Vimos cómo empezó, pero no nos dimos cuenta. Era mucho más
fácil ignorarlo y que siguiera todo igual.
La primera fue Marta, la del tercero, que empezó a bajar la
basura en pijama. Casada con Alberto, dos niños, de uno y tres años. Decía que no podía más, que los días se le
deshacían entre lavadoras y meriendas, que su marido no ayudaba.
Todos pensamos que estaba deprimida. En este pueblo siempre
está nublado o llueve y nosotros siempre llegamos muy tarde de trabajar, ennegrecidos
y sucios. Y muy cansados.
Después fue Elena, la del bajo B, cuando murió su gato.
Y luego empezó a pasar con más vecinas. Poco a poco, una a
una. Dejaban la ropa tendida varios días, o bajaban a por el correo sin peinar y
sin sujetador, o gritaban a sus hijos que subieran a cenar con voz pesada.
En nuestro grupo de WhatsApp bromeábamos: «las del bloque B
se están volviendo locas». Emojis, risas y a otra cosa.
No hicimos nada y tampoco tratamos de averiguar más. En
realidad, así eran menos molestas. No se quejaban todo el rato.
Pero un lunes por la mañana, Clara, la profesora de yoga,
tiró su esterilla por la ventana. Y luego el ficus. Y luego a su marido.
Supusimos que había sido un arrebato, que el pobre hombre
tuvo mala suerte, que ella siempre había sido muy rara.
La policía concluyó que había sido un accidente y no
investigó más.
Pero cuando apareció una nota en el corcho de la comunidad,
empezamos a preocuparnos. Un post-it, sin firma:
«No estamos locas, estamos hartas. El tedio nos crece colmillos.»
Ellas ya no son ellas.
Nos cierran la puerta en la cara. Se miran con sonrisas que
no entendemos. Ríen a solas. Huelen a sótano y lejía. Una noche vimos a la
mujer del quinto recogiendo ramas secas del jardín. Las metía en bolsas negras,
pero no vimos qué hizo con ellas.
Nos reunimos en el garaje con unas cervezas que trajo
Manolo, el del tercero. Solo los hombres del bloque. Juan repetía que había que
poner orden. Pepe decía que habláramos con ellas. El viudo del sexto, que había
que controlarlas como en sus tiempos.
Pensamos en denunciarlas, pero ¿qué íbamos a denunciar? ¿Que
nuestras mujeres se estaban volviendo locas? Eran simples amas de casa
aburridas que habían encontrado un juego, un entretenimiento. Estábamos
exagerando sin duda…
Pero nosotros sabíamos que algo raro pasaba. Lo sentíamos en
las entrañas del edificio. Algo que se movía en las cañerías, susurraba en la
rejilla del extractor.
A veces, a la hora de la siesta, oíamos golpes debajo del
suelo. Vibraciones sutiles. Como pálpitos.
Entonces, una noche, nos organizamos y bajamos tras ellas al
cuarto de calderas. Ahí donde la casa está húmeda y caliente.
Y allí lo vimos.
Ellas lo protegen. Lo acarician. Le cantan. Le bailan a la
luz del gasoil.
Cuando quisimos subir, nos bloquearon la puerta.
Y ahora somos lo que come.
Tema: el tedio como motor de transgresión, dolor, daño… que nos lleva a la tragedia, en no más de 500 palabras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario