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martes, 3 de marzo de 2026

La solución

El taller de Néstor olía a jornada de limpieza agresiva: una mezcla de alcohol de quemar, bórax y el rastro seco del serrín. Era un olor que se instalaba en la base de la lengua, picante. Candela entró sosteniendo el bolso de Fendi contra su pecho y el pañuelo de Hermès sobre la nariz, no terminaba aún de acostumbrarse.

Néstor no levantó la vista. Estaba inclinado sobre la mesa de zinc, manipulando un bisturí con precisión aún sabiendo que no hacía daño. La luz del fluorescente caía sobre el cráneo de un gato a medio terminar. Era la misma luz que Candela evitaba en los probadores de las tiendas, esa que desnudaba su piel bajo el maquillaje caro.

—Está... perfecto, Néstor —dijo ella, dejando el bolso sobre la mesa.

Néstor soltó el bisturí y se quitó un guante de látex con un chasquido. Se acercó a la mujer y, con suma delicadeza, le besó el dorso de la mano. Ella se sorprendió y rápidamente la retiró, ocultándola a su espalda.

El hombre siguió el movimiento con interés, manteniendo el gesto en el aire unas décimas de segundo, y enseguida volvió junto al gato esfinge. El animal era solo piel. Una piel rosácea, translúcida, tan tersa que parecía de porcelana. Preciosa, pero difícil. Un trabajo complicado: no había pelo que pudiera ocultar costuras.

—La perfección es una cuestión de punto de vista, señora Candela —respondió él sin mirarla, acariciando el lomo del gato—. La carne es impaciente, siempre quiere ceder, estirarse, moverse. Aquí la obligo a estarse quieta.

Candela alargó un dedo. Rozó la oreja del gato. Estaba rígida, divina en su inmovilidad. Acarició el lomo terso del animal con dedos temblorosos.

—Anubis…

 Luego, se llevó la misma mano al cuello, abrazándolo con los dedos. Enrolló el chal en otra vuelta.

—Envidio su disciplina —susurró ella. Su voz sonó como un deseo—, y lo perfectos que quedan los animales; parece que estén vivos.

Néstor dejó las pinzas sobre la bandeja con un tintineo. Sus ojos, acostumbrados a medir distancias entre cuencas oculares y cartílagos, recorrieron el rostro de Candela. 

—Usted es demasiado inteligente para envidiar a un animal muerto, señora Candela. Pero tiene razón en algo: en los vivos la piel pierde la batalla. Se rinde.

Candela dio un paso hacia la luz, mientras Néstor buscaba en el cajón un frasco de vidrio oscuro, sin etiqueta.

El hombre desenroscó el tapón de baquelita. Un aroma denso, como de almendras amargas, se abrió paso sobre el olor del desinfectante. Mojó la punta de un hisopo de algodón en el líquido transparente.

—Mire —dijo él.

Señaló un pliegue mínimo en la axila de Anubis, una imperfección que a Candela le habría pasado inadvertida. Néstor deslizó el algodón con un toque firme. La piel del gato reaccionó al instante: se contrajo, se aclaró y quedó soldada al músculo inerte con una tensión vítrea. Candela dio un paso más, fascinada. La flacidez había desaparecido por completo. Parecía magia.

—¿Qué es? —la voz de Candela salió pequeña.

—¡Firmeza concentrada! —Nestor soltó una risilla aguda que ahogó tapándose los dientes amarillos con la mano.

—Lo traigo de Leipzig —volvió a cerrar el frasco con un giro lento—. Es difícil de conseguir y peligroso si no se conoce la dosis. Una vez aplicado, ya no hay vuelta atrás. La piel no vuelve a moverse.

Néstor se limpió los dedos con un paño y rodeó la mesa. Se colocó junto a Candela. Los dos contemplaron el gato en silencio.

—¿Y en casa? —preguntó Candela. Su voz sonó casual, distraída, genuinamente interesada—. Quiero decir, ¿hay condiciones especiales? ¿Luz, temperatura...?

Néstor tardó un instante en responder.

—Los mayores enemigos son la humedad y el calor directo. —Se quitó el otro guante—. Y los espejos, curiosamente. La luz rebotada envejece la piel más deprisa que la luz directa. Es una paradoja.

Candela no dijo nada. Se ajustó el chal.

—¿Cuánto dura? —preguntó después—. Quiero decir, el resultado. ¿Cuánto se mantiene así?

—Depende de los cuidados. —Néstor tomó un pincel fino y comenzó a trabajar alrededor del ojo izquierdo del gato—. De si uno acepta la rutina que se impone, de la disciplina. Hay zonas que necesitan más atención que otras, pero no es bueno obsesionarse y descuidar las demás—. Hizo una pausa—. Al final el conjunto siempre delata.

—En todo caso —continuó—el mantenimiento de la pieza está incluido en el precio. Puede traerlo cuando quiera para que yo lo revise si no quiere ocuparse usted.

Candela observó cómo el pincel bordeaba la esfera de vidrio que había reemplazado el ojo del animal.

—Pero el resultado —insistió ella— es permanente.

—El resultado es definitivo. —Néstor dejó el pincel.

Candela miró el gato. La postura era perfecta, natural casi, una curva leve del lomo como si durmiera. Pero había algo en los ojos de vidrio, una fijeza sin destino, que hacía que mirarlos demasiado tiempo resultara incómodo.

—Parece vivo —dijo ella.

—No —dijo Néstor, con amabilidad—. Se parece a cuando estaba vivo. No es lo mismo.

Alineó el frasco oscuro junto a las otras herramientas.

—Las instrucciones de mantenimiento las tendrá dentro del estuche —dijo— Lea bien las proporciones. Con Anubis, una gota en algodón es suficiente. —Hizo una pausa casi imperceptible—. Más causaría demasiada rigidez y no se podría corregir después.

Candela asintió despacio.

—Entendido —dijo.

Néstor colocó el frasco dentro del estuche de Anubis antes de cerrar la tapa.

 

El espejo del baño era el único de la casa que Candela no había mandado cambiar. Tenía el marco de plata antigua, heredado, y una pequeña mancha en el ángulo inferior derecho que el anticuario le había dicho que era pátina. Siempre había pensado en quitarlo. Siempre lo había dejado para otro día.

Aquella noche lo miró de frente.

La piel del cuello estaba tersa. Extraordinariamente tersa. Pasó los dedos despacio.

Intentó girarse para ver el ángulo izquierdo. El cuello no respondió del todo. Solo un centímetro, quizás dos. Suficiente para ver que también ahí la piel estaba estirada, esbelta.

Intentó sonreír.

Los labios se movieron, pero la mandíbula se resistía. Candela observó ese gesto en el espejo.

Apoyó las dos manos en el lavabo y acercó la cara.

En el lavabo, junto al cepillo y la crema de noche, estaba el frasco oscuro de Néstor. Vacío. Con el tapón de baquelita puesto.

Candela intentó tragar saliva y parpadeó una vez.

Solo una.



***

Relato para la EdE. El ejercicio se centra en la exploración de los Juegos Psicológicos (basados en el Análisis Transaccional de Eric Berne) y el uso del subtexto.

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