La
mordaza del tornillo de banco tenía dibujos en forma de diamantes pequeños, dientes
de acero pensados para que nada se escapara. Me gustaba apretar. Giraba la
manivela hasta que la madera crujía con un quejido seco y, si seguía un poco
más, los dientes tatuaban la fibra blanda del pino. Al soltarla, allí quedaba
la marca: un tatuaje geométrico profundo.
Estaba terminando el trabajo para la
clase de Tecnología. El serrín flotaba en el haz de luz de la ventana alta,
bailando despacio, posándose sobre mis pestañas y sobre el lomo del perro, que
dormía hecho un ovillo bajo el banco de trabajo.
—¡Elena! ¡A merendar! —La voz de mi
madre llegó amortiguada desde el piso de arriba.
La merienda. Lo había olvidado.
No contesté enseguida. Pasé el dedo por
la marca que acababa de hacer en la madera.
—¡Sube, que es casi la hora! —insistió.
—¡Ahora no puedo! —grité hacia el
techo—. ¡Tengo que encolar esto!
Mentira. Todavía no quería subir a pesar
de que la idea había sido mía. Abajo, el tiempo no pasaba.
Hacía solo unas horas, el olor a harina
y a ralladura de limón había invadido la cocina. Mezclamos la masa juntas, en
el bol de cristal azul. Ella se reía cuando comía trozos de limón. Como hacía
él. No dije nada y ella tampoco, pero parecía un domingo de antes, de cuando
éramos tres. Hoy también lo seríamos, pero no igual. Había prometido hacer un
esfuerzo y sugerí preparar el bizcocho para la tarde.
Cogí el papel de lija de 220 y froté las
marcas en la madera; cambié a una de 400, ya casi no se notaban. Me descalcé el
pie izquierdo y hundí los dedos en el lomo peludo de Bobby que respondió
respirando fuerte. Estornudé, siempre me pasaba, pero el tacto a piel de
melocotón de la madera lo compensaba.
De repente, la luz del techo parpadeó. El
perro levantó una oreja.
La puerta se abrió de golpe, rompiendo
el vacío hermético del sótano y su silencio.
Primero entró el aroma a leche caliente,
limón y mantequilla. Un olor dulce que se peleó con el de madera y disolvente
del taller.
Bien, pensé. Me lo baja aquí.
Me giré en el taburete, sonriendo,
limpiándome las manos en los vaqueros.
—Si la niña no viene a la merienda, la
merienda viene a la niña —anunció mi madre.
Mamá entró con la bandeja plateada.
Traía el bizcocho, la jarra de leche y tres vasos. Apartó las cosas que tenía
sobre la mesa para colocarla.
Tres vasos. No venía sola.
Detrás de ella, la luz del pasillo
proyectó una sombra larga que se estiró hasta tocar mis pies, como una mancha
de aceite. Instintivamente los subí al travesaño de la silla.
—Nuestro invitado especial ha llegado
para probar tu obra maestra— anunció mi madre.
Unos zapatos de suela de cuero, de esos
que hacen ruido, bajaron los últimos escalones.
El vecino entró en el taller. Tuvo que
agachar la cabeza para no dar con el marco. Sonreía demasiado y miraba las estanterías
de las paredes como si fueran las de un museo.
—Vaya, vaya —dijo, y su voz rebotó en
las paredes—. Así que aquí se esconde la artista.
El perro soltó un bufido sordo y levantó
la cabeza. Sonreí mostrando mucho los dientes y apreté la manivela del tornillo
de banco. Una vuelta.
Se acercó al banco de trabajo y cogió un
trozo de bizcocho de la bandeja y el vaso que le ofrecía mi madre. Me miró
sonriendo al morderlo y un pedazo cayó sobre las piezas de madera de mi
proyecto.
—Está de muerte, Marisa —dijo con la
boca llena. Luego señaló a su alrededor con el trozo de bizcocho, esparciendo
migas—. Oye, aquí tenéis material para aburrir.
Mi madre sonrió siguiendo su dedo.
—Sí, bueno. A Bernardo le gustaba
guardar cosas. Era un poco Diógenes, ya sabes.
Diógenes. Apreté la mandíbula. Papá era inventor.
No guardaba basura, todo era la posibilidad de algo.
El vecino se limpió las manos en una
servilleta de papel y empezó a caminar por el taller. Tocaba cosas. Todas las
cosas. Rozó con la cadera el manillar de la bicicleta rosa y le dio un
golpecito con el nudillo a un plato de la batería. Ting. Sonó ridículo.
—Este trasto te ocupa medio sótano
—dijo, calculando mentalmente—. Y esa bici... esos colores neón vuelven a estar
de moda.
Se giró hacia mi madre, parecía ignorar
que yo seguía allí, subida a mi taburete, observando silenciosa.
—En serio, Marisa. Si le echas cuatro
fotos y lo subes a internet, te sacas un dinero curioso y ganas metros. Tienes
un espacio muy desaprovechado aquí. Yo te puedo ayudar a gestionarlo, soy
vendedor cinco estrellas.
Miré a mi madre. Esperé que dijera que
no. Que le explicara que esa batería no iba a salir del taller, que la bici era
mi regalo de los diez años aunque me quedara pequeña. Pero mamá bebió un sorbo
de leche, sin mirarme a los ojos.
—Pues... no es mala idea —dijo—. La
verdad es que hace falta hacer limpieza aquí abajo.
El perro soltó un gemido y se metió bajo
la mesa, pegándose a mis zapatillas. El vecino, animado, se acercó a mi banco
de trabajo. Apoyó su mano sobre la manivela del tornillo de banco. Mi
manivela.
—Incluso esto —dijo, intentando girarla.
La grasa negra le manchó la palma y se limpió con asco—. Es de lo más retro,
fijo que se vende bien. ¿Verdad, Elena?
Sentí el impulso de morder. De saltar
sobre su mano y clavarle los dientes como habría hecho Bobby si fuera más
joven. En su lugar, me metí un pedazo de bizcocho en la boca y me centré en el
sonido que hacían mis dientes al masticar.
Se quedó observándome un rato, incómodo,
después miró su reloj.
—Bueno —dijo, frotándose las manos—. Se
me hace tarde.
Mi madre se acercó. Hubo un segundo en
el que pareció querer pedirme algo, pero se detuvo.
—No tardes, Elena —fue lo único que
dijo. Cogió la bandeja y se dio la vuelta.
Cuando la puerta se cerró y sus pasos se
diluyeron, el silencio volvió a caer sobre el taller.
Me bajé del taburete y fui directa a mi
proyecto. Allí estaba la miga de bizcocho que el vecino había dejado caer.
La cogí con dos dedos y la deposité en
el centro de la mordaza, justo entre los dientes de hierro. Giré la manivela. Ñiiiic.
Apreté. La miga apenas opuso una resistencia blanda antes de desmoronarse.
Seguí girando. Quería que se integrara en el metal, que desapareciera. Apreté
hasta que sentí el clac final del tope. Ya no existía; era solo una
mancha amarillenta aplastada.
Entonces sentí un peso caliente sobre mi
pie. Bobby había salido de su escondite. Apoyado contra mi pierna soltó un
suspiro largo, mirándome con sus ojillos negros. Me agaché y hundí la cara en
su cuello. Olía a polvo y a perro viejo. Le abracé fuerte.
—Ya se han ido, Bobby —le susurré—. Ya
se han ido.
Me levanté y busqué el trapo de algodón.
Lo empapé con un poco de disolvente y volví al tornillo de banco. Abrí la
mordaza, saqué los restos de la masa triturada y froté a conciencia toda la
pieza hasta que el acero volvió a brillar.
—No vamos a vender nada —dije en voz
alta, para que el taller me oyera.
Volví a mi taburete, cogí la lija y
seguí trabajando. No pensaba subir a cenar.
Nota sobre el ejercicio: tarea sobre Correlato Objetivo (curso EdE)
La Premisa: Una hija siente que su madre ha olvidado a su padre demasiado rápido y organiza una merienda con el "nuevo intruso" intentando ser la hija perfecta.
El Reto Técnico: Está prohibido nombrar las emociones (celos, rabia, traición, duelo). La regla es que todo lo que siente la protagonista debe evocarse exclusivamente a través de los objetos físicos y las acciones concretas, sin explicar nunca al lector lo que está sintiendo el personaje.
Pues te ha salido como acostumbras: de diez. No has dejado espacio a la ambigüedad. Estupendo relato.
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