Del colegio lo que más me gusta es salir al patio. Jugamos a las chapas y a las canicas, y al burro y al pilla-pilla. Pero lo que más me gusta es jugar a las canicas. Tengo una bolsa de piel, como medieval, que me hizo mamá, con un montón: boloncios, ojo de gato, gasolina, galaxia… Me gusta tener muchas y de muchos colores. Y me gustan porque son de cristal, pero no se rompen. Y hacen un ruido muy chulo cuando chocan. Como clac-clac cuando son pequeñas, o clonc, los boloncios. Me gusta meter la mano en la bolsa cuando están frías y revolver. Una vez me metí una en la boca y me la tragué. Me pasé varios días asustado por si se me quedaba encajada dentro, pero al final salió: fue un asco. Esa es la única canica que he tirado.
Como soy muy bueno jugando casi nunca pierdo ninguna y vuelvo a casa con más de las que he traído. Si jugamos en equipos siempre me eligen, pero no les gusta tanto jugar contra mí. Yo también prefiero jugar en equipos. Cuando mi hermana vivía las repartía con ella, ahora lo hago con los niños del cole si ganamos, o sea, siempre.
Se las enseño a mamá cuando volvemos juntos andando; le gustan tanto como a mí. Y mientras como mi bocadillo, que a veces es de jamón, otras de chorizo, y algunas pocas de chocolate (con lo que me gusta el chocolate), le cuento que han sacado a Juan a la pizarra y no se sabía la lección, que la de mates no ha puesto deberes y que Mario ha perdido a su perro. Mamá siempre me sonríe y me escucha y me mira mientras recorremos el camino a casa; a mamá siempre le puedo contar todo.
En el jardín de casa también salgo a jugar a las canicas, pero ahí se pierden a veces y no las encuentro después. Las hierbas y las plantas son muy altas, y a mí me parece más un bosque que un jardín porque tiene muchos árboles. Es grande y bonito, pero me gusta más de día que de noche, porque de noche me da miedo. A mamá no le da nada de miedo, o eso dice ella, porque a veces la veo mirando al jardín con cara seria cuando se hace de noche. Seguramente también le asusta un poco.
Dentro de casa mamá no me deja jugar con cosas que hagan ruido. Por eso guardo las canicas. Es por los abuelos; están siempre en su habitación durmiendo y no puedo molestarles con mis tonterías de niño. Ya nunca les veo. Solo mamá va a verlos. Dice que están enfermos, pero yo no sé de qué. Antes bajaban a cenar con nosotros, cuando estaba mi hermana, pero ya no. A veces escucho a mamá hablar con ellos por la noche. Bueno, solo la escucho a ella hablar bajito. Y tampoco me gusta pasar por delante de su habitación; huele a cosas viejas, no sé, como a flores podridas o algo así. O a moho. Me da arcadas.
Si al menos tuviera un perro como Mario, aunque ahora se le haya perdido, podría jugar con el perro. Correríamos por el jardín y le tiraría la pelota y me la devolvería llena de babas. Y no me daría asco. Pero a mamá no le gustan los perros. Siempre que vemos uno, lo mira raro y se queda como alerta, observándolo fijo. Yo creo que les tiene miedo, aunque ella dice que no, que es por otra cosa.
A mí sí me gustan los perros, pero no me gusta el jardín de noche. Por la noche hay perros que lloran en el jardín. No sé por dónde entran. Lloran y luego se callan. A mamá no le he dicho lo mucho que me asusta.
Anoche volvieron a llorar. Chillaban mucho y me desperté. De puntillas me acerqué a mirar por la ventana de la escalera. Desde esa ventana se ve el jardín. Entre los árboles oscuros lloraba un perro, aunque yo no alcanzaba a verle. De repente se calló. Bueno, el perro y todo. Todo en el jardín se quedó quieto de repente; las hojas, los insectos y los pájaros se callaron de golpe y el silencio se hizo gigante. Todo es grande cuando estás asustado. Algo muy muy alto y muy muy delgado atravesó el jardín deprisa. Era como la sombra de una persona, pero alargada, como si alguien la hubiera estirado hacia arriba como un chicle. Cerré la ventana rápido. Hice ruido y por eso me asusté más, pensé que esa cosa me vería. Decidí ir a buscar a mamá.
Bajé al pasillo. La luz de la luna entraba por la ventana y se veía todo como blanco. Encontré a mamá frente a la puerta del baño, cerca de la habitación de los abuelos. Estaba de espaldas, agachada, haciendo un ruido extraño. Crac. Crac. Como el ruido de mis canicas. Pero mamá no juega a las canicas.
—¿Mamá?
Se quedó inmóvil. Luego, empezó a girarse. Pero fue raro porque no movía los pies. Giró solo el cuello, retorciéndolo, hasta que su cara me miró de frente.
Retrocedí un paso.
—Ho-la, ra-tón —dijo.
Su voz sonaba como si tuviera agua en la garganta.
Ella salió de la sombra y la luz le dio en la cara. Parpadeó despacio. Llevaba su camisón de flores, pero le quedaba raro. Más corto, tirante. Como si de repente mamá fuera más alta y más huesuda. Y su cara... La piel estaba estirada, brillante, como la cara de las muñecas que tenía mi hermana. Me sonrió. Las esquinas de su boca subieron. Y siguieron subiendo. Subieron demasiado. Miré sus encías rojas y brillantes. Cerré los ojos.
Levantó una mano hacia mí, tenía algunas uñas rotas. Me acarició la mejilla con sus dedos largos. Olía a tierra mojada.
—Ve-te a la ca-ma —ordenó, ladeando la cabeza con un chasquido, sonriendo con unos ojos brillantes, como mis canicas de galaxia—. Mamá te cui-da.
Asentí y corrí a mi cuarto. Me tapé con las sábanas hasta la nariz. Cerré los ojos fuerte, fuerte, hasta ver chispas de colores. No sé cuánto tiempo estuve así. Cada ruido de la casa me hacía temblar: un crujido en el pasillo, el viento en las ventanas. Debí quedarme dormido de puro cansancio, porque la luz de la mañana me despertó.
Fui a la cocina y mamá ya estaba allí. De espaldas, cortando pan. Llevaba su ropa de trabajo y el pelo recogido. Olía a su colonia, a café y a tostadas.
—Buenos días, ratón —dijo, girándose con suavidad. Me sonrió con su sonrisa de mamá.
Me senté a la mesa con mi vaso de leche y tostadas de mantequilla. Mamá acabó de preparar el bocadillo de la merienda y vi el chocolate que asomaba por los bordes.
—Este es el premio para los niños que se portan bien —dijo ella, acariciándome el pelo. Sentí su mano apretar mi nuca, con sus dedos huesudos.
Hoy he ganado tres canicas en el recreo. Ha desaparecido el perro de Carmen. Mamá me va a traer el bocadillo de chocolate. Si me porto bien.
Si me porto bien.
Relato para la EdE: : Lo siniestro (Freud). Se trataba de escribir un relato anclado en la cotidianeidad doméstica que deriva hacia lo siniestro (unheimlich), introduciendo un elemento o giro inexplicable que convierte lo familiar en algo extraño y perturbador, sin ofrecer una solución racional al lector.
Si que es siniestro. Como me gustaría ese final
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