—Tu madre siempre
me dejaba preparar el té, ¿te lo he contado?
La voz
de Samuel rompió el silencio de la cocina, esa cocina donde tantas veces lo
había visto sentado, sonriente, conversando con su madre sobre cosas
intrascendentes: la humedad del otoño, el arroz pasado, el sabor de un buen
pan.
La
mujer asintió con una sonrisa leve mientras observaba al hombre trajinar. Se le
hacía raro estar allí sin ella, pero no incómodo. Samuel tenía algo cálido,
habitual, era un abrazo hecho persona.
—Sabía
cómo me gustaba —prosiguió él—. Siempre un buen Earl Grey de Ceylán, con el
agua hirviendo, el saquito justo cinco minutos, y nada de azúcar.
—Nunca
se equivocaba —dijo, mientras servía dos tazas—. Me hacía sentir como si me
conociera mejor que yo mismo. Probablemente era verdad.
Ella
sostuvo la taza caliente entre las manos sin beber.
—Gracias
por venir —dijo.
—Gracias
por llamarme —respondió él.
Había
pasado un mes desde el entierro. Su madre se había ido un año antes. Con más
palabras y algo más de ruido. Ahora había venido mucha menos gente. Pero Samuel
no había faltado.
—He
estado recogiendo algunas cosas de su despacho, ¿sabes? —dijo ella—. Me pareció
justo. Poner orden antes de dejar la casa. Encontré fotos. Algunas cartas. Y
aparecías tú en muchas.
—¿Ah,
sí? —preguntó Samuel, sonriendo sin sorpresa. Tomó asiento con dificultad, los
ochenta años que cargaban sus espaldas pesaban ya.
—Sí.
Más de las que pensaba. En sitios que no reconozco.
Hubo un
silencio breve, contenido. Él apoyó los codos en la mesa y bajó un poco la voz.
—¿Viste
la de Roma? Ella en el balcón con ese vestido que le compramos en Milán.
Ella lo
miró. La frase había salido con naturalidad, pero Samuel pareció titubear. A
ella no se le escapó ese gesto.
—¿"Compramos"?
—Sí…
—suspiró él—. Se lo regalamos tu padre y yo. Era rematadamente caro, pero no
podíamos dejar que lo vistiera otra persona.
Elena abrió
la carpeta que reposaba sobre la mesa y de la que Samuel no había apartado la
vista. Buscó entre los papeles y encontró la foto. Se la tendió a Samuel
deslizándola por la mesa con dos dedos. El hombre no despegó sus ojos de ese
vestido blanco. Rebuscó las gafas en el bolsillo de la chaqueta y cogió la foto
con dedos temblorosos.
—¿Qué
hacíais los tres en Roma?
—Verás…—dudó
unos segundos antes de responder—. Teníamos …negocios.
—Mis
padres eran profesores— respondió Elena cruzando los brazos y reclinándose
sobre el respaldo de la silla— ¿Qué negocios iban a tener en Roma?
Samuel
levantó la mirada y la clavó en los ojos oscuros de Elena. Dios, cómo se
parecía a su madre. Tenía la misma serenidad madura que ella tuvo a su edad, el
mismo aplomo, el mismo brillo inquieto en la mirada.
Elena
se incorporó y sacó más fotos que colocó delante de Samuel.
—¿Y en
París? ¿Múnich? ¿Berlín? —preguntaba impaciente, sabedora de la caja de Pandora
que estaba abriendo, pero ignorante de la envergadura de los secretos que de
ella estaban por surgir.
Colocó
una última foto frente a los ojos atentos del hombre. En ella su madre sonreía
fumando un cigarrillo de boquilla, abrazada por la cintura por dos hombres. Dos
hombres a los que ella conocía muy bien, o al menos eso creía hasta esa misma
mañana.
—¿Nueva york, Samuel? ¿Los tres en
Nueva York? A mí me parece... —giró la foto para volver a verla como si no
creyese lo que ya había visto antes— que los sueldos de tres profesores en los
cuarenta no alcanzaban para pagarse un crucero de lujo a Nueva York.
—En realidad, mi querida Elena…” Ella”
era el negocio.
Samuel
se incorporó con lentitud y sacó del bolsillo interior de su chaqueta un sobre
blanco, gastado en los bordes. Lo colocó con suavidad sobre el mantel, sin
empujarlo hacia ella.
—Tu
madre me pidió que te lo diera cuando ya no estuviera. Dijo que tenías que
saberlo después. Que sería más justo así, cuando todo hubiera pasado.
Ella no
respondió. Pero tampoco apartó la vista de él. Rumiaba aún sus palabras,
intentando encajarlas sin lograr comprender del todo lo que estaban desvelando.
Samuel
sonrió con ternura.
—No te
preocupes, y sobre todo no te asustes. Aquí dentro solo hay historia. Su
historia. La que no está en los álbumes de fotos que tienes en casa. La que
vivió cuando no estaba aquí, contigo, con vosotros. La que comenzó mucho antes
de que tú nacieras.
—¿Y tú
estabas en esa historia?
Él dudó
un segundo.
—Sí. Siempre
lo he estado. A veces a kilómetros, a veces tan cerca que dolía. Pero siempre
ahí.
Elena
puso las dos manos sobre el sobre y lo atrajo hacia sí, sin apartar la vista de
Samuel. La mente le bullía en mil preguntas. El corazón palpitaba mareado en su
pecho. Respiró hondo y se inclinó hacia él.
—Cuéntame
todo, Samuel. — Bebió un sorbo demasiado largo de té,
deseando que fuera un whisky. — Cuéntamelo todo, desde el principio.
Samuel
se sirvió otra taza y se quitó la chaqueta, colocándola sobre el respaldo de la
silla libre, la que solía ocupar Teresa. Elena siguió el gesto y tragó unas
lágrimas caprichosas, sorprendida por su intensidad. A sus cincuenta años, se
sentía de pronto como una niña abandonada en un parque.
Samuel
le sirvió más té a Elena y, con una de sus manos, todavía firme, le cubrió las
suyas mientras ella seguía aferrada al sobre cerrado. Ella no las retiró.
—Conocí
a tu madre en 1940, cuando ella acababa de matar a su novio. Dicen que por
accidente.
Las
pupilas de Elena se dilataron y un chorro de aire entró por sus labios
entreabiertos, quedando preso en su pecho.
Samuel
continuó.
—Era
alemán. Un oficial alemán. Y no era su novio, aunque él así lo creyera. Tampoco
fue un accidente.
Samuel
hizo una pausa breve, dejando que la tensión se asentara en el aire. Luego
añadió, con la voz más grave:
—Yo le
ayudé a asesinarlo.
Elena
no reaccionó de inmediato. Solo parpadeó una vez, muy despacio. Su respiración
pareció estancarse.
—En esa
época, una mujer guapa rara vez era tomada en serio, y si era inteligente, como
lo era tu madre, eso se convertía en una gran ventaja.
Volvió
a hacer una pausa.
—Tu
madre fue el secreto más grande de la guerra, Elena —dijo Samuel, bajando la
voz hasta casi un susurro. Luego alzó los ojos hacia ella, cargados de un
respeto grave—. Y una de sus mejores armas.
*****
Pautas: La propuesta de esta última sesión es libre, pero con la posibilidad de usar una de estas frases:
Lo empujaban por el camino mientras arrastraba los grilletes. Clac. Un paso. Cada poco, uno de sus captores le rozaba la nuca con la escopeta. Se sobresaltaba, y sudaba frío, y daba otro paso más y más débil. […]
Papá es de goma. Lo he comprobado. […]
El jefe tiene la costumbre de rezar antes de las reuniones. Aprieta y se clava las uñas en la palma, hasta que se hace sangre. […]
Cierra la puerta de madera azul silenciosamente y se dirige a (……..): “Ya he terminado. Mejor que no entréis ahí”. […]
Conocí a tu madre en 1940, cuando ella acababa de matar a su novio. Dicen que por accidente. […]
*Yo he usado la última de ellas.*
Este es el último relato del curso de Relato breve y he querido escribir un texto que bien pudiera ser un inicio. Pero además es mi relato 100 en el blog. Y mañana celebro una nueva vuelta al sol.
La conversación está muy interesante. Por criticar algo, diría que a veces es confuso pues se cambia mucho de un personaje a otro (además de los muertos, que no me queda claro que el entierro de hace un mes sea el del padre). Pienso que a veces, en una escena así hay que narrarlo solo desde el punto de vista de uno de los personajes, o si se quiere hacer de los dos, el cambio de un personaje a otro solo hacerlo una vez como a mitad de la escena. Como bien indicas, puede ser el comienzo de una historia más larga, pues creas ese interés de querer saber más.
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