Llevo solo unas horas en la casa de mi madre y es la primera vez en meses que siento que respiro. Ella está de viaje, me escribió ayer: Disfruta, mi amor, vuelvo el lunes y pasamos juntas el resto de la semana.
Pongo agua a calentar.
El mar está ahí, como siempre, del otro lado del cristal. Abro las ventanas. Huele a frío y a sal, a otoño naciente, a esta humedad del norte que siempre me envuelve cuando vuelvo.
El hervidor silba. Dios, hacía años que no escuchaba ese sonido. Preparo un té y, abrazando la taza con las manos, salgo al balcón, arropada con una manta.
La caja llegó hace tres días. La abrí de pie en la cocina, todavía con el abrigo puesto. Me removió recuerdos al instante. Olía a humedad y a algas. A mi infancia. Era por las conchas, claro; había varias dentro y también caracolas, todas limpias y colocadas sobre una cama de algodón rosa. Mi madre siempre tan cuidadosa.
Un dibujo de la playa hecho por una niña que yo conocía bien y una nota: Encontré todo esto limpiando el desván, pensé que te gustaría tenerlo. Si te animas, puedes venir y seguimos recogiendo juntas.
Acepté de inmediato. Necesitaba a mi madre y algo que se pareciera a un hogar.
Doy otro sorbo de té caliente y cierro los ojos. El mar ronronea en mis oídos. Sí, también te echaba de menos, pienso.
Pero hace frío. Vuelvo adentro y me sirvo otro té.
…Y aquí estoy, con mis viejos tesoros desparramados sobre la mesa. Podría recordar dónde encontré cada concha. Del año, imposible; los años no existen cuando eres niña. La piedra atada al palo también está ahí, ahora casi me parece ridícula. ¿De verdad jugaba con esto? Tenía una piedra atada a un palo con una cuerda larga y la arrastraba como si fuera una mascota. La acaricio. Nunca pensé en ponerle ojos, mi mascota era ciega, pobre. Bueno, casi mejor. No habría sido buena idea que siempre viera todo lo que yo hacía.
Sujeto el palo y dejo caer la piedra. El golpe contra el azulejo me sorprende. La cuerda es más larga de lo que recordaba. La enrollo y me la guardo en el bolsillo.
Una gaviota chilla pasando rauda frente a la ventana. Me sobresalta y vuelvo a mirar hacia la playa.
La tarde está cayendo, dorada. El mar está tranquilo, la marea, baja. Decido salir a caminar.
Me pongo un abrigo y salgo cuando la luz ya está herida de naranja. El viento me golpea en cuanto piso la arena y me arrepiento de no haber cogido algo más grueso. No tardaré, pienso y sigo.
La playa está desierta, preciosa en ese atardecer. Sonrío, me siento plena, a gusto. Algunas gaviotas chillan a lo lejos. Hace frío, pero quiero sentir el mar y me descalzo. Camino despacio, perdida en mis pensamientos y casi sin darme cuenta llego a la cueva.
Dudo. No he venido aquí en años.
Una gaviota grita a mi espalda y me giro. La playa sigue desierta. No, hay alguien paseando a lo lejos con un perro.
Me acuerdo de Nora. Es imposible no acordarse estando tan cerca de la cueva. ¿Qué habrá sido de ella? Perdimos el contacto cuando me fui. Nos pasábamos el día aquí.
La idea de la piedra-mascota fue suya. No le dejaban tener animales.
El mar está tranquilo, lame la playa con olas pausadas.
Dejo los zapatos sobre una roca y me adentro. La luz del atardecer se cuela dentro y reverberan destellos rojizos en las paredes húmedas. Huele fuerte a salitre y algas.
Al fondo, nuestro escondite. Me detengo. Dos velas grandes están encendidas a ambos lados de una piedra lisa. Encima: caracolas, conchas, y una caja como la que recibí por correo, con algodón rosa, una cuerda enrollada y, encima, fotos. Las cojo con manos temblorosas, las acerco a la luz.
Nora. Nora y yo de niñas. En la playa. En los columpios. Merendando en casa de mi madre. Cubiertas de arena. Sonrientes.
Y entre ellas, una nota: Sabía que vendrías. Escrita con la letra que creí de mi madre.
Suelto las fotos al tiempo que escucho un sonido a la entrada. Trato de girarme, pero el olor me marea, me pesa. Pierdo el conocimiento.
Despierto atada. Una sombra se mece frente a mí. No puedo moverme
—¿Nora? — susurro.
—Me abandonaste.
—¿Por qué me has atado?
Se mueve en la oscuridad. Sus pasos sobre la arena húmeda.
—Aquel día —dice—, con el pájaro. ¿Lo recuerdas?
Por supuesto que lo recuerdo. La gaviota herida que encontramos en las rocas. Nora con la cuerda en las manos. «Vamos a curarla», dijo. Pero no era eso. «Si me quieres de verdad, hazlo tú». La cuerda alrededor del cuello del pájaro. El ala batiendo contra mi muñeca. «Aprieta». Esos ojos pequeños y negros. «Aprieta o no me quieres». Y apreté. Los ojos de Nora brillaban. Cuando el pájaro dejó de moverse, ella sonreía. Yo vomité en las rocas.
—Era una prueba— dice —. Y la pasaste.
Tiro de las cuerdas. No puedo.
—No fue una prueba...No estuvo bien Nora, no entiendo…
—Tú lo hiciste por mí —me interrumpe—. Demostraste que me querías. Y luego te fuiste.
—Me abandonaste— repite.
—Éramos niñas. Estábamos...
—Enamoradas— sentencia.
Me quedo mirando la sombra que habla. Está loca.
— Podemos hablarlo, Nora, desátame.
Se levanta. La silueta se recorta contra la entrada, donde aún queda un resto de luz.
—La marea sube en una hora —dice, casi con ternura—. Ahora vas a entender lo que es estar atrapada y sola.
Se aleja. Desaparece.
Me quedo inmóvil, pero luego reacciono.
Forcejeo. La silla se tambalea, pero está clavada en la arena. Las cuerdas me cortan las muñecas. Grito. Nadie puede oírme.
El sonido del mar cambia. Ya no es ese murmullo tranquilo. Es más fuerte, más cercano. Las olas golpean con más fuerza contra las rocas.
Respiro hondo. Intento calmarme. La cuerda está mojada, resbaladiza, pero demasiado apretada. Busco algún nudo. Nada.
Las velas parpadean. Se apagan.
Algo frío me toca los pies. El agua.
Vuelvo a gritar, a forcejear. La silla cruje, pero no cede. El agua me cubre los tobillos. Está helada. Sube despacio, inexorable.
Pienso en mi madre. En el mensaje que envié: He salido a caminar. Pensará que estoy bien. No vendrá hasta el lunes.
El agua llega a mis rodillas. A mi cintura. Tiemblo.
Mis manos siguen trabajando la cuerda, aunque ya sé que es inútil.
El agua me llega al pecho cuando veo la silueta.
Está ahí. En la entrada de la cueva. Sentada en las rocas.
Observándome.
Esperando.
Como ha estado esperando todos estos años.
El agua sigue subiendo.
Tarea de la EdE. El ejercicio pedía crear un espacio secreto que fuera correlativo objetivo del mundo interior del personaje. Aquí, la cueva es ese espacio, memoria física de un vínculo que nunca se rompió. El mar actúa como fuerza inexorable, y la cuerda es el objeto que conecta infancia, trauma y destino.
Yo tuve una mascota-piedra, pero nunca me cargué a una gaviota :-)
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