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lunes, 16 de febrero de 2026

La vacante

El nuevo llegó un martes y nosotros éramos siete.

Durante dos días solo le observamos.

El jueves, en el recreo se sentó en una esquina del patio y sacó un bocadillo. Nos acercamos. Era de jamón.

Uno le preguntó si le apetecía jugar al fútbol con nosotros.

Sonrió con la boca llena.

Era alto, delgado, con el pelo negro y rizado. No era muy fuerte pero era ágil con la pelota. Podría servir.

Sonó el timbre y volvimos a clase, Lucas —nos había dicho que se llamaba Lucas— se sentó junto a nosotros el resto del día. Cinco contó sin apenas mover los labios: uno, dos, tres…siete y ocho. Todos nos miramos menos Lucas que no se dio cuenta.

Cuando cogió su mochila roja, nos acercamos.

—¿Te vienes con nosotros a la poza?

—¿Qué es eso?

Nos miramos. No sabía qué era una poza.

—Es como una piscina, pero natural. En el río. Hecha de rocas.

—Con agua fría— añadió alguien.

Nos miró. Todos esperábamos.

—Vale.

Empezamos a andar los ocho juntos.

Salimos a las cinco y tres minutos. El camino era el de siempre. Recorrer la calle Mayor hasta la casa del señor Gómez. La casa del señor Gómez tiene un perro que ladra mucho pero no muerde.

Tomamos por la calle estrecha y giramos en el eucalipto grande.

Lucas preguntó cuánto faltaba.

—Diez minutos —dijimos.

El sendero se volvió de tierra. Había zarzas a los lados. Las moras empezaban a enrojecer. Sonaban las chicharras y nuestros pasos en la grava.

Cinco iba delante. Llevaba una mochila con toallas.

Lucas seguía haciendo preguntas.

—¿Vamos a nadar?

—Sí.

—¿Es profunda?

—Bastante.

—¿Cuánto?

—Unos cuatro metros, o cinco.

—¿Vais mucho?

—Todos los jueves y, a veces, el fin de semana.

No le dijimos nada más. Seguimos andando. La poza apareció detrás de los arbustos.

No había nadie.

El agua estaba estanca y oscura.

En el otro extremo había una roca plana.

Lucas nos miraba. Esperaba instrucciones.

—Primero tienes que llegar a la roca —dijimos.

—No tengo bañador.

—Da igual.

Se quitó la camiseta y las zapatillas. Dudó. Se quitó los pantalones.

Cinco sacó el cronómetro del móvil.

—¡A la de tres!

Y se tiró de cabeza.

Nadaba bien. Estilo crol. Y era rápido. Nos miramos. Podría servir.

Dos minutos y veinte segundos hasta la roca.

Lucas se subió y levantó el brazo.

—¡Ya! —gritó.

—¡Vuelve!

Dos minutos y cuarenta segundos de vuelta. Más lento.

Salió del agua respirando fuerte.

—¿Lo he hecho bien? ¿Ya está?

—Falta la segunda prueba —dijimos.

Resoplaba apoyando las manos en las rodillas. Tenía la piel de gallina.

Le pasamos una toalla.

—La inmersión.

Cinco abrió la mochila y sacó el aro plateado. Brillaba.

—Tienes que recuperarlo del fondo de la poza.

Lucas miró el agua.

Luego nos miró a nosotros.

—Vale —dijo.

Pusimos el cronómetro a cero.

Tiramos el aro al agua. Se hundió rápido, haciendo círculos pequeños en la superficie.

—Cuando quieras —dijimos.

 

Lucas respiró tres veces profundo y se tiró.

El agua se cerró sobre él. Comenzamos a cronometrar.

Cinco segundos. Diez segundos. Veíamos su sombra moverse en el fondo.

Uno preguntó:

—¿Colocasteis ayer la red?

Asentimos. Agarrábamos dos extremos de cuerda gruesa que se perdía en la poza.

Quince segundos. Subían burbujas pequeñas del fondo. Pocas.

Veinte. Veinticinco.

—He visto un brillo.

—Lo ha encontrado.

—Es demasiado pronto. Tirad.

La sombra empezó a moverse rápido. Comenzaron a subir bocanadas de burbujas.

Treinta y cinco segundos.

—Está enredado.

El agua de la superficie se agitaba. Más burbujas. Más grandes.

Cinco miró el cronómetro.

—¿Lo sacamos? —preguntó.

—Todavía no.

Cuarenta y cinco segundos. Los movimientos eran más bruscos. Se veían sus brazos empujando contra la malla.

Una mano salió a la superficie. Dos tiró fuerte de la cuerda. La mano se hundió de nuevo.

Cincuenta segundos.

El agua estaba turbia. Los movimientos se hicieron más lentos.

Sesenta y cinco segundos.

—Ahora —dijimos.

Tiramos de las cuerdas y subimos la red despacio. Pesaba mucho. Lucas venía enredado. Inmóvil.

Lo arrastramos a la orilla. Alguien le dio la vuelta con el pie. Tenía los ojos abiertos, los labios amoratados.

Le tocamos el cuello.

—Nada.

Esperamos cinco minutos. Luego diez. Seguía sin moverse.

Arrastramos el cuerpo detrás de los arbustos y lo tapamos con ramas. Tiramos la ropa y la mochila río abajo. Recogimos la red.

Guardamos nuestras cosas en las mochilas.

Volvimos por el mismo camino.

Éramos de nuevo siete.

Pasamos el eucalipto grande. Pasamos la casa del señor Gómez. En la calle Mayor nos separamos.

—Hasta mañana.

El viernes fuimos a clase normal. En el recreo jugamos al fútbol.

Por la tarde vino la policía. Nos preguntaron si lo habíamos visto y dijimos que no. Los padres de Lucas pusieron carteles.

Por la noche comenzó a llover a cántaros, como pasa siempre en verano. No paró en todo el fin de semana. El río creció.

Uno dijo que el agua de la poza habría subido. Que la corriente se habría llevado el cuerpo.

 

A las dos semanas, el martes, llegó un chico nuevo, con una mochila verde.

Se llamaba Adrián.

En el recreo se sentó solo. Comía un bocadillo de queso.

Nos acercamos. Le preguntamos si quería jugar al fútbol.

Nos faltaba uno para ser ocho.






*****

Objetivo de la tarea EdE: escribir un relato narrado en primera persona del plural ("nosotros") con un estilo seco y frases sencillas, donde una pandilla de niños somete a un recién llegado a un rito de iniciación de extrema crueldad. El objetivo es eliminar cualquier rastro de emoción para maximizar el contraste entre la supuesta inocencia infantil y la brutalidad de sus actos

3 comentarios:

  1. De verdad que me deja estupefacta, anonadada y rendida a tus pies tu maestría. He visto toda la historia pasar como una película dentro de mi mente. Me ha recordado el estilo de Corman McCarthy en La Carretera y la película Quien puede matar un niño del gran Chicho Ibáñez Serrador. Y todo eso en ¿ cuantas palabras? Te admiro mucho. Una alicantina devota. Muacccc

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  2. Pues el ejercicio esta bien hecho y con nota. Creo

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