Las pinzas de madera del delantal me golpean los muslos con cada pedalada. Clac-clac, clac-clac. Un ruido seco, familiar, que se mezcla con mi propia respiración y el crujido de la grava negra bajo las ruedas. Me levanto sobre el sillín para ganar velocidad y siento el peso de la carga en el bolsillo delantero separarse ligeramente de mi vientre. El polvo del camino se me pega al sudor de las piernas, formando una costra gris que escuece.
El aleteo frenético de Pipo y Lola hincha
la tela. Clavan sus uñas finas en el algodón, asustados, así que aprieto la
mano sobre el bulto para protegerlos del movimiento en la cuesta.
—Aguantad—,
susurro. —No os caigáis ahora. Casi
hemos llegado.
Hacía solo diez minutos, ellos eran lo
único que brillaba en la cocina. Dos bombillas de plumas amarillas encendidas
en medio de la penumbra de hollín que se lo come siempre todo. Olía a col
hervida y a ropa húmeda secándose sobre la estufa. Mi padre estaba sentado a la
mesa, recorriendo con el índice los quemazones de cigarrillo en el hule, un
universo de agujeros negros sobre el plástico. Fuera, en el patio, mi madre
sacudía la alfombra con los zorros. Pum. Un golpe y una nube de polvo
gris. Pum. Otro golpe seco y otra nube. Dentro, mi padre acompañaba el
ritmo sin darse cuenta. Tac. Su uña negra golpeaba la mesa. Tac.
Pum. Pum. Pum. Pum. Tac. Tac.
Tac. Tac.
Un metrónomo de tristeza. El compás impecable
pero asfixiante que siempre repite: aquí-no-pasa-nada, aquí-no-pasa-nada.
—Aquí nunca pasa nada — pensé para mí.
Miré la jaula. Los canarios saltaban
nerviosos por el ruido de los golpes. Tampoco a ellos les gustaba. Tenía que
sacarlos de ahí. Me ajusté el delantal de las pinzas, me lo até más fuerte. Y abrí
la puerta de la jaula.
Dejo atrás las últimas casas, donde el
asfalto se convierte en un camino de tierra negra, mezcla de barro y escombro
de la mina. El pueblo queda abajo, sumido en su domingo perpetuo.
La subida a la cantera vieja me cuesta
el aliento. No puedo más y me bajo para empujar con una mano en el manillar y
la otra sujetando el bulto del delantal. Pipo y Lola ya no se mueven tanto; el
traqueteo o el frío los ha debido marear. Siento sus corazones minúsculos
latiendo contra mi estómago, pam-pam, pam-pam, pam-pam, mucho más
rápidos que el mío.
Cuando llego a la explanada, el viento
cambia. Se vuelve silbido de tetera. Huele a piedra mojada y a óxido. Me paso
el dorso de la mano por la frente. Estoy empapada.
Me rodean rocas mal cortadas, trozos de
placas desechadas. Piedras de diferentes tamaños, la mayoría aún afiladas.
Queda alguna máquina abandonada y el suelo está plagado de hierros más o menos
retorcidos, bastante oxidados. Avanzo midiendo cada paso.
La "casa" de la Mujer-Pájaro
no es una casa. Es un zarpazo en la montaña. Aprovechando un hueco en la roca, ha
levantado un refugio con planchas de uralita, raíles de madera y trozos de
vallas metálicas. Todo vibra con el viento, emitiendo un zumbido suave. Se
escucha el frus-frus de los plásticos de invernadero que hacen de
paredes, agitándose como alas secas tratando de alzar el vuelo. A los pies del
refugio, el agua de la balsa no se mueve. Es una lámina aceitosa, un espejo
muerto donde no se reflejan ni las nubes.
Una ráfaga repentina pone todo en
movimiento. Miles de cosas colgadas de las chapas comienzan a chocar unas
contra otras: espejos retrovisores rotos, latas de refresco aplastadas, trozos
de cristal de colores... Todas bailando entre sí en un caos sonoro que
centellea en todas las direcciones. La luz débil de la tarde rebota en aquella
basura haciéndola parecer el tesoro de un pirata. Pero es el nido de una urraca
gigante.
Y en medio de aquel vertedero brillante,
está ella.
Es un amasijo delgado de trapos
superpuestos. Lleva tantas capas de ropa deshilachada y rígida de mugre, que su
espalda parece cubierta de un plumaje enfermo y brillante de grasa.
No se gira con el crujido de mis pasos.
Está encorvada sobre una caja de fruta volcada, con las rodillas pegadas al
pecho como posada en un cable de alta tensión. Está concentrada restregando algo
entre las manos.
Es un trozo de carbón. Frota con
movimientos cortos y espasmódicos. Ras, ras, ras. Tiene el cuello
hundido entre los hombros, y la nuca, visible entre la maraña de pelo
grasiento, muestra unos tendones tensos, vibrantes, que se contraen con cada ras.
Lo pule con un trapo sucio, escupe de vez en cuando, rasca con las uñas. Frota,
escupe, frota.
Olfatea el aire sin interrumpir su labor,
ladeando la cabeza con un tic brusco, y me ofrece un perfil afilado donde la
nariz ganchuda y la barbilla casi se tocan.
—Va
a salir —la escucho graznar, sin levantar la vista—. Si frotas lo suficiente,
sale el diamante. Siempre está dentro. Solo hay que quitarle la costra.
Retrocedo
un paso. Aprieto a los canarios. La mujer detiene la mano en seco. Gira el
cuello y me clava unos ojos pequeños y brillantes, rodeados de arrugas.
—¿Tú
quién eres? ¿Qué haces aquí? —dice, clavando la mirada en el bulto de mi
delantal—.¿Qué traes ahí dentro?
—Traigo
dos trozos de oro.
Me
desato el nudo del delantal. Separo la tela esperando que Pipo y Lola salgan
disparados hacia las nubes grises, dos flechas de luz la niebla. Pero no lo hacen.
Los dos canarios se acurrucan más al fondo del bolsillo. Se entierran en los
pliegues de la tela, buscando mi calor, picoteando el algodón para esconderse.
La
mujer-pájaro se ha acercado a mí. Observa a los animalillos. Suelta una
carcajada que retumba por toda la mina.
—¿Te
pensabas que querrían el cielo, niña?
Pero
yo insisto, vuelco la tela. Los canarios se desploman como piedras amarillas
contra la grava.
—Llévatelos,
niña. No quieren libertad. La libertad da miedo y es solitaria. ¿Acaso no me
ves?
Me
acuclillo y los miro. Me enfada y los zarandeo pero ellos se buscan y se pegan
uno contra otro, tiritando. Pían sin parar. La Mujer-Urraca se ríe con un nuevo
graznido.
—Déjalos
ahí. Si no vuelan, el gato se los comerá antes de que anochezca. O me los
comeré yo.
Me
estremezco imaginando sus dientes amarillos triturando los huesos huecos de
Pipo y Lola.
Con
una rabia fría, los recojo del suelo. Son dos bolas de pelusa helada que no
oponen resistencia. Los meto de nuevo en el delantal, empujándolos al fondo. Me
doy media vuelta y agarro la bicicleta.
—¡¡Vuela,
pajarillo, vuela!!— chilla ella a carcajada limpia, pegando saltos y moviendo
los brazos en aspa.
Acelero.
Cuando
entro en casa, la luz de la cocina sigue apagada. Mi padre está sentado frente
a la tele. Mi madre ahora pela patatas.
Saco
a los canarios del delantal y los meto en la jaula. En cuanto cierro la
puertecita de metal, ellos saltan al palo más alto, renacidos, y se ponen a
limpiar sus plumas.
Me
siento a la mesa y miro mis uñas. Tienen un borde negro de tierra de mina. Cierro
los puños. La mujer-pájaro quizá tenga razón. Si frotas lo suficiente, al final
saldrá un diamante. Pero antes, tienes que tener costra.
—Pum
—digo en voz baja.
(Tarea de la EdE: Matute y la infancia. Trataba de escribir una especie de cuento de hadas inspirado en la infancia melancólica de Ana María Matute, donde un niño huye de un conflicto familiar, se enfrenta a una criatura engañosa en la naturaleza y regresa a casa transformado tras el encuentro).
No hay comentarios:
Publicar un comentario