Llevo inmóvil ya no sé cuánto tiempo. El dolor de cabeza engendrado en el amasijo que es mi cerebro se ha ido expandiendo por todo el cuerpo. Es un parásito ciego que avanza mordiendo cada nuevo músculo que alcanza, mastica mis entrañas y rasga las fibras de mis nervios. Ahora el domingo se ha sentado definitivamente sobre mí, aplastándome contra el colchón sin dejar que me mueva.
No me he atrevido a mirarle aún a la cara,
pero llevo horas con los ojos abiertos observando cómo cientos de rayos de luz invaden
la habitación a través de la persiana. Primero aparecieron unos gajos diminutos
y anaranjados sobre la pared. Fueron creciendo con acidez sobre el muro,
lamiendo su rastro y arrastrándose lentos con su baba pastosa, volviéndose más
amarillos y luego, más blancos. Gotas deslumbrantes de leche agriada. Picotean
mis retinas como los pájaros del árbol agujerean mis oídos con sus chillidos histéricos.
Pero no cierro los ojos. Siento que son los únicos libres para hacer lo que
antojen. Deseo que se escapen de las cuencas y caigan al suelo rondando bajo la
cama, donde aún está oscuro.
El vino. Le culpo de todo cuando las
culpas se abren las carnes en mi pecho. Agarro el borde de la sábana y logro
esconderme debajo. El olor a pantano es más intenso y me falta el aire tras dos
resoplidos. Los pelos húmedos de sudor se me pegan como algas y abro la boca
del embozo para aspirar un poco de oxígeno frío. Lo bebo con ansia. Arrastro la
mano como un topo torpe que tropieza con el bulto al otro lado de la cama, el
elefante que llevo rato tratando de ignorar. Suelta un bufido entrecortado y me
aparto. Cuando de nuevo vuelve el ritmo de sus ronquidos, acerco la mano y mis
dedos rozan el omoplato. Su piel me devuelve la temperatura neutra de un
mueble.
Giro la cabeza sobre la almohada,
arrastrando el cráneo como si fuera de piedra. Le miro. Está ahí, a pocos
centímetros de mi nariz, insultantemente dormido. Su pecho sube y baja con un
ritmo perfecto, un fuelle de carne y hueso resoplando relajado. El domingo a él
le resbala por los costados. Duerme con la boca entreabierta, tragando el aire
que a mí me falta. Es un oso imperturbable en su cueva cuando la mía se inunda.
Le observo los párpados: ni un temblor. Me entran ganas de taparle la nariz,
solo un segundo, para compartir la asfixia.
El suelo frío me muerde las plantas de
los pies y me fusiona a las baldosas, me atraviesa todo el cuerpo en un
latigazo de hielo y siento que echo raíces en esa escarcha húmeda que me
paraliza.
Me obligo a dar un paso, luego otro, deslizando
los pies hacia el baño, hasta que mi tobillo choca con el obstáculo.
Ahí está. Despanzurrada en mitad del pasillo como un accidente de tráfico. Es una boca abierta gritando en silencio, con las tripas revueltas y saliéndose por los costados. Lenguas muertas de camisas y mangas de jerséis retorcidas. Desvío la mirada y salto por encima de ese cadáver de tela para llegar al lavabo.
Ya estoy desnuda cuando enciendo la
ducha. Caliente, no; hirviendo. Quiero despellejarme ese dolor, esa tristeza.
Que se churrusque hasta el olvido.
Las palmas contra la pared. Poco a poco
los azulejos se vuelven de esponja y comienzan a absorberme. Los cabellos caen
empapados por mis hombros destilando mis pensamientos hacia el desagüe. El agua
golpea mi cráneo, ahoga mi rostro en cortinas líquidas que buscan colarse en mi
boca y en mi nariz. Mis oídos hace rato que se taponaron. Todo mi cuerpo se
deja azotar por esa corriente ígnea. Desearía ser líquida yo también,
disolverme del todo y que el sumidero me tragara, pero me conformo con fluir.
Cuando cierro el grifo, el silencio anega
el baño en una niebla espesa. Al salir, el aire más fresco me eriza la piel
enrojecida y la humedad se me pega a las clavículas como una segunda dermis.
Paso la mano por el espejo. La piel
chirría contra el cristal. No, es el anillo que aúlla contra la superficie. Me
lo quito y lo pongo en la repisa. Ha dejado un rastro en el vidrio y una cicatriz
blanca en mi dedo. Mi reflejo aparece por secciones. El monstruo que me mira es
tan solo una mujer hervida con ojos sucios. Me toco el pómulo. La piel está caliente,
con textura de fruta madura a punto de abrirse.
Recuerdo cuando compramos este espejo;
él dijo que era demasiado grande, que nadie necesita verse tanto. A mí me gustaba
porque cabíamos ambos.
—Ya está —dice una voz a mi espalda.
Aparece su rostro flotando en el vapor
del espejo. Me giro. Está apoyado en el dintel, vestido de calle. Los segundos
que se queda ahí parado, mirándome desnuda y roja, arden en ceniza y se me
pegan a la garganta. Aprieta los labios y tampoco dice nada más. No nos quedan
palabras que vomitar.
Desaparece del marco y escucho sus pasos
en el pasillo. Me siento sobre la tapa del inodoro, con las rodillas juntas. El
ruido de la cremallera rasga el silencio: le está cerrando la boca al cadáver.
Luego, el portazo en la entrada. Un
golpe sísmico que hace vibrar los botes de champú en la ducha y me sacude el
esternón.
Me levanto. El baño ha encogido de
repente y huele a aliento contenido. Abro la ventana. El aire de la calle entra
violento y frío, saturado de ruido de tráfico y sol de domingo. Me golpea la
cara mojada y, por primera vez en el día, lleno los pulmones.
****
Nota de la autora: Este relato corresponde al Tema de la EdE: Los cinco sentidos. El objetivo del ejercicio es narrar abandonando la explicación intelectual para centrarse en la sensación física pura (temperaturas, texturas, olores), utilizando la sinestesia para que el lector no solo entienda la emoción del personaje, sino que la sienta en su propia piel.
No hay comentarios:
Publicar un comentario