La cuerda raspa. No duele. Aún no lo hace.
El yute cruza la clavícula por tercera vez y deja una estela rosada, viva, mientras las manos, ágiles, enroscan en un lazo holgado el sobrante. Dos dedos le levantan ligeramente la barbilla mientras vuelven a deslizar la cuerda por su piel. Una vuelta más, un tirón leve, aprieta sin apretar apenas. Y el calor continúa acumulándose bajo la dermis amenazando con prender.
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