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jueves, 1 de mayo de 2025

Lo que queda de mí

 Recorremos despacio la superficie suave de las sábanas. El algodón acaricia nuestras palmas despertando sensaciones olvidadas.

Él duerme profundamente. Aún no nos ha sentido. ¡Debemos ser muy cuidadosas! Si despierta, desaparecemos. Él no debe saber que estamos aquí, aún no.

La oscuridad de la noche nos rodea y nos protege, se ha convertido en el manto de nuestras travesuras. Reímos en susurros, como antes.

Medimos su cuerpo sin rozarle primero, sintiendo el calor que emana, los volúmenes de sus formas. Nos sentimos tentadas de acariciar su pelo, pero eso siempre le pone nervioso y no queremos despertarlo. Todavía.

Nunca ha sabido hacer bien la cama. La sábana encimera se separa de su cuerpo con la facilidad de un pétalo al desprenderse de una amapola.

Le destapamos con cuidado, evitando incomodarlo, pero ansiamos demasiado su cuerpo.

¡Cuidado!

Casi le sacamos del sueño. Su respiración cambia, se vuelve más profunda. Nos quedamos quietas un instante, en alerta. El más leve movimiento puede echarnos del mundo.

Duerme desnudo, como siempre. Tumbado sobre un costado, un brazo bajo la almohada. Bello en toda su extensión. Y tan frágil.

El tiempo se acompasa a su respiración, que se calma y le devuelve al sueño. Se convierte en el más bello sonido. Nos ajustamos a sus ritmos, permanecemos intangibles, ingrávidas.

Nos deslizamos, casi imperceptibles, sobre su piel caliente. Lentas, como tantas otras noches. Sentimos el temblor bajo nuestras yemas, la respiración que comienza a agitarse, la tensión que late bajo la superficie de su vientre. Su cuerpo es una tierra yerma que nos recibe como a la primera lluvia. Tanto nos desea, tanto nos necesita. Tanto añora.

Le acariciamos como él nos enseñó a acariciar: con urgencia contenida, con hambre leal. Bajamos por su pecho, recogemos el sudor tibio que resbala por su esternón, delineamos espirales invisibles sobre su estómago. Sentimos cómo se contrae bajo nuestra caricia, cómo se remueve preso de una excitación onírica que le culebrea bajo la piel.

Le susurramos gemidos al oído y nos introducimos en sus sueños. Nos paseamos por su mente inconsciente y dibujamos fantasías de placer, mientras acariciamos su piel con cuidado infinito e infinito deseo.

Su voluntad dormida cede y su anhelo se alza, duro y palpitante, rogando por más.

Nos movemos acompasadas, una rozando la curva de su ondulante cadera y descendiendo al pálpito de su pubis, la otra ascendiendo por su costado, rozando el vértigo de sus costillas, abarcando sus músculos pétreos. Su cuerpo tiembla bajo nuestros dedos, su aliento se corta en jadeos que conocemos de memoria.

Sus muslos tiemblan. Su espalda se arquea. Nosotras reímos, mudas, gozando del poder antiguo de la caricia. Pero entonces ocurre.

Él murmura otro nombre.

No el nuestro. Es otro. Una sílaba seca, desconocida.

Nos detenemos.

Nos detenemos porque es la primera vez. Porque ese sonido no es para nosotras. Porque algo se nos ha movido dentro. Como un nudo, un rechazo, una grieta.

Nos miramos. No sabemos cómo pero lo hacemos. Hay rabia. Dolor. Celos. ¿Es posible seguir deseando a quien empieza a olvidarte?

Pero nuestro deseo es el mismo, inmutable e invariable.

Y por eso seguimos.

Bajamos. Nos adentramos en su centro, las dos a la vez. Le abarcamos con todos los dedos, los enlazamos y gozamos acariciando la fuente misma de su ansia. Cada roce le arranca un gemido más profundo, un suspiro más rendido. Sus manos nos buscan, torpes, ciegas, pero nunca logran apresarnos. Nos deslizamos fuera de su alcance, traviesas, fieles solo a las caricias que provocamos.

Le envolvemos. Le poseemos. Le despertamos el alma, el deseo y el placer a través de la piel. Nos aferramos, más desesperadas, como si quisiéramos arrancar su recuerdo a zarpazos. Como si quisiéramos castigarle por olvidar.

Y justo cuando su cuerpo alcanza el borde del abismo, cuando todo en él clama por el éxtasis, su mano alcanza el interruptor.

La luz nos atraviesa como un cuchillo.

Él parpadea, jadeante, perdido. Mira el vacío que le rodea, ve la cama revuelta, su ardiente erección, siente su cuerpo vibrar y siente que estamos ahí... pero no nos ve. No puede.

Nos aferramos a él una última vez, rozando su mejilla con ternura desesperada. Sentimos su escalofrío, su miedo, su tristeza. Nos deshacemos en el resplandor, muertas otra vez, fragmento a fragmento.

—Elena…— susurra, como siempre, ahogado en angustia.

Y no es el nombre que dijo antes. Es el nuestro.

Y yo le observo sufrir. Y yo sufro también. Porque ahora sé que ya hay otra. Y porque sé que él sigue luchando por recordarme. Que no quiere olvidarme. Pero quizá deba dejarle hacerlo.

Mis brazos le acogen, invisibles e incorpóreos.

Y así, después, en la penumbra que precede al sueño, le mezo. Le arropo con mi vacío. Me aferro una última vez, temblando.

Sé que mientras su corazón me recuerde, mientras su cuerpo me ansíe, yo seguiré teniendo manos para tocarle.

Pero ya no debo volver.


Texto para el taller de erótica. Tema: Trabajar la sinécdoque (hablar desde una parte del cuerpo). 

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