El hilo musical del centro de estética me recibe con una bofetada de luz blanca y olor a desinfectante cítrico. Detesto el cítrico; me recuerda a los baños de la planta trece, la de Recursos Humanos. Pero hoy no vengo a pelear con nadie. Solo quiero que alguien deshaga los nudos que la semana me ha enredado en la espalda y los diluya junto con la electricidad que dejó ayer Korai bajo mi piel.
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