El color me golpea. Es un naranja
de arcilla cocida, de hierro oxidado bajo el sol implacable. No es amable como
el de un melocotón maduro porque es árido, seco. Con cuarenta grados a la
sombra, vibra despegándose de la materia que lo sostiene y se mete directamente
en la retina, se cuela en la garganta desecando sus paredes y pegándolas entre
sí.
Cierro la
puerta tras de mí. Tiro las llaves al suelo. El sonido metálico rebota en la
habitación vacía como una canica. La manta de silencio cae asfixiante y pesada.
Me quito las
sandalias. El suelo de barro me devuelve el calor acumulado durante el día. El
aire huele a polvo seco y a encierro.
Busco la
canción en el móvil. De cara a la pared. Y pulso el play.
La voz de Lhasa
raspa el aire estancado. Es una voz fragmentada, grave; está hecha de arena y
humo, una voz sedimentaria que pesa. Comienza en un lamento agrietado por el
que se diluye la razón. Crece en la habitación y desplaza la densidad de este
espacio ardiente que aún conserva su hueco.
La blusa se
despega de la espalda con un sonido húmedo. Los vaqueros caen pesados. Camino
descalza sobre las baldosas de terracota cocida que irradian calor hacia las
plantas de mis pies. La ropa sobra, estorba. La piel reclama contacto con ese calor
espeso. Quiere sudar.
Me dirijo hacia
el muro. El que encara el ventanal todo el día. A un metro de distancia, el
calor que irradia es una bofetada térmica. Esa pared ha estado bebiendo sol
durante doce horas. Ahora es un condensador, una brasa gigante. La pintura,
rugosa y saturada de pigmento, parece palpitar mi nombre.
No necesito
tocarlo para sentirlo. A diez centímetros, el muro me eriza el vello de los
brazos. Es un lienzo ardiente, furioso. Y ahora, demandante.
—De cara a
la pared —canta ella, llorando las erres, arrastrándolas...
Obedezco a la
voz. Me coloco frente al muro. La visión periférica se inunda de ese naranja
violento. Es como mirar directamente al sol con los párpados cerrados. Todo se
vuelve rojo, sanguíneo.
—¡Ah, joder!
—el gemido se me escapa.
Quema. El estuco
caliente muerde la piel de mi frente. Siento cómo el poro se abre, cómo el
sudor brota instantáneamente, intentando enfriar el contacto. Es una quemadura
seca, lenta, que penetra la piel y va directa al cráneo. Como un mordisco de
animal que no suelta. No me aparto. Giro lentamente la cabeza.
—No me sueltes,
bestia —susurro.
Las palmas
abiertas contra el grano abrasador de la pintura. El calor sube por mis brazos,
viaja por los nervios hasta la nuca. Es un dolor limpio, geológico. Tiemblo,
quizá porque mi cuerpo busca refrigerarse, pero no me aparto. Dejo que el muro
me marque. Dejo que el calor me forje.
El incendio
rojo de los párpados me lleva de vuelta a él. Balanceo las caderas al ritmo que
marca Lhasa. Mis hombros bajan. La barbilla se levanta lo justo para exponer la
garganta, ese tramo de piel fina donde late la yugular.
—Quieta
—susurra mi memoria, con su tono grave, ese que lograba que el mundo dejara de
girar.
Y la geología
de mi cuerpo se detiene. Mis músculos se tensan como cables de acero. El sudor
me baja por la espalda, una línea fría sobre una piel que arde. De cara a la
pared, me fusiono con el óxido y aspiro el aire incendiado, dejando que Lhasa
me cante al oído lo que yo no me atrevo a decir: que esta lava que me desborda por
dentro es lo único que me queda de su tacto.
Yo, que me paso
la vida leyendo la historia de la tierra, buscando fallas, calculando la
presión que hace falta para que una roca sostenga sin romperse; he sido incapaz
de mantener en pie el muro que me sostenía.
No me muevo.
Moverme sería admitir que la física tiene razón y que dos cuerpos no pueden
ocupar el mismo espacio aunque uno de ellos sea un fantasma.
La canción
avanza. El fuego camina con la voz. El sol incendia mi piel en cada pulso. Memoria
ardiente de los tejidos. Acompaso mi respiración. La domo. Descienden los
graves. Los glúteos se tensan, vibran. Pero esa mano grande, pesada, no
aterriza, no sostiene, no acaricia.
La ausencia de
su peso duele desde dentro de la piel. Miles de terminaciones nerviosas buscan,
como tentáculos ciegos, esa conexión que falta. La presión atmosférica aumenta.
Me siento comprimida, compactada, envuelta en ríos de sudor naranja.
De repente, la
canción se pausa. El silencio tras la música se vuelve ensordecedor.
Y yo, núcleo de
roca arrancado de la corteza profunda, reviento. Me expando y me dilato en el
vacío entre estas paredes vivas y palpitantes.
—Hazlo—digo—,
vuelve.
La voz me sale
ronca, ajena. Aprieto más la frente contra el muro. La piel me arde tanto que huele
a queratina quemada. Empujo. Empujo con las manos, con el pecho, con la pelvis.
Intento atravesar la pared, fundirme con la membrana de tierra candente. Si
empujo lo suficiente, quizá pueda cruzar al otro lado, ahí donde él todavía
existe.
El sudor me
escuece en los ojos. Me hierve el cuerpo como si tuviera fiebre. Entonces, lo
siento. Siento su aliento en la nuca. Caliente. Húmedo.
—No has
aguantado nada —dice su voz, mezclada con la de Lhasa.
Un espasmo me
recorre la columna. Arqueo la espalda. Mi piel escarba la rugosidad de la pared
en un lijado punzante.
—Estoy quieta
—miento. Estoy temblando.
El calor de la
habitación se vuelve viscoso. El naranja funde a negro. Mis rodillas ceden y me
escurro por la pared. Araño el adobe, le imploro que me sujete, lo lamo,
intento morderlo. Pero me raspa, me despelleja. Me suelta.
Grito su nombre
y me rompo contra el suelo.
Pedazos fracturados de carne
chamuscada. Ovillada y jadeante. Y las manos vacías, el pecho abierto y
todo el magma burbujeante desparramado sobre el barro cocido.
Este texto me gusta menos que los otros.
ResponderEliminarTransmite bien las sensaciones. Ese calor abrasador, quema, arrasa y pulvoriza. Bonitorelato.
ResponderEliminarMuchísimas gracias, Eco. Me alegra mucho que te guste.
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