El nuevo llegó un martes y nosotros éramos
siete.
Durante dos días solo
le observamos.
El jueves, en el recreo
se sentó en una esquina del patio y sacó un bocadillo. Nos acercamos. Era de
jamón.
Uno le preguntó si le
apetecía jugar al fútbol con nosotros.
Sonrió con la boca
llena.
Era alto, delgado, con
el pelo negro y rizado. No era muy fuerte pero era ágil con la pelota. Podría
servir.
Sonó el timbre y
volvimos a clase, Lucas —nos había dicho que se llamaba Lucas— se sentó junto a
nosotros el resto del día. Cinco contó sin apenas mover los labios: uno,
dos, tres…siete y ocho. Todos nos miramos menos Lucas que no se dio cuenta.
Cuando cogió su mochila
roja, nos acercamos.
—¿Te vienes con
nosotros a la poza?
—¿Qué es eso?
Nos miramos. No sabía
qué era una poza.
—Es como una piscina,
pero natural. En el río. Hecha de rocas.
—Con agua fría— añadió
alguien.
Nos miró. Todos
esperábamos.
—Vale.
Empezamos a andar los
ocho juntos.
Salimos a las cinco y
tres minutos. El camino era el de siempre. Recorrer la calle Mayor hasta la
casa del señor Gómez. La casa del señor Gómez tiene un perro que ladra mucho
pero no muerde.
Tomamos por la calle
estrecha y giramos en el eucalipto grande.
Lucas preguntó cuánto
faltaba.
—Diez minutos —dijimos.
El sendero se volvió de
tierra. Había zarzas a los lados. Las moras empezaban a enrojecer. Sonaban las
chicharras y nuestros pasos en la grava.
Cinco iba delante. Llevaba
una mochila con toallas.
Lucas seguía haciendo
preguntas.
—¿Vamos a nadar?
—Sí.
—¿Es profunda?
—Bastante.
—¿Cuánto?
—Unos cuatro metros, o
cinco.
—¿Vais mucho?
—Todos los jueves y, a
veces, el fin de semana.
No le dijimos nada más.
Seguimos andando. La poza apareció detrás de los arbustos.
No había nadie.
El agua estaba estanca
y oscura.
En el otro extremo
había una roca plana.
Lucas nos miraba.
Esperaba instrucciones.
—Primero tienes que
llegar a la roca —dijimos.
—No tengo bañador.
—Da igual.
Se quitó la camiseta y
las zapatillas. Dudó. Se quitó los pantalones.
Cinco sacó el cronómetro del
móvil.
—¡A la de tres!
Y se tiró de cabeza.
Nadaba bien. Estilo
crol. Y era rápido. Nos miramos. Podría servir.
Dos minutos y veinte
segundos hasta la roca.
Lucas se subió y levantó
el brazo.
—¡Ya! —gritó.
—¡Vuelve!
Dos minutos y cuarenta
segundos de vuelta. Más lento.
Salió del agua
respirando fuerte.
—¿Lo he hecho bien? ¿Ya
está?
—Falta la segunda
prueba —dijimos.
Resoplaba apoyando las
manos en las rodillas. Tenía la piel de gallina.
Le pasamos una toalla.
—La inmersión.
Cinco abrió la mochila y sacó
el aro plateado. Brillaba.
—Tienes que recuperarlo
del fondo de la poza.
Lucas miró el agua.
Luego nos miró a
nosotros.
—Vale —dijo.
Pusimos el cronómetro a cero.
Tiramos el aro al agua. Se hundió rápido,
haciendo círculos pequeños en la superficie.
—Cuando quieras —dijimos.
Lucas respiró tres veces profundo y se tiró.
El agua se cerró sobre él. Comenzamos a
cronometrar.
Cinco segundos. Diez
segundos. Veíamos su sombra moverse en el fondo.
Uno preguntó:
—¿Colocasteis ayer la
red?
Asentimos. Agarrábamos dos
extremos de cuerda gruesa que se perdía en la poza.
Quince segundos. Subían
burbujas pequeñas del fondo. Pocas.
Veinte. Veinticinco.
—He visto un brillo.
—Lo ha encontrado.
—Es demasiado pronto.
Tirad.
La sombra empezó a
moverse rápido. Comenzaron a subir bocanadas de burbujas.
Treinta y cinco
segundos.
—Está enredado.
El agua de la
superficie se agitaba. Más burbujas. Más grandes.
Cinco miró el cronómetro.
—¿Lo sacamos?
—preguntó.
—Todavía no.
Cuarenta y cinco
segundos. Los movimientos eran más bruscos. Se veían sus brazos empujando
contra la malla.
Una mano salió a la
superficie. Dos tiró fuerte de la cuerda. La mano se hundió de nuevo.
Cincuenta segundos.
El agua estaba turbia. Los
movimientos se hicieron más lentos.
Sesenta y cinco
segundos.
—Ahora —dijimos.
Tiramos de las cuerdas
y subimos la red despacio. Pesaba mucho. Lucas venía enredado. Inmóvil.
Lo arrastramos a la
orilla. Alguien le dio la vuelta con el pie. Tenía los ojos abiertos, los
labios amoratados.
Le tocamos el cuello.
—Nada.
Esperamos cinco
minutos. Luego diez. Seguía sin moverse.
Arrastramos el cuerpo
detrás de los arbustos y lo tapamos con ramas. Tiramos la ropa y la mochila río
abajo. Recogimos la red.
Guardamos nuestras
cosas en las mochilas.
Volvimos por el mismo
camino.
Éramos de nuevo siete.
Pasamos el eucalipto grande.
Pasamos la casa del señor Gómez. En la calle Mayor nos separamos.
—Hasta mañana.
El viernes fuimos a
clase normal. En el recreo jugamos al fútbol.
Por la tarde vino la policía.
Nos preguntaron si lo habíamos visto y dijimos que no. Los padres de Lucas
pusieron carteles.
Por la noche comenzó a
llover a cántaros, como pasa siempre en verano. No paró en todo el fin de
semana. El río creció.
Uno dijo que el agua de la
poza habría subido. Que la corriente se habría llevado el cuerpo.
A las dos semanas, el
martes, llegó un chico nuevo, con una mochila verde.
Se llamaba Adrián.
En el recreo se sentó
solo. Comía un bocadillo de queso.
Nos acercamos. Le
preguntamos si quería jugar al fútbol.
Nos faltaba uno para
ser ocho.
De verdad que me deja estupefacta, anonadada y rendida a tus pies tu maestría. He visto toda la historia pasar como una película dentro de mi mente. Me ha recordado el estilo de Corman McCarthy en La Carretera y la película Quien puede matar un niño del gran Chicho Ibáñez Serrador. Y todo eso en ¿ cuantas palabras? Te admiro mucho. Una alicantina devota. Muacccc
ResponderEliminarPues el ejercicio esta bien hecho y con nota. Creo
ResponderEliminarSois maravillosos y maravillosas.
ResponderEliminar