¿Por qué nuestro padre flota?
Cuando nos
preguntan, no podemos explicarlo: nuestro padre flota, sí. En el aire. Es un
hecho, nuestro padre está peleado con la física.
No siempre fue
así. Hubo un tiempo en que dejaba huellas en la arena y ocupaba su silla marcándola
con la gravedad habitual de un cuerpo, como cualquier otro hombre que logra
poner los pies en el suelo. Pero algo se torció. Él dice que fue la entropía.
Nosotras no estamos seguras.
El caso es que
un martes cualquiera —o un jueves, qué más da— nuestro padre empezó a guardar
el lastre. Los pelos en el peine. Las uñas en el lavabo. Las pelusas del
ombligo, esas que uno descubre sin querer y tira a la papelera sin darles
importancia. Pero nuestro padre no las tiró. Las pesó, las catalogó y las
guardó en cajitas pequeñas, todas iguales, meticulosamente etiquetadas. Las fue
colocando en la maleta del abuelo que duerme bajo la cama de matrimonio. De eso
hace años y continúa. Cuando le preguntamos por qué, responde que el universo
no perdona los descuidos contables. Que es una cuestión de equilibrio. Y que si
falla, todo se desbarata. Sobre todo la flotación.
Nuestra madre
quería un hombre que se vistiera por los pies. Y durante años lo tuvo y estaba
contenta y orgullosa. Pero ahora ya no sabe muy bien cómo cogerle de la mano,
sobre todo cuando él está rozando el techo y ella, que es bajita, no le alcanza.
Le fastidia, especialmente desde el último verano, cuando los ventiladores se convirtieron
en un problema imprevisto.
En casa no hay
corrientes de aire. Las ventanas se abren con un protocolo muy preciso para
evitar males mayores: tres centímetros a un palmo en las habitaciones del
norte, nada en las del sur si hay viento. La señora que viene a limpiar los
jueves dice que es la casa más fácil que tiene: no hay huellas en las sábanas, ni
marcas de zapatos en el suelo, y el hombre de la casa no estorba porque flota
cerca del techo y ella puede pasar la mopa por debajo sin pedirle que levante
los pies. Le parece perfecto. Una bendición, dice. Es la única que aprecia esta
situación.
El tío Manolo,
que viene por Navidad y huele a coñac y a tabaco, insiste en que eso no es
normal, que nuestro padre lo que pasa es que es un fantasma. Entonces nuestro
padre le responde, con mucha calma, que no se ha muerto, que simplemente se le
ha torcido la entropía, que son cosas distintas y que la gente se confunde porque
no entiende de física. Y le demuestra, todas las veces, que no se transparenta,
que le duelen los pellizcos y que no lleva cadenas. Quizá las cadenas le
anclarían al suelo, digo yo. La abuela, sin embargo, dice que siempre tuvo
muchos pájaros en la cabeza, que todo será por eso.
Las comidas son
los momentos más delicados del día, especialmente la merienda. Hay que pasarle
el vaso de leche con cuidado, calculando bien el ángulo para que no se derrame
en el trayecto. Las galletas se las lanzamos desde abajo y él las captura con
suma concentración. Generalmente las coge al vuelo, es bueno en eso, pero a
veces falla y la galleta cae al suelo y tarda mucho en bajar a recogerla. Porque
bajar le cuesta más que subir, eso ya lo hemos aprendido. Nuestra madre
entonces suspira, enciende la tele y se pone a sorber su descafeinado. Ella no
toma galletas. Las cenas son parecidas, solo que de noche la distancia entre el
techo y la mesa parece mayor. Nosotras a veces nos subimos a una silla y le
acercamos el plato. Él lo agradece con un gesto. Es lo que hay.
Un sábado por
la tarde, cuando nuestro padre dormía la siesta horizontal pegado el techo,
nosotras abrimos la maleta del abuelo.
Las cajitas
estaban ahí, todas iguales, todas etiquetadas con letra pequeña y fechas concretas.
Había muchas. Años de martes y jueves y sábados, de pelos y uñas y pelusas
recogidas con pinzas y pesadas en una báscula de precisión. Cogimos una al azar
—enero, pelusillas de ombligo, 0,3 gramos— y la sostuvimos un momento. Pesaba
lo que pesa, nada. Esto no puede desequilibrar tanto, pensamos las dos
mirándonos. La sacamos al jardín. Encendimos una cerilla.
Las pelusas
ardieron y desaparecieron. Cuestión de entropía, quizá. Es lo que dice papá.
Miramos el
fuego un momento y luego miramos la ventana de la habitación de nuestros
padres. Algo se movía dentro.
Volvimos a
entrar, guardamos la cajita vacía en su sitio y cerramos la maleta. Esa tarde,
por primera vez en meses, dejamos la ventana del pasillo abierta un poco más de
lo habitual. Solo un momento. Por probar.
Nuestro padre tardó
en bajar a cenar.
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Relato para la EdE: La tarea consistía en escribir un relato breve siguiendo la estructura pregunta-respuesta del microrrelato "Tía en dificultades" de Cortázar: abrir con una pregunta insólita y dejar que el texto se desplegara hasta una respuesta implícita, sin explicaciones. Un primer paso hacia la narrativa post-clásica, donde nos alejamos de la restructura tradicional: introducción-nudo-desenlace.
"La realidad no solo está ahí: se sueña, se crea", Medardo Fraile
Brillante, me ha recordado a Cortázar pero también a "Amanece que no es poco".
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