El taller de Néstor olía a jornada de limpieza agresiva: una mezcla de alcohol de quemar, bórax y el rastro seco del serrín. Era un olor que se instalaba en la base de la lengua, picante. Candela entró sosteniendo el bolso de Fendi contra su pecho y el pañuelo de Hermès sobre la nariz, no terminaba aún de acostumbrarse.
Néstor no levantó la vista. Estaba inclinado sobre la mesa de zinc, manipulando un bisturí con precisión aún sabiendo que no hacía daño. La luz del fluorescente caía sobre el cráneo de un gato a medio terminar. Era la misma luz que Candela evitaba en los probadores de las tiendas, esa que desnudaba su piel bajo el maquillaje caro.
—Está... perfecto, Néstor —dijo ella, dejando el bolso sobre la mesa.
Néstor soltó el bisturí y se quitó un guante de látex con un chasquido. Se acercó a la mujer y, con suma delicadeza, le besó el dorso de la mano. Ella se sorprendió y rápidamente la retiró, ocultándola a su espalda.
El hombre siguió el movimiento con interés, manteniendo el gesto en el aire unas décimas de segundo, y enseguida volvió junto al gato esfinge. El animal era solo piel. Una piel rosácea, translúcida, tan tersa que parecía de porcelana. Preciosa, pero difícil. Un trabajo complicado: no había pelo que pudiera ocultar costuras.
—La perfección es una cuestión de punto de vista, señora Candela —respondió él sin mirarla, acariciando el lomo del gato—. La carne es impaciente, siempre quiere ceder, estirarse, moverse. Aquí la obligo a estarse quieta.
Candela alargó un dedo. Rozó la oreja del gato. Estaba rígida, divina en su inmovilidad. Acarició el lomo terso del animal con dedos temblorosos.
—Anubis…
Luego, se llevó la misma mano al cuello, abrazándolo con los dedos. Enrolló el chal en otra vuelta.
—Envidio su disciplina —susurró ella. Su voz sonó como un deseo—, y lo perfectos que quedan los animales; parece que estén vivos.
Néstor dejó las pinzas sobre la bandeja con un tintineo. Sus ojos, acostumbrados a medir distancias entre cuencas oculares y cartílagos, recorrieron el rostro de Candela.
—Usted es demasiado inteligente para envidiar a un animal muerto, señora Candela. Pero tiene razón en algo: en los vivos la piel pierde la batalla. Se rinde.
Candela dio un paso hacia la luz, mientras Néstor buscaba en el cajón un frasco de vidrio oscuro, sin etiqueta.
El hombre desenroscó el tapón de baquelita. Un aroma denso, como de almendras amargas, se abrió paso sobre el olor del desinfectante. Mojó la punta de un hisopo de algodón en el líquido transparente.
Señaló
un pliegue mínimo en la axila de Anubis, una imperfección que a Candela le
habría pasado inadvertida. Néstor deslizó el algodón con un toque firme. La
piel del gato reaccionó al instante: se contrajo, se aclaró y quedó soldada al
músculo inerte con una tensión vítrea. Candela dio un paso más, fascinada. La
flacidez había desaparecido por completo. Parecía magia.
—¿Qué
es? —la voz de Candela salió pequeña.
—¡Firmeza
concentrada! —Nestor soltó una risilla aguda que ahogó tapándose los dientes
amarillos con la mano.
—Lo
traigo de Leipzig —volvió a cerrar el frasco con un giro lento—. Es difícil de
conseguir y peligroso si no se conoce la dosis. Una vez aplicado, ya no hay
vuelta atrás. La piel no vuelve a moverse.
Néstor
se limpió los dedos con un paño y rodeó la mesa. Se colocó junto a Candela. Los
dos contemplaron el gato en silencio.
—¿Y
en casa? —preguntó Candela. Su voz sonó casual, distraída, genuinamente
interesada—. Quiero decir, ¿hay condiciones especiales? ¿Luz, temperatura...?
Néstor
tardó un instante en responder.
—Los
mayores enemigos son la humedad y el calor directo. —Se quitó el otro guante—.
Y los espejos, curiosamente. La luz rebotada envejece la piel más deprisa que
la luz directa. Es una paradoja.
Candela
no dijo nada. Se ajustó el chal.
—¿Cuánto
dura? —preguntó después—. Quiero decir, el resultado. ¿Cuánto se mantiene así?
—Depende
de los cuidados. —Néstor tomó un pincel fino y comenzó a trabajar alrededor del
ojo izquierdo del gato—. De si uno acepta la rutina que se impone, de la
disciplina. Hay zonas que necesitan más atención que otras, pero no es bueno
obsesionarse y descuidar las demás—. Hizo una pausa—. Al final el conjunto
siempre delata.
—En
todo caso —continuó—el mantenimiento de la pieza está incluido en el precio.
Puede traerlo cuando quiera para que yo lo revise si no quiere ocuparse usted.
Candela
observó cómo el pincel bordeaba la esfera de vidrio que había reemplazado el
ojo del animal.
—Pero
el resultado —insistió ella— es permanente.
—El
resultado es definitivo. —Néstor dejó el pincel.
Candela
miró el gato. La postura era perfecta, natural casi, una curva leve del lomo
como si durmiera. Pero había algo en los ojos de vidrio, una fijeza sin
destino, que hacía que mirarlos demasiado tiempo resultara incómodo.
—Parece
vivo —dijo ella.
—No
—dijo Néstor, con amabilidad—. Se parece a cuando estaba vivo. No es lo mismo.
Alineó
el frasco oscuro junto a las otras herramientas.
—Las
instrucciones de mantenimiento las tendrá dentro del estuche —dijo— Lea bien
las proporciones. Con Anubis, una gota en algodón es suficiente. —Hizo una
pausa casi imperceptible—. Más causaría demasiada rigidez y no se podría
corregir después.
Candela
asintió despacio.
—Entendido
—dijo.
Néstor
colocó el frasco dentro del estuche de Anubis antes de cerrar la tapa.
El
espejo del baño era el único de la casa que Candela no había mandado cambiar.
Tenía el marco de plata antigua, heredado, y una pequeña mancha en el ángulo
inferior derecho que el anticuario le había dicho que era pátina. Siempre había
pensado en quitarlo. Siempre lo había dejado para otro día.
Aquella
noche lo miró de frente.
La
piel del cuello estaba tersa. Extraordinariamente tersa. Pasó los dedos
despacio.
Intentó
girarse para ver el ángulo izquierdo. El cuello no respondió del todo. Solo un
centímetro, quizás dos. Suficiente para ver que también ahí la piel estaba estirada,
esbelta.
Intentó
sonreír.
Los
labios se movieron, pero la mandíbula se resistía. Candela observó ese gesto en
el espejo.
Apoyó
las dos manos en el lavabo y acercó la cara.
En
el lavabo, junto al cepillo y la crema de noche, estaba el frasco oscuro de
Néstor. Vacío. Con el tapón de baquelita puesto.
Candela
intentó tragar saliva y parpadeó una vez.
Solo
una.
***
Relato para la EdE. El ejercicio se centra en la exploración de los Juegos Psicológicos (basados en el Análisis Transaccional de Eric Berne) y el uso del subtexto.
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