, se vuelve más profunda. Nos quedamos quietas un instante, en
alerta. El más leve movimiento puede echarnos del mundo.
Duerme desnudo, como siempre.
Tumbado sobre un costado, un brazo bajo la almohada. Bello en toda su
extensión. Y tan frágil.
El tiempo se acompasa a su
respiración, que se calma y le devuelve al sueño. Se convierte en el más bello
sonido. Nos ajustamos a sus ritmos, permanecemos intangibles, ingrávidas.
Nos deslizamos, casi
imperceptibles, sobre su piel caliente. Lentas, como tantas otras noches.
Sentimos el temblor bajo nuestras yemas, la respiración que comienza a agitarse,
la tensión que late bajo la superficie de su vientre. Su cuerpo es una tierra yerma
que nos recibe como a la primera lluvia. Tanto nos desea, tanto nos necesita.
Tanto añora.
Le acariciamos como él nos enseñó
a acariciar: con urgencia contenida, con hambre leal. Bajamos por su pecho,
recogemos el sudor tibio que resbala por su esternón, delineamos espirales
invisibles sobre su estómago. Sentimos cómo se contrae bajo nuestra caricia, cómo
se remueve preso de una excitación onírica que le culebrea bajo la piel.
Le susurramos gemidos al oído y
nos introducimos en sus sueños. Nos paseamos por su mente inconsciente y
dibujamos fantasías de placer, mientras acariciamos su piel con cuidado
infinito e infinito deseo.
Su voluntad dormida cede y su
anhelo se alza, duro y palpitante, rogando por más.
Nos movemos acompasadas, una
rozando la curva de su ondulante cadera y descendiendo al pálpito de su pubis,
la otra ascendiendo por su costado, rozando el vértigo de sus costillas, abarcando
sus músculos pétreos. Su cuerpo tiembla bajo nuestros dedos, su aliento se
corta en jadeos que conocemos de memoria.
Sus muslos tiemblan. Su espalda
se arquea. Nosotras reímos, mudas, gozando del poder antiguo de la caricia.
Pero entonces ocurre.
Él murmura otro nombre.
No el nuestro. Es otro. Una
sílaba seca, desconocida.
Nos detenemos.
Nos detenemos porque es la
primera vez. Porque ese sonido no es para nosotras. Porque algo se nos ha
movido dentro. Como un nudo, un rechazo, una grieta.
Nos miramos. No sabemos cómo pero
lo hacemos. Hay rabia. Dolor. Celos. ¿Es posible seguir deseando a quien
empieza a olvidarte?
Pero nuestro deseo es el mismo,
inmutable e invariable.
Y por eso seguimos.
Bajamos. Nos adentramos en su
centro, las dos a la vez. Le abarcamos con todos los dedos, los enlazamos y gozamos
acariciando la fuente misma de su ansia. Cada roce le arranca un gemido más
profundo, un suspiro más rendido. Sus manos nos buscan, torpes, ciegas, pero
nunca logran apresarnos. Nos deslizamos fuera de su alcance, traviesas, fieles
solo a las caricias que provocamos.
Le envolvemos. Le poseemos. Le
despertamos el alma, el deseo y el placer a través de la piel. Nos aferramos,
más desesperadas, como si quisiéramos arrancar su recuerdo a zarpazos. Como si
quisiéramos castigarle por olvidar.
Y justo cuando su cuerpo alcanza
el borde del abismo, cuando todo en él clama por el éxtasis, su mano alcanza el
interruptor.
La luz nos atraviesa como un
cuchillo.
Él parpadea, jadeante, perdido. Mira el vacío que le rodea, ve la cama revuelta, su ardiente erección, siente su cuerpo vibrar y siente que estamos ahí... pero no nos ve. No puede.
Nos aferramos a él una última
vez, rozando su mejilla con ternura desesperada. Sentimos su escalofrío, su
miedo, su tristeza. Nos deshacemos en el resplandor, muertas otra vez,
fragmento a fragmento.
—Elena…— susurra, como siempre, ahogado
en angustia.
Y no es el nombre que dijo antes.
Es el nuestro.
Y yo le observo sufrir. Y yo
sufro también. Porque ahora sé que ya hay otra. Y porque sé que él sigue
luchando por recordarme. Que no quiere olvidarme. Pero quizá deba dejarle
hacerlo.
Mis brazos le acogen, invisibles
e incorpóreos.
Y así, después, en la penumbra
que precede al sueño, le mezo. Le arropo con mi vacío. Me aferro una última
vez, temblando.
Sé que mientras su corazón me
recuerde, mientras su cuerpo me ansíe, yo seguiré teniendo manos para tocarle.
Pero ya no debo volver.
Texto para el taller de erótica. Tema: Trabajar la sinécdoque (hablar desde una parte del cuerpo).
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