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domingo, 23 de noviembre de 2025

Metamorfismo

El color me golpea. Es un naranja de arcilla cocida, de hierro oxidado bajo el sol implacable. No es amable como el de un melocotón maduro porque es árido, seco. Con cuarenta grados a la sombra, vibra despegándose de la materia que lo sostiene y se mete directamente en la retina, se cuela en la garganta desecando sus paredes y pegándolas entre sí.

Cierro la puerta tras de mí. Tiro las llaves al suelo. El sonido metálico rebota en la habitación vacía como una canica. La manta de silencio cae asfixiante y pesada.

Me quito las sandalias. El suelo de barro me devuelve el calor acumulado durante el día. El aire huele a polvo seco y a encierro.

Busco la canción en el móvil. De cara a la pared. Y pulso el play.

La voz de Lhasa raspa el aire estancado. Es una voz fragmentada, grave; está hecha de arena y humo, una voz sedimentaria que pesa. Comienza en un lamento agrietado por el que se diluye la razón. Crece en la habitación y desplaza la densidad de este espacio ardiente que aún conserva su hueco.

La blusa se despega de la espalda con un sonido húmedo. Los vaqueros caen pesados. Camino descalza sobre las baldosas de terracota cocida que irradian calor hacia las plantas de mis pies. La ropa sobra, estorba. La piel reclama contacto con ese calor espeso. Quiere sudar.

Me dirijo hacia el muro. El que encara el ventanal todo el día. A un metro de distancia, el calor que irradia es una bofetada térmica. Esa pared ha estado bebiendo sol durante doce horas. Ahora es un condensador, una brasa gigante. La pintura, rugosa y saturada de pigmento, parece palpitar mi nombre.

No necesito tocarlo para sentirlo. A diez centímetros, el muro me eriza el vello de los brazos. Es un lienzo ardiente, furioso. Y ahora, demandante.

De cara a la pared —canta ella, llorando las erres, arrastrándolas...

Obedezco a la voz. Me coloco frente al muro. La visión periférica se inunda de ese naranja violento. Es como mirar directamente al sol con los párpados cerrados. Todo se vuelve rojo, sanguíneo.

—¡Ah, joder! —el gemido se me escapa.

Quema. El estuco caliente muerde la piel de mi frente. Siento cómo el poro se abre, cómo el sudor brota instantáneamente, intentando enfriar el contacto. Es una quemadura seca, lenta, que penetra la piel y va directa al cráneo. Como un mordisco de animal que no suelta. No me aparto. Giro lentamente la cabeza.

—No me sueltes, bestia —susurro.

Las palmas abiertas contra el grano abrasador de la pintura. El calor sube por mis brazos, viaja por los nervios hasta la nuca. Es un dolor limpio, geológico. Tiemblo, quizá porque mi cuerpo busca refrigerarse, pero no me aparto. Dejo que el muro me marque. Dejo que el calor me forje.

El incendio rojo de los párpados me lleva de vuelta a él. Balanceo las caderas al ritmo que marca Lhasa. Mis hombros bajan. La barbilla se levanta lo justo para exponer la garganta, ese tramo de piel fina donde late la yugular.

—Quieta —susurra mi memoria, con su tono grave, ese que lograba que el mundo dejara de girar.

Y la geología de mi cuerpo se detiene. Mis músculos se tensan como cables de acero. El sudor me baja por la espalda, una línea fría sobre una piel que arde. De cara a la pared, me fusiono con el óxido y aspiro el aire incendiado, dejando que Lhasa me cante al oído lo que yo no me atrevo a decir: que esta lava que me desborda por dentro es lo único que me queda de su tacto.

Yo, que me paso la vida leyendo la historia de la tierra, buscando fallas, calculando la presión que hace falta para que una roca sostenga sin romperse; he sido incapaz de mantener en pie el muro que me sostenía.

No me muevo. Moverme sería admitir que la física tiene razón y que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio aunque uno de ellos sea un fantasma.

La canción avanza. El fuego camina con la voz. El sol incendia mi piel en cada pulso. Memoria ardiente de los tejidos. Acompaso mi respiración. La domo. Descienden los graves. Los glúteos se tensan, vibran. Pero esa mano grande, pesada, no aterriza, no sostiene, no acaricia.

La ausencia de su peso duele desde dentro de la piel. Miles de terminaciones nerviosas buscan, como tentáculos ciegos, esa conexión que falta. La presión atmosférica aumenta. Me siento comprimida, compactada, envuelta en ríos de sudor naranja.

De repente, la canción se pausa. El silencio tras la música se vuelve ensordecedor.

Y yo, núcleo de roca arrancado de la corteza profunda, reviento. Me expando y me dilato en el vacío entre estas paredes vivas y palpitantes.

—Hazlo—digo—, vuelve.

La voz me sale ronca, ajena. Aprieto más la frente contra el muro. La piel me arde tanto que huele a queratina quemada. Empujo. Empujo con las manos, con el pecho, con la pelvis. Intento atravesar la pared, fundirme con la membrana de tierra candente. Si empujo lo suficiente, quizá pueda cruzar al otro lado, ahí donde él todavía existe.

El sudor me escuece en los ojos. Me hierve el cuerpo como si tuviera fiebre. Entonces, lo siento. Siento su aliento en la nuca. Caliente. Húmedo.

—No has aguantado nada —dice su voz, mezclada con la de Lhasa.

Un espasmo me recorre la columna. Arqueo la espalda. Mi piel escarba la rugosidad de la pared en un lijado punzante.

—Estoy quieta —miento. Estoy temblando.

El calor de la habitación se vuelve viscoso. El naranja funde a negro. Mis rodillas ceden y me escurro por la pared. Araño el adobe, le imploro que me sujete, lo lamo, intento morderlo. Pero me raspa, me despelleja. Me suelta.

Grito su nombre y me rompo contra el suelo.

Pedazos fracturados de carne chamuscada. Ovillada y jadeante. Y las manos vacías, el pecho abierto y todo el magma burbujeante desparramado sobre el barro cocido.



*****
Ejercicio de contaminación creativa para el curso de Relato Avanzado de la Escuela de Escritores, consistente en trasladar a la narrativa el ritmo y la atmósfera de una pieza musical (o un cuadro o una película). Este texto nace de la fusión entre De cara a la pared y El desierto, de Lhasa de Sela (cantante mexicana).

3 comentarios:

  1. Este texto me gusta menos que los otros.

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  2. Transmite bien las sensaciones. Ese calor abrasador, quema, arrasa y pulvoriza. Bonitorelato.

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