—No quiero.
Se ha detenido al pie de las escaleras y
aprieta los puños contra los costados. Lo miro desde más arriba, con una bolsa
de la compra en cada mano.
—Vamos —digo.
Él niega con la cabeza. Hay una mujer
detrás con el carrito lleno. La mujer carraspea.
—Perdone —Bajo — Nico, deja pasar a la
señora.
El niño se aparta, la mujer le rodea. Él
sigue ahí, mirando fijamente los escalones.
Dejo las bolsas en el suelo y me agacho.
—Ya hemos hablado de esto.
—No me gustan.
—Lo sé. Pero no hay otra forma de subir.
Nico me mira fijamente a los ojos y después
mira hacia la salida. Le pongo una mano en el hombro.
—No me gusta esta tienda.
—No hay otra, Nico—. Respiro hondo.
Aflojo los dedos. Me doy cuenta de que le estaba agarrando fuerte.
—Cinco segundos —le digo cogiéndole de
la mano—. Cierras los ojos y cuentas hasta cinco.
Sube pegado a mí, le escucho mascullar
los números. Cuando llegamos arriba, tiene las mejillas rojas. No ha llorado,
pero casi. Aún no ha abierto los ojos.
Mantiene los ojos tan cerrados como las
ventanas del dibujo que me mostró la profesora. De una casa grande, con muchas
ventanas, sobre una colina.
—Fíjese bien—, me repite.
Miro el dibujo de nuevo y la miro a ella.
Sé lo que está pensando, ya nos ha pasado otras veces. Dejo que sea ella la que
hable.
—Es increíble el grado de detalle de esa
casa para un niño de ocho años.
Miro los trazos a lápiz, oscuros,
fuertes. La perspectiva es impecable, también la simetría.
—No tiene puerta.
Lo sé, pienso, pero no se lo digo. Yo lo
sé porque nunca pinta puertas en las casas. También sé que las ventanas están
siempre cerradas y que tacha las figuras, cuando las pinta. Muchas veces solo
dibuja casas oscuras. Saca más dibujos de una carpeta, todos parecidos.
—Le he pedido que dibuje a su familia,
pero no ha querido hacerlo—. Me mira esperando que yo le diga algo o le dé más información.
—Ha sido un año muy difícil—, hago una
pausa y comienzo a hipar rebuscando un pañuelo en el bolsillo. Se pone nerviosa
y se disculpa rápidamente.
—¡No se preocupe, no se preocupe, no es
necesario que me cuente! —. Le sonrío con los ojos rojos y musito un gracias
tembloroso.
—Quería decirle que su hijo es muy inteligente,
pero…, le está costando adaptarse—. Coge aire, sé lo que va ahora. —Ayer pegó a
un niño en el patio. Entiendo que está pasando por un mal momento, pero no
podemos tolerar este tipo de conducta…
—Es que estoy sola, trabajando todo el
día…, desde que…—Y me vuelvo a echar a llorar. Soy buena actriz.
Se apresura a alargarme otro pañuelo. Sonríe,
aún más nerviosa. ¿No les forman para estas cosas?
—No se apure, mujer, se le pasará, en el
colegio le ayudaremos, es normal dadas las circunstancias…
Su mirada cae sobre la ficha de Nico. Se
sumerge en el gran espacio en blanco donde dice 'padre', junto al que ocupa mi
nombre.
Un vacío casi tan grande como el que me
conecta con Nico. Frío y, en ocasiones, húmedo. Igual que la casa nueva, aún a
medio montar, con pocas cajas de antes y las maletas, aun llenas, en el
armario. Quizá llamarla casa es demasiado. ¿Es un refugio, un cobijo? Desde
luego no es hogar. Quizá es nuestro apeadero, como una estación de tren solitaria
en la noche. O una trinchera.
Sé que Nico lo siente igual, por eso
cuando llegamos, deja la mochila junto a la puerta y se va directo a su cuarto.
—¿Quieres merendar? --, le grito desde
la cocina. — ¿Galletas con leche?
Contesta con un sí ahogado por la
distancia y, al rato, aparece por la puerta ya en pijama, arrastrando unas
zapatillas demasiado grandes. Se sube a la silla y se le cae una al suelo, la
otra le queda colgando de un pie que baila.
Coloco el vaso de leche templada frente
a él y le acerco las galletas. Le observo comer apoyada en la encimera,
mordisqueando una. Disfruta mojándolas en la leche y dejando que se partan para
comérselas con la cuchara. No quiero estropearle el momento, pero tenemos que
hablarlo.
—Nico.
Hace como que no me escucha y sigue
metiendo galletas en el vaso.
—Nico—. Le hablo en un tono más firme
mientras me siento a su lado y pongo mi mano sobre la suya. Mi mira.
—Lo hemos hablado antes, Nico. No puedes
hacer esas cosas en el colegio. No puedes pegar a otros niños.
—No me gusta ser el nuevo— masculla, la
mirada sombría de repente. —Siempre soy el nuevo, no me gusta.
—Pero ya sabes lo que pasa cuando nos
llaman la atención. No queremos eso, ¿verdad?
La cucharilla rebota sobre el plato. Me
mira fijamente.
—¿Nos vamos a quedar mucho tiempo aquí?
—No, me temo que no.
—Entonces da igual.
Vuelve a su vaso y sus galletas y yo me
recuesto en la silla. Observo la cocina, la encimera. Cuatro platos desparejos.
Desvió la mirada a la salita. Debería poner alguna cortina o algún cuadro, pero
para qué.
Respiro hondo. Enciendo la tele. En la
pantalla un gato persigue a un ratón con un mazo, luego es el ratón el que
persigue al gato con el mismo mazo y pienso que un animal tan pequeño no puede
con algo tan grande. Nico se ríe con la boca llena. Al final el día ha acabado
tranquilo. Me gustan los días en los que no pasa nada o al menos, no pasa
mucho.
Ahora es un perro el que persigue al
gato y el ratón se ríe satisfecho en una esquina.
—Echo de menos a Rufus—dice de pronto,
sin apartar la mirada de la tele—. Nos lo podíamos haber traído.
Pienso en el perro. A mí también me
gustaba.
—Si quieres luego nos damos un paseo con
la bici. Hace una noche bonita.
Ahora sí que gira la cabeza y me sonríe
entusiasmado. Siento un calor por dentro, como quien derrite un hueco en el
hielo.
Ya es de noche cuando salimos. La casa
está apartada del centro del pueblo, una sola planta y apenas sesenta metros
cuadrados, pero más que suficiente para los dos. La carretera está iluminada
por las farolas y Nico pedalea despacio, la bicicleta nos la ha regalado la
señora del súper; a su hijo se le ha quedado pequeña.
Las callejuelas son estrechas y mal
iluminadas, pero la luna hoy nos acompaña.
Nico frena en seco antes de doblar una
esquina.
—Elena, es Rufus— susurra mirando un
punto fijo delante de él—, está ahí. No me deja avanzar.
Miro dice, pero no hay nada, no hay
perro. Pero hay algo peor que un perro que no existe. El coche negro. Lo veo
cruzar deprisa entre dos calles. El aire se atasca en mi garganta.
—Vamos. Nos volvemos a casa.
—Jo…—, se queja Nico.
—¡Ya!
Me mira con los ojos muy abiertos.
—Cinco segundos, Nico.
Él asiente.
Cierra los ojos, me da la mano. Y
cuenta.
Magnífico relato, repleto de descripciones precisas y tremendamente bien narrado, enhorabuena.
ResponderEliminarYo no sé , si es bueno o malo, solo sé que no sabía que hacer y me he puesto a leer. Me ha encantado, porque siempre o casi siempre me dejas a medias. Quiero más
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