El eco de mis pasos quiebra el
silencio del pasillo. Cada uno de ellos me acerca más al 4ªB, y con ellos, la
respiración se entrecorta en un vaivén entre el deseo y la culpa. No sé si es
nerviosismo o anticipación lo que me sube por el pecho, pero tampoco importa
demasiado.
Un suave aroma
a sándalo se cuela por mi nariz. También huele dulce, quizá a jazmín o a vainilla.
Y a una nota húmeda de bosque tras la lluvia. Me detengo un momento antes de
tocar la puerta. Cierro los ojos y respiro. Dejo que el olor me invada y me
sostengo en él. Me concedo ese gesto para que el cuerpo no huya antes que yo lo
decida.
He repetido
mentalmente este momento muchas veces, pero ahora que estoy aquí, justo frente
a la puerta; una parte de mí se pregunta si no será demasiado pronto. O
demasiado tarde. Me pregunto si de verdad estoy lista. Si alguna vez lo he
estado.
Recuerdo cuántas
veces me he sentido como si vistiera un cuerpo que no me pertenece. He ocultado
deseos en los pliegues más profundos, donde nadie pudiera encontrarlos. Pero ya
no quiero esconder nada, quiero sacarlos de ahí. Quiero volver a sentir que soy cuerpo. Cuerpo
de mujer. No de madre, ni esposa, ni compañera,
ni la sombra de todas ellas. Que puedo existir sin tener que justificarme. Que
también soy piel. Que puedo existir para mí.
Suspiro. Alzo
la mano y golpeo con los nudillos; hay un timbre, pero no me apetece pulsarlo.
La espera es
breve.
La puerta se
abre sin ruido. Una voz tranquila y una sonrisa pausada me dan la bienvenida.
Dentro huele
igual que el pasillo, pero más intenso, más envolvente. La decoración es
mínima, y, a la vez, cálida. Hay luces bajas, velas encendidas en puntos
estratégicos y alguna guirnalda tenue.
Me conduce
hasta una sala donde reina una penumbra amable. El suelo está cubierto de telas
y esterillas. La música es apenas un murmullo: sonidos de cuencos tibetanos,
respiraciones largas, tal vez una flauta. En el centro, un tatami blanco. A su alrededor, velas que dibujan figuras
líquidas sobre las paredes.
—Bienvenida
—dice, mientras toma mis manos con delicadeza.
Me detengo en
su rostro. Es más alto de lo que había imaginado. Es interesante, atractivo,
diría que magnético. Ojos que observan sin juzgar. Manos grandes. Lleva una
camiseta clara, un pantalón de lino, va descalzo.
—¿Primera vez?
Asiento. Me
siento torpe. Me ha soltado y yo no sé dónde poner las manos. Él lo percibe.
—No tienes que
hacer nada —dice—. Solo estar aquí.
Me ofrece un
vaso de agua con un trozo de lima. Lo tomo y bebo, por inercia. La fuerza de la
costumbre. El hábito de complacer.
—Ven, vamos a
sentarnos un momento —propone.
Nos
arrodillamos uno frente al otro. Evito mirarle.
No sabía que
podía temblar sin que nadie me tocara. No sabía que me podían tocar con la
mirada.
Me tiende las
manos, abiertas, esperando. Y yo acepto esa alianza: coloco las mías sobre las
suyas y recibo el contacto como punto de partida. Las toma con suavidad.
— Ahora, cierra los ojos y
respira conmigo.
Coloca una de
mis manos sobre su pecho y la cubre con la suya. Siento el calor, el latido, la
vibración de su voz cuando guía mi respiración. Inhala. Exhala. Luego lleva su
mano a mi esternón, y yo también la cubro con la mía. Me dejo llevar. Poco a
poco, el ritmo de mi respiración encuentra el suyo. Me voy notando más
tranquila, casi relajada, aunque no del todo. Devuelve mis manos a mis piernas
y habla con pausa.
—No abras los
ojos. Quédate respirando todo el tiempo que necesites. —Hace una pausa y
añade—: Ahora voy a salir. Desnúdate con calma y túmbate boca abajo. Puedes
cubrirte con la tela que hay en la esquina.
Se va y yo permanezco
quieta. Pasan unos minutos. O una eternidad. Tiemblo por dentro.
Estoy sentada
sobre un tatami cálido, envuelta en una música que parece susurrar mi nombre y
con las manos abrazando las piernas. Creo que trato de protegerme, o quizá
siento que debo pedir permiso o escapar o asumir una culpa por algo que no he
hecho. Aún.
Llevo media
vida pidiendo permiso.
Para querer.
Para sentir. Para no hacerlo.
Para abrir las
piernas o cerrarlas.
Para existir y
para dar explicaciones.
Esta es la
primera vez que no tengo a nadie a quien cuidar. Pero aun así, me cuesta no
hacerlo.
Me ha dejado
sola para que respire, para que me deshaga del mundo y me centre en mí. Y para
que me desnude, claro. Y no me puede costar más.
Tengo los
hombros tensos, el estómago en vilo y la piel ardiendo.
Finalmente me
levanto y me desnudo despacio, con una mezcla de vergüenza y alivio. No hay
espejos, y lo agradezco. La luz de las velas baña mi piel con delicadeza, pero
no me miro, y me tumbo rápido. Me tapo por debajo de la cintura. No sé muy bien
cómo colocar los brazos ni la cabeza.
Él vuelve a
entrar. Lo observo de reojo. Trae un cuenco entre las manos. Se ha quitado la
camiseta. Su torso es firme, fibroso, apenas velludo. No es joven, pero eso me
resulta aún más atractivo: su cuerpo transmite serenidad y experiencia.
Se arrodilla a
mi lado.
—¿Puedo
comenzar? —pregunta.
—Sí —respondo.
Apenas un susurro.
Su voz sigue
guiándome.
—Voy a usar
aceite. Está tibio. Comenzaré por tus hombros.
Cierro los
ojos. Asiento.
Las gotas caen
sobre mi espalda y una de sus manos se apoya despacio, seguida por la otra. Comienza
a extender el aceite en círculos lentos. Sus manos suben, despacio, tibias,
firmes. Presionan levemente. Acarician. Parece que hablen un idioma con mi piel
que yo tenía olvidado.
Me doy cuenta
de que llevaba semanas —no, meses— con los hombros contra las orejas.
Él lo ha notado.
—Estás cansada
de sostener el mundo —murmura.
No puedo
evitarlo: una lágrima me cae por la mejilla. No sé de qué es. Cansancio, culpa,
alivio. No sé.
Él no dice
nada. Solo pasa los pulgares por mi nuca. Se agacha un poco.
—Hoy te puedes
apoyar en mí —susurra en mi oído—. Aunque sea solo esta tarde.
Y por primera
vez en mucho tiempo, decido dejarme sostener.
La piel
comienza a responder. Un cosquilleo dulce se extiende por mi columna, por los
brazos y por la base del cuello.
Después
presiona justo en el centro de mi espalda.
—Y aquí cargas
todo lo que no te atreves a soltar —murmura.
Y no sé si me
habla a mí o a mis vértebras.
El aceite huele
a jazmín. A flor húmeda.
Me doy cuenta
de que no he respirado hondo desde que volvió a entrar.
—Déjate ir
—dice.
Lo intento.
Inspiro. Exhalo. Me entrego otro poco.
Sus manos bajan
por mis omóplatos, bordean mis costillas, trazan caminos invisibles. Sus
pulgares trazan espirales lentas a ambos lados de mi columna. Va aflojando
nudos que yo no sabía que estaban ahí.
Pasea por mis
brazos con el mismo mimo. Los acaricia desde el hombro hasta los dedos, uno a
uno. Me abre la mano y dibuja su contorno con la punta del dedo. Desliza los
suyos entre los míos en movimientos ondulantes. Me toma la muñeca y masajea la
base, ahí donde palpita todo. Parece querer descargarlas de toda tensión.
Una de sus
manos se detiene en la base de mi nuca. La otra baja por la curva de mi
espalda, en un movimiento largo, continuo, deteniéndose justo antes de rozar
los glúteos. Mi cuerpo va volviendo a encajar todas esas partes que se habían
ido soltando durante años y que vuelven a intentar formar un todo.
La tela que me
cubre se desliza, pero no me siento expuesta. Cuando sus dedos rozan los
laterales de mis caderas, mi piel se estremece en un suspiro contenido.
La mano que
estaba en mi cuello se mueve hacia un lado, apartando el cabello. Sus dedos se
enredan en él. Parece que atravesaran mi cráneo y revolvieran suavemente mi
cerebro. Recorren mi cuero cabelludo con las yemas, lentos, pacientes. Despeina
mis pensamientos uno a uno, evaporándolos. Se detiene en la raíz del pelo,
presiona con suavidad, y entonces mi cuerpo exhala un golpe de aire como si
hubiera pulsado un interruptor.
Ahí nace un
estremecimiento al sentir que me lee, que me entiende. La piel se eriza y el
temblor viaja de mi nuca al coxis en una corriente sutil.
Y entonces su
palma cálida, impregnada de aceite, roza lentamente una de mis nalgas, la
mantiene ahí unos segundos y después se desliza hacia abajo. Recorre la parte
trasera de mis muslos con lentitud. Insiste en la corva. Luego baja por las
pantorrillas, firme, generoso. Envuelve mis tobillos. Roza los arcos, los
talones, el empeine. Masajea mis pies e invoca al genio dormido que me descubre
placeres inesperados entre los dedos.
Caigo en la
cuenta de que hoy no tengo que hacer nada. No tengo que corresponder. Puedo ser
egoísta. No tengo que sonreír ni fingir un gemido oportuno. No tengo que simular
ganas ni un deseo burocrático. Esto es para mí. Solo para mí.
Me siento
jodidamente venerada.
Y vuelvo a exhalar
otra una bocanada de aire.
Porque empiezo
a volver a habitar mi cuerpo. Lo vacío de lo malo, de la tensión, de lo tóxico.
Como si me purgara.
Cuando me ayuda
a girarme, lo hace con el mismo cuidado con el que me ha tocado hasta ahora. Me
acomodo boca arriba. No abro los ojos. Caigo en que tengo los muslos abiertos
sin querer, pero no los cierro.
—Respira—dice
junto a mi oído.
Obedezco.
Inhalo profundo. Exhalo con un gemido mínimo.
El aceite cae
sobre el centro de mi pecho. Sus manos lo esparcen en silencio, recorren el
centro del esternón, bajan por la línea que separa mis senos. Mis pezones se endurecen,
pero no los toca. Apoya la palma abierta de su mano en el centro de mi cuerpo.
—Aquí guardas
muchas cosas, ¿verdad? —susurra—. No hace falta que me cuentes. Solo, sácalas,
siéntelas diluirse.
Las lágrimas
aparecen otra vez. Esta vez de emoción y alivio. Porque acabo de entender que
esto no es una infidelidad, es un regreso a mí misma. Y decido disfrutarlo con
todos los sentidos.
Me acaricia las
clavículas, los brazos, la cara interna del codo.
Yo no sabía que
se podía sentir placer en los codos.
Entonces baja.
Cuando su mano
se posa sobre mi vientre, el calor se expande. Lo masajea en círculos lentos, como
amasándome. Traza espirales, tamborilea los dedos, dibuja mi piel con sus
pulgares.
El aceite ha
desaparecido casi del todo, pero sus dedos siguen siendo líquidos y me están
convirtiendo en agua.
Y de pronto, su
palma cubre mi pubis, con suavidad. Se posa sin presionar, pero el contacto se irradia
por todo mi sexo.
(continuará)
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